viernes, 8 de julio de 2011

¿EL HUEVO O LA GALLINA?

Ernesto Pérez Castillo

La industria norteamericana del huevo ha aceptado mejorar las condiciones de vida de las gallinas ponedoras, mediante una regulación federal. Wayne Pacelle, presidente de la Sociedad Protectora de Animales, dijo que los nuevos parámetros serían una mejora histórica para millones de animales.

En concreto, se busca que el Congreso apruebe una legislación que obligue a sustituir las jaulas estrechas por otras que den a las gallinas más espacio, áreas para posarse, rascarse y que se les permita expresar comportamientos naturales. El asunto es ya una realidad jurídica en Arizona, California, Michigan y Ohio.

Quizá, una vez resuelto el gravísimo problema de las gallinas hacinadas, los legisladores puedan hacer algo, aun cuando no sea tan pretencioso, por las quinientas diecisiete mil familias –más de un millón y medio de personas en total– que viven en las calles de los Estados Unidos.

lunes, 20 de junio de 2011

YOANI SÁNCHEZ NO TIENE QUÉ COMER, Y SE GASTA MILES DE DÓLARES PARA DENUNCIARLO

Ernesto Pérez Castillo

Los lamentos de Yoani este fin de semana en Twitter podrían arrancarle copiosas lágrimas a un ladrillo. Ella se quejaba, vía Ping.fm: “Comienza el dia. Casi no hay agua en el edificio”, y también: “que voy a comer hoy?”, o peor: “que voy a dar de comer a mi familia?”
Claro que las lágrimas dependerían del ánimo del ladrillo en cuestión. Pues, como puse antes, sus lamentos fueron siempre vía Ping.fm, un servicio que permite postear en diversas redes sociales desde diferentes medios, entre ellos el teléfono celular, que es el que usa Yoani, pues ya se sabe que ella jura y perjura que no tiene acceso a Internet.
Hace tan poco como en el muy cercano septiembre de 2010, exactamente el día 18 Yoani, en http://twitpic.com/2pqj3q, tuvo la entusiasta iniciativa de postear algo que tituló “Pasos para conectar un teléfono móvil cubano a Twitter”, una guía de nueve pasos, en el último de los cuales la Yoani advertía de su propia mano: “Cada sms enviado a Twitter costará 1 peso convertible, así que prepara el bolsillo”.
Al parecer, en ese momento ya su bolsillo estaba más que preparado, pues mirando su perfil en Twitter se puede ver que doña Yoani Sánchez, hasta el sol de hoy, ha subido a la red nada más y nada menos que un total de 5 901 Tweetts. Eso, hablando en plata (y según ella misma) suma un total CINCO MIL NOVECIENTOS UN pesos convertibles, que al cambio en la moneda norteamericana son unos 6 373 dólares y un poco más, y para los europeos equivale a unos 4 453 euros.
¿Hay alguien en Barcelona, en Roma, en New York, en París, o en la Conchichina, que se haya tirado tanta plata en Twitter, pagándola de su bolsillo? Eso no se lo cree nadie. Eso solo se lo gasta Yoani Sánchez porque es dinero que le entregan, escondido en premios, para que realice su trabajo la mercenaria.
Que alguien que se gasta el lujo de dedicar casi cinco mil euros a postear boberias a Twitter se queje de no tener nada que comer, resulta cuando menos contraproducente.
Si en su edificio no hay agua, como ella afirma, podría, por ejemplo, pagar un camión cisterna en el mercado negro, por solo 100 pesos cubanos, equivalentes a 4 pesos convertibles, y con eso inundar de agua las cañerías suyas y de sus vecinos. De hecho, con los 4 mil euros botados en twitter, podría pagar más de mil viajes del camión cisterna, suficientes para surtir de agua el edificio por tres años, día por día.
Si lo hubiera hecho, al menos sus vecinos la conocerían algo, y sobre todo algo le reconocerían, todo lo contrario de lo que ha sucedido en una encuesta realizada por funcionarios de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, y dada a la luz por Wikileaks, según la cual solo el dos por ciento de los cubanos encuestados conoce a Yoani Sánchez, cuando ya la revista Time fantaseaba con que la Yoani era una de las 100 personas más influyentes en el mundo.
Téngase en cuenta que la encuesta fue aplicada entre 236 adultos que visitaron la misión diplomática de EEUU en Cuba para buscar el estatus de refugiados, o sea, entre aquellos donde habría más probabilidades de que conocieran a los “disidentes”. Así y todo, solo cuatro gatos dijeron conocerla. Y que se dé con un seboruco en el pecho, que si la encuesta la llegan a realizar en la calle, entonces si que Yoani no consigue ni para el chicle.
El kid del asunto es que a Yoani no la conoce nadie en Cuba porque no es eso lo que buscan ni necesitan sus jefes en el Departamento de Estado norteamericano, pues su función no es hablar a los cubanos, sino mentir al mundo sobre Cuba, y así crear los argumentos que eternizan el bloqueo de Washington contra los cubanos.

lunes, 13 de junio de 2011

LA BLOGUERA DISIDENTE QUE NUNCA FUE

La falsa Amina Abdallah, en realidad Jelena Lecic.

Ernesto Pérez Castillo


Amina Arraf Abdallah al-Omari ha desaparecido, y quizá esta vez lo haya hecho para siempre. Bajo esa firma, y desde febrero pasado, en el blog damascusgaygirl.blogspot.com, se presentaba como una muchacha mitad siria, mitad estadounidense, residente en Damasco, lesbiana y disidente. Obviamente, por “disidente” debía entenderse que era opositora al gobierno Sirio, pero nunca al norteamericano.
Hace apenas una semana, y en el mismo blog, se denunciaba: “Tres hombres de unos 20 años sujetaron a Amina. De acuerdo a testigos (quienes prefieren no dar a conocer su identidad), los hombres estaban armados. Amina golpeó a uno de ellos y le dijo a su amiga que fuera a buscar a su padre. Uno de los hombres puso su mano sobre la boca de Amina y la empujaron dentro de un Dacia Logan rojo que tenía una calcomanía de Basel Assad en la ventana.”
Ese post del secuestro, que recorrió el mundo en grandes titulares, y generó una campaña mundial para liberar a la bloguera, sería el principio del fin de la historia, pues Jelena Lecic, una croata residente en Londres, se reconoció en la supuesta foto de Amina que publicaron los medios.
La avalancha no se hizo esperar, y en muy pocos días Tom MacMaster, un norteamericano que a sus cuarenta años dice estudiar en la Universidad de Edimburgo y es un reconocido activista sobre temas del Medio Oriente, confesó que Amina es un fraude y que él y nadie más que él, de su propia mano, escribió todos los post que aparecieron en el blog.
Así que de pronto la famosa bloguera no era una muchacha sino un hombre maduro, no era una siria sino un norteamericano, no escribía desde Damasco sino desde Escocia, y de su orientación sexual puede decirse cualquier cosa pero a todas luces no es una lesbiana.
Además, ¿qué quiere decir eso de que es un “activista sobre temas del Medio Oriente”? Nadie lo sabe, y probablemente no sea más que otro eufemismo, como aquel de “contratista” usado por los medios para referirse a Allan Gross, el hombre que la USAID empleaba como mula para traer clandestinamente a Cuba recursos y tecnología a la supuesta disidencia cubana.
El 24 de marzo, la falsa Amina posteaba: “What a time to be in Syria! What a time to be an Arab! What a time to be alive! These are the thoughts flashing through my mind right now … I want to rush out in the street and celebrate (and will as soon as I finish writing this) Our revolution was growing slowly and was still a matter of small protests”
¿Qué habrá hecho Tom después de escribir eso de: “quiero correr a la calle a celebrar (y lo haré en cuanto termine de escribir esto”? Quizá apagó su computador, salió a la calle en la tranquila Escocia, y se pidió una pinta de cerveza negra en cualquier pub.
Dramáticamente, la falsa Amina reportaba casi diariamente sobre Siria y la gran prensa le hacia caso y le servía de megáfono y de súper pantalla. Así se puede leer aun en The Guardian, bajo el título “A Gay Girl in Damascus becomes a heroine of the Syrian revolt”, un artículo firmado por Katherine Marsh, la corresponsal del diario británico en Siria.
Lo que mueve a risa –o a furia, según se quiera– es que ese artículo comienza diciendo “She is perhaps an unlikely hero”. O sea: Ella es tal vez un héroe improbable. Y claro que llevaba tantísima razón, como seguramente lo sabía de buena tinta quien escribió eso, pues si bien ya se sabe que Amina Arraf nunca existió, lo peor es que la Katherine Marsh que le regalaba tanta publicidad gratuita tampoco existe, ya que el propio The Guardian reconoce que ese es ¡solo el seudónimo de “un periodista que vive en Damasco”!
¡Cuanta mala leche y peor mala fe: un supuesto periodista que se esconde tras un seudónimo escribe sobre la heroicidad de una bloguera que no es más que pura falsedad! Pero eso es lo que publican todos los días y nos quieren vender como la verdad de verdad.
¿Cómo es posible que alguien se invente una falacia como esa, e inmediatamente se mediatice y sea el pan del desayuno de la gran prensa todas las mañanas?
La gran prensa mundial, que tan rápidamente se hizo eco de la fraudulenta Amina y replicó todo lo que de ella viniera, incluyendo el secuestro inventado, ¿qué fuentes consultó, qué información comprobó antes dar por cierta aquellas noticias? Seguramente realizó las mismas comprobaciones y usó las mismas fuentes que usa cuando sobre Cuba reporta supuestos secuestros de blogueros independientes, o palizas a disidentes que luego no pueden mostrar ni un solo moretón, o huelgas de hambre donde los huelguistas terminan aumentando de peso y de pesos.
Tom MacMaster se inventó un personaje gay para mentir al mundo sobre Siria, y no le pasará nada por ello. El soldado Bradley Manning, que sí es gay, sacó del closet la verdad y los horrores de las tropas norteamericanas en Irak, y por ello está preso y sufre tortura.
El punto es que los post de Tom –y sus clones aquí en nuestro patio– decían lo que a Hillary Clinton y al Departamento de Estado le conviene, mientras el soldado Bradley le dijo al mundo lo que los poderosos no quieren que sepamos nunca jamás.

viernes, 10 de junio de 2011

REINA LUISA TAMAYO: LA SEGUNDA MUERTE DE SU HIJO

Ernesto Pérez Castillo

A Reina Luisa Tamaño, el hijo que antes le arrebataron en vida, ahora después de muerto se lo han vuelto a arrebatar.
Orlando Zapata Tamayo murió en la cárcel, tras una huelga de hambre de verdad –sin el show mediático que alimenta y sostiene a Guillermo Fariñas cada vez que deja de comer– y eso hace una diferencia.
Mientras duró su agonía, los que ahora lo visten de mártir no movieron un dedo para desalentarle su decisión fatal. Antes bien, le impulsaron a continuar su sin sentido, mientras ellos posaban ante las cámaras, simulando un dolor que no sintieron jamás. Ahí le arrancaron a esa madre su hijo por primera vez, al dejarlo solo en su ciega obstinación.
Ahora, cuando Reina Luisa ha llegado a Miami con las cenizas de su hijo, se lo han vuelto a arrancar de entre las manos, y le han dicho que prepararán para él un nicho en el así llamado Mausoleo de los Héroes de Bahía de Cochinos.
Uno de los que estuvo presente en el aeropuerto, ahora beneficiándose también de las cámaras en el recibimiento a Reina Luisa, fue el representante republicano David Rivera, protagonista en la recaudación de fondos para la defensa del terrorista Luis Posada Carriles, junto a quien estaba el día que el criminal se jactó: “Ya nosotros ganamos… lo que no hemos cobrado todavía”. De hecho, aquella tarde David Rivera repitió ante los micrófonos las palabras de Posada, pues la audiencia no las había escuchado bien, y la denuncia del suceso hecha publica en Cubadebate, le costó al sitio cubano que Youtube le cerrara de una vez y por todas su canal de video.
Orlando murió como había decidido –y hasta aquí lo he señalado siempre por su nombre o usando la palabra hijo, cosa nunca se le ha visto hacer a su madre, pues la señora siempre se refiere a él por su apellido, Zapata, como hacen en Cuba los cubanos cuando hablan de un extraño–, pero no estoy del todo seguro de que vaya a ser enterrado en el sitio que hubiera preferido.
Y es que el tal “Mausoleo de los Héroes de Bahía de Cochinos” no es más que el lugar donde reposan los restos de los mercenarios que reclutados, organizados, entrenados, armados y a las órdenes de Washington y la CIA, invadieron la Isla en 1961 y fueron derrotados a sangre y fuego por las milicias populares en menos de setenta y dos horas.
Depositar en ese sitio las cenizas de Orlando Zapata equivale a colocar el punto final al rótulo que lo acusa desde el primer día como mercenario del gobierno de los Estados Unidos.

miércoles, 8 de junio de 2011

EL RUIDO DE LAS LARGAS DISTANCIAS


Ernesto Perez Castillo
(Un fragmento de la novela, publicada por Ediciones el Mar y la Montaña, 2010)

Hoy, en la mañana, alguien llamó. Dejé timbrar tres veces el teléfono antes de responder. Intentaba adivinar quién podía ser. Descolgué. No hubo pitido de larga distancia. Dije: «sí». Era alguien, dándome los buenos días, queriendo saber cómo estaba. Estoy bien, le dije. Nunca digo otra cosa. Siempre digo que estoy bien, esté como esté. Es un hábito. Quizá sea un mal hábito.
Me preguntó si no reconsideraría la decisión de renunciar a mi puesto en la emisora. Que tal vez podríamos ponernos de acuerdo. Que lo importante era hablarlo, que podríamos encontrar una alternativa. Que ya ni siquiera tendría que dirigir yo el noticiero. Otra persona se ofreció. Eso me hizo sentir culpable. Muy a menudo me siento culpable.
Le di las gracias. Le contesté que lo pensaría. Que lo estaba pensando. No era ni tan verdad ni tan mentira. Era apenas una manera de dejar aquella puerta entreabierta. También me preguntó si me gustaría ir al cine esa tarde. Ponían Moscú no cree en lágrimas. Es una buena película, la he visto más de una vez, le dije. Entendió que no estaba interesado, que no me gustaría ir al cine. Que no me gustaría ir al cine con ella. Se despidió. Colgamos. Otro mal entendido que no reparé, que no quise reparar.
En la tarde salí de la casa. Tomé un taxi. Fui al cine. Pensé que tal vez me encontrará con alguien allí, pero no. Es a mí a quien interesa el cine soviético. No había muchas personas en la sala, aunque sí demasiadas para lo que sería de esperar. Para lo que esperaría yo. Un grupo de estudiantes universitarios, o eso me parecieron, cuatro o cinco ancianos que van siempre, varios rusos, nadie que conociera yo.
Escuchar hablar en ruso siempre me agrada, aunque ya he olvidado la mitad de las palabras de ese idioma. Creo que a estas alturas solo recuerdo las palabras que aprendí con mi madre. A los ocho años salía de la escuela directo a su trabajo. En su oficina esperábamos a que el reloj diera las seis. Entonces íbamos a sus clases de ruso, allí mismo, en un local del ministerio. Me sentaba junto a ella, y me adormecía con el dulce sonido de aquel idioma.
Mi madre era muy buena para los idiomas. Aprendió el inglés casi perfecto en la adolescencia, y a sus treinta y cuantos la emprendió con el ruso hasta que lo dominó. Allí logré memorizar, hasta hoy, el alfabeto cirílico, y muchas palabras sueltas, como priecrasnie, more, diedushka. Luego me tocó estudiar ruso en la secundaría y el preuniversitario, pero no aprendí mucho más. Los profesores no eran buenos, o no estaban motivados. En realidad, ni siquiera habían estudiado pedagogía. Conocían el ruso porque habían estudiado en universidades soviéticas, pero en ningún caso pedagogía, sino cosas como foto-cartografía, o ingeniera coheteril o cualquier otra ciencia muy específica, de modo que a su regreso solo lograban encontrar empleo como profesores de aquel idioma que tanto les pesaba.
Moscú no cree en lágrimas me trajo a la memoria todo eso, La Habana de los ochenta, el sueño de estudiar en Moscú, y el país rico y delicioso que fuimos hasta el día en que todo se empezó a acabar. En algún momento de la película, la periodista de un noticiero soviético va a una fábrica a entrevistar a una obrera. La periodista, antes de salir al aire, le dice a la obrera qué le preguntará, y le advierte, con mucha naturalidad, qué es lo que la obrera deberá responder. La gente en el cine siempre se ríe en esa escena. A mí me dan ganas de llorar.
¿Qué habrán sentido en ese momento aquellos rusos en el cine? ¿Qué habrán sentido los soviéticos cuando la película se estrenó? ¿Habrá llorado algún soviético, mirando Moscú no cree en lágrimas, como lloro siempre yo? Creo que en La Habana, salvo yo, nadie llora cada vez que vuelven a pasar esta película. Puede que algún soviético haya llorado alguna vez. Puede que algún ruso llore aun. Pero Moscú no cree en lágrimas. Y La Habana no cree en nada ya.

martes, 7 de junio de 2011

FARIÑAS Y EL POLLO DEL ARROZ CON POLLO

Ernesto Pérez Castillo

Si alguien de verdad ha dicho todo sobre Guillermo Fariñas y sus supuestas huelgas de hambre –que ya se cuentan en 24 en 15 años, a razón de 1,6 huelgas cada 365 días–, ese ha sido Juan Antonio Blanco, desde Ottawa, en un artículo que publicó en abril de 2010 en la revista anticubana Encuentro: “no es un desequilibrado mental ni desea la muerte. Por el contrario, desea vivir. Su caso no es el del joven checo que se prendió fuego ante los tanques soviéticos en la Plaza de Wenceslao. No es lo mismo suicidarse para llamar la atención sobre una injusticia que emprender una negociación”.
Ahí Juan Antonio dio en el clavo: Fariñas es un negociante, y uno que conoce al detalle su negocio. Tras su ultima huelga recibió en pago el Premio Zajarov del Parlamento Europeo, lo cual representa 50 000 euros o, hablando en plata, 370 euros con 37 céntimos por cada jornada que se resistió a ingerir alimentos, aunque aceptó con gusto la alimentación parenteral que le suministraban los médicos del servicio de salud cubano.
De hecho, el Parlamento Europeo y todos los otros sponsors de Fariñas, al premiarle, le alientan morbosamente a seguir ese juego macabro de atentar contra su vida, con lo cual violan su primer y principal derecho humano, que es precisamente el derecho a la existencia.
Contradictoriamente, en 110 días de ingreso, y a base de aminoácidos, lípidos, vitaminas y minerales –todo lo que requiere una dieta balanceada para cualquier ser humano, según el doctor Armando Caballero que lo atendió en la sala de terapia intensiva–, Fariñas aumentó entre cuatro y seis kilogramos su peso corporal.
Esa estancia en una unidad de cuidados intensivos, en cualquier otro país que no sea Cuba, puede tener un costo que supera los 1000 dólares por jornada, sin contar los medicamentos que se administren, los exámenes complementarios y las pruebas de laboratorio que se requieran para monitorear el estado del paciente.
En el caso del anterior ingreso de Fariñas se le realizaron más de noventa controles de glicemia, se le practicaron sesenta y seis ionogramas para medir los electrolitos en sangre, se le calculó casi a diario la urea de 24 horas para evaluar el gasto nitrogenado de su organismo, más otros tantos electrocardiogramas, radiografías, ultrasonidos, tomografías multicortes, y se le suministró una amplia gama de antibióticos, como vancomicina, ciprofloxacina, gentamicina y rocephin.
Todo eso contrasta, en mucho, con una reciente aseveración de doña Yoani Sanchez, quien afirmaba en su blog que en Cuba “podemos toparnos con el neurocirujano más capacitado de toda la región del Caribe, pero no tiene ni una aspirina para darnos” y que por eso ella se cura “con las plantas que siembro en mi balcón, hago ejercicios cada día para evitar enfermarme y hasta me compré un vademécum por si necesitara auto recetarme en algún momento”.
El arsenal médico invertido en Fariñas, ¿quién lo pagó? ¿El Parlamento Europeo? No, si sus 50 000 euros de premio para el mercenario no alcanzan a pagar ni siquiera la mitad de lo que el Estado Cubano invirtió para mantener con vida a Fariñas, mientras él hablaba en vivo y en directo cada mañana con la CNN para dar de su propia voz su parte médico.
Eso lo pagan día a día el resto de los pacientes de un sistema de salud ya de por sí bastante vapuleado por el bloqueo norteamericano, para además tener que cargar con los caprichos de Fariñas, quien ha dicho que su objetivo es “hacerle el mayor costo político al Gobierno”, mientras otra vez está siendo examinado por médicos de un centro de salud estatal que acuden a su casa dos veces al día, a quienes pidió llevarle al hospital si pierde el conocimiento.
¿Acaso Fariñas donó la más mínima parte de su premio al hospital que una y otras tantas veces le ha salvado la vida? Ni soñando, a este negociante se le ocurrirá cualquier otra cosa, menos dejar ir mansamente el billete.
No hay que olvidar que no hace mucho, tras reportar una detención y supuesta golpiza policial y no poder mostrar tampoco esa vez ninguna huella declaró que golpearon a todos los detenidos, menos a él, pues según él: “no les conviene hacerme un daño que implique mi ingreso en un hospital, porque eso podría contribuir a (que me dieran) un Premio Nobel de la Paz”.
Y ahí está la cosa, ese es el pollo del arroz con pollo: Fariñas ha emprendido la carrera por el Nobel. ¡No os asombréis de nada!

HISTORIAS MÍNIMAS

Ahmel Echevarría
(Una reseña sobre la novela Medio millon de tuercas, Ediciones Loinaz 2010)

No son pocas las personas que luego de morir apenas serán recordadas. Como brizna de hierba es el resumen de su vida. Historias mínimas que se diluirán con el paso del tiempo. Algunas quedarán solo en la memoria de amigos y familiares, en las actas de nacimiento, en los certificados de defunción, en un álbum de fotos o en alguna que otra página de un diario ―basta que una persona los recuerde para que esa “brizna” haya tenido sentido.
Hablo de aquellas personas que no les tocó en suerte el papel protagónico en los capítulos de esa gran novela por entregas que es La Historia. No imagen que pienso en quienes asumieron los roles secundarios, sino en los extras. Medio millón de tuercas (Ediciones Loynaz, 2010), novela brevísima con la que Ernesto Pérez Castillo* obtuvo el premio en la edición de 2009 del concurso Cirilo Villaverde convocado por el Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Hermanos Loynaz, viene como anillo al dedo para darle el certificado de validez a la tesis de las historias mínimas, La Historia y el hombre común y corriente. Pero en este caso los “extras” tienen el protagonismo. Es cierto, no es la primera novela que apuesta por apropiarse de tales personajes y de un fragmento de su vida ―una vida que parece no tener matices―. Sin embargo Pérez Castillo se atrevió.
Concentrémonos en Medio millón de tuercas; les había comentado que es una brevísima novela. Al aparente cauce principal de la historia —las consecuencias de una entrevista hecha a Paloma (escritora que vive en una provincia del oriente del país) por un torcido reseñista de género (“esto es: un tipo que sabe de libros, y de mujeres, de mujeres que escriben libros que hablan de mujeres, libros que nadie lee, solo él, que los reseña”)— se le unen varios afluentes —la trunca y furtiva relación del reseñista (a la vez personaje principal y narrador de la historia) con Ana (una doctora con la que compartía pocas pero intensísimas relaciones sexuales cada vez que el marido estaba de viaje y cuando tenían dinero extra, ganas de tomar cervezas y lecturas, sabiendo que Ana, cuando llegaba al clímax, comenzaba a gritar: “Michel”); la relación de la Dra. Ana con un obeso y fétido ingeniero cuyo plan es ganar mucho dinero y vivir a todo tren gracias a un proyecto irrealizable (la limpieza de la Bahía de La Habana) y al financiamiento ejecutado por una ilusa pero generosa ONG, plan que logra cumplir —por supuesto, no me refiero a la limpieza de ese gran vertedero en forma de bolsa—; la abortada relación del reseñista con Michelle (atención, cuando escribo “Michelle” también hago referencia al nombre repetido por Ana en cada orgasmo, pero tal como al reseñista la incorrecta pronunciación puede jugar una mala pasada, así que ya saben qué y quién pasaba por la cabecita de Ana en el punto más alto de “la Montaña Rusa”).
Retomemos brevemente la advertencia sobre la inversión de la trama: las consecuencias de una entrevista hecha a la escritora Paloma se desplazarán a un segundo plano y el peso mayor lo tendrán los supuestos afluentes que alimentan a esa aparente historia principal —en especial hacia la relación del reseñista con Ana y al romance de Michelle con el reseñista.
Falta por agregar que el reseñista de género tiene como propósito escribir. Escribir ficción. Escribir un libro. Pero el tema y la ficción se le resisten hasta que... Truncar la frase para generar, en ustedes, el suspense. Suscitar así el interés por la breve novela Medio millón de tuercas, lo que podría traducirse en robarla en una librería o comprarla.
Suele llamarse “firma” a las características de un crimen seriado, de ahí que un asesino en serie tenga una firma propia. ¿Qué relación tiene este detalle con Medio millón de tuercas y Ernesto Pérez Castillo? Me refiero a una noción de estilo. Hay en la estructura de la noveleta escrita por Ernesto un modo de hacer que lo caracteriza, una suerte de firma: tramas y subtramas, estructura coral armada con envidiable claridad y exactitud, una historia rápida y ligera como una volanta de bádminton, ese desplazamiento del peso argumental que ya había mencionado, el adentrarse en los entresijos de la vida y narrar y construir a seres torcidos aparentemente exitosos pero que en realidad son la verdadera cristalización de la derrota (personas que no fueron más que extras en ese culebrón que llaman Vida —o en su versión más refinada: La Historia).

Tomado de: http://www.ahs.cu/secciones-principales/dialogos/dialogos.html

lunes, 6 de junio de 2011

DESTACADOS PINTORES DONAN SUS OBRAS EN SOLIDARIDAD CON EL ARTÍFICE CUBANO AGUSTÍN BEJARANO

Orisel Gaspar

Artistas de todas latitudes se unen en un hermoso acto de solidaridad con mi amigo y hermano del arte el grandísimo pintor cubano Agustín Bejarano.
Con inmensa alegría recibo en mi correo los cientos de mensajes que provenientes de disímiles lugares del mundo han sido y siguen siendo enviados en estos días al pintor y a su familia apoyándoles en la difícil y absurda situación que le toca vivir en estos momentos, mensajes que denotan que cada persona que pasa o pasó por la vida del artista quedó encantada no solo de la grandeza de su obra sino también de la grandeza y nobleza de su alma.
Estos mensajes provenientes de amigos, colegas, profesores, periodistas, críticos de arte, galeristas, escritores, músicos, actores, directores de cine, ex compañeros de estudios, coleccionistas, vecinos o conocidos guardan en sí un valor inconmensurable y son el testigo de la calidad humana de Agustín Bejarano, son la respuesta rotunda a quienes le acusan.
Convencida de que la verdad se impone por encima de los actos malintencionados que se esfuerzan en distorsionarla estaba esperando esta noticia, esta congruencia de buenas energías proveniente de los buenos amigos que Agustín ha sembrado por todo el mundo convencidos de la justeza de lo que defienden.
Como muchos ya conocen una SUBASTA SOLIDARIA organizada en un ir y venir espontáneo de correos, iniciativa que de manera personal y movida por un común sentimiento de hermandad tiene como objetivo recaudar dinero para la defensa legal de Agustín Bejarano y los gastos de su esposa Aziyadé Ruiz Vallejo en Miami se organiza desde FACEBOOK y abre su tienda en Ebay.
La subasta incluye, entre otras, obras de Oscar Rodríguez Lassería (Cuba 1950) Maestro de la cerámica artística a nivel internacional, Nelson Villalobos (Cuba 1956) Pintor, escultor, dibujante y serígrafo, uno de los artistas más destacados de la llamada generación de los ochenta o diáspora cubana, Roberto Valentín Hernández Expósito (Cuba 1950) reconocido Maestro del dibujo, Hortensia Margarita Guasch Padrón Chencha (Cuba 1953), Pintora Autodidacta, respetada Artista Independiente desde 1995, Ángel Alfaro (Cuba 1952) prestigioso Maestro de la pintura y el grabado, Juan Garcés (Cuba 1953) uno de los creadores contemporáneos más importantes en el ámbito del dibujo y la pintura en Iberoamérica y el Mundo, que harán las delicias de los coleccionistas.
La lista de artistas que han donado sus obras continua enriqueciéndose día a día con nuevos nombres cuyo notorio devenir colorea esta cruzada de amor por el prójimo: Ernesto González Litvinov, Deborah Nofret Marrero, Max Delgado Corteguera, Elisa Merino C, Eduardo Rosales Ruiz, Nadia María García Porras, Mizraim Cárdenas, Tai Ma Campos, Michel Mirabal Martínez, Luis Garzón Masabó, Julia E. Valdés Borrero, Orlando Silvio Silvera Hernández, Yuri González Litvinov, Martha Castro, Ghislaine Loyré-de Hauteclocque, Nagy Niké, Ulises González y Roberto Martínez.
En función de esta Subasta Solidaria Pilar Zumel desde la Asociación Cultural Yemayá dona una obra regalo de Aziyadé Ruiz Vallejo expuesta en “El Arsenal”, Arte Cubano Contemporáneo en Madrid, exposición de la que Bejarano y Aziyadé fueron cuerpo y alma a principios de año. La pintora y coleccionista Yasbel Pérez Domínguez también ha donado una obra de su propiedad realizada en 2010 por Agustín Bejarano.
El periodista, escritor, crítico de arte y coleccionista Jorge Rivas Rodríguez se suma a este acto de cariño y confraternidad, cediendo, para la subasta, “una de mis piezas más queridas, no solo porque fue hecha por mi hermano Beja con extraordinario sentimiento y nobleza, sino porque esta pieza es única, no tiene secuencias ni antecedentes en su discurso plástico y la valoro como una “joyita”. Está ubicada en el lugar más visible y más frecuentado por mí en mi casa.” De otro lado Aziyadé Ruiz Vallejo participa con varias de sus obras en el evento.
El maestro Luis Miguel Valdés añade honras a esta Subasta Solidaria haciendo una excepción con el archivo y la colección del Taller La Siempre Habana para poner a disposición una de las placas de cobre de la serie de aguafuertes “Las Coquetas” que Agustín Bejarano hizo en el Taller en México en 2001, pieza cuyo valor excepcional conoce cualquier coleccionista.
Es La Coqueta XII, de la cual se hizo una edición de 50 ejemplares con tal éxito que ya está agotada. La placa se canceló cuando se terminó de imprimir la edición y estuvo durante 10 años exhibiéndose en las paredes del taller, tanto en Coyoacán como en Cuernavaca. Posteriormente se realizó una impresión como “PRUEBA DE CANCELACIÓN”, que acompañará la placa en la subasta, la misma tiene el sello seco del Taller La Siempre Habana y está firmada por Luis Miguel Valdés como Director del Taller y por el Maestro Impresor Samuel Cadena, que participó en la edición en el año 2001.
Se suman para añadir colores y formas que hacen de esta Subasta un compendio de obras exquisito, Noel Guzmán Boffill Rojas (Cuba 1954), uno de los pintores Naif contemporáneos más importantes en Cuba y en América Latina, José Luis Fariñas (Cuba 1972) reconocido internacionalmente como un auténtico maestro del dibujo, pintor, ilustrador y escritor, Gólgota (Cuba 1970), quien lleva a su pintura, con elegante gusto y gran perfección el mundo de la danza y de la música, Caridad Ramos Mosquera (Cuba 1955), una de las más talentosas escultoras contemporáneas de Cuba y Annia Alonso, reconocida artista de la plástica en Cuba y en muchos países.
El escritor, poeta y periodista cubano, subdirector de la revista Revolución y Cultura, José León Díaz, aporta generosamente una obra de Aziyadé Ruiz Vallejo de su propia colección personal para los fines fraternales de esta la subasta.
Porque somos muchos los que apreciamos, respetamos y queremos a Agustín Bejarano junto a su esposa, porque este artista monumental es ejemplo e inspiración para todos los que aprecian la libre expresión y los valores familiares y humanos en el mundo entero independientemente de su postura política este posicionamiento a favor de la justicia, esta SUBASTA SOLIDARIA concebida como un acto altruista exclusivamente fraternal para compradores solidarios de todo el mundo continúa sumando donantes.
A día de hoy un total de 54 obras a subastarse se muestran como promoción en la red a través de facebook y del blog: http://subastasolidariaporagustinbejarano.blogspot.com/
Les invito pues a participar de esta SUBASTA SOLIDARIA que se está realizando en forma on-line gracias al fraternal y generoso aporte de galardonados artistas de amplio currículo y reluciente trayectoria. Además de convertirse en una oportunidad de colaboración esta SUBASTA SOLIDARIA constituye una forma de invertir en buen arte. Todos podemos hacer nuestras ofertas desde esta dirección.
La puerta queda abierta, pasen pues al umbral de este acto hermoso de amor y entrega, de compromiso con el prójimo, por un mundo mejor.
La cuenta de correo electrónico para sumar apoyos a este empeño es

subastadesolidaridad@gmail.com

Muchas gracias. Orisel Gaspar.

http://orisel.blogspot.com/p/agustin-bejarano.html

soy@oriselgaspar.net

Tienda de la Subasta en Ebay:
http://myworld.ebay.com/ituesta/

HACIENDO LAS COSAS MAL

Ernesto Pérez Castillo

(Un fragmento de la novela, de aqui viene el titulo del blog)

La música nos llevaba a aquel lugar. El bar era espantoso, el sonido era horrible y nosotros queríamos hacer algo. Por una vez, desde que nos conocimos, para variar, haríamos algo que no fuera una de nuestras «conversaciones espirituales» –así las llamaba Svetlana–, o meternos al cine Chaplin durante uno de los tantos ciclos de películas neozelandesas, o todo Fellini, o cine independiente iraní.
La idea nos la vendió la propia Svetlana. Teníamos que hacer algo con nuestras vidas. Y para hacer algo, tendría que ser algo grande. Y eso fue lo que lo complicó todo, porque la verdad es que ir al cine varias veces a la semana, invitarnos a comer cualquier bobada en su casa, hablar durante horas con la única condición de nunca –¡nunca!– hablar mal del gobierno ni de nada que viésemos en la calle o sucediera en nuestras familias, dormir juntos los tres de tanto en tanto, era cómodo y era sencillo, y para Rubén y para mí las cosas estaban muy bien así.
A Rubén lo mantenía su mamá, que nunca le fallaba en la mensualidad. Yo lo acompañaba cada día siete al Banco Metropolitano, y sacábamos de su cuenta los quinientos euros que le enviaba la querida señora Rita, a veces desde Roma, a veces desde París, a veces desde Barcelona, y así, según la estación del año y las rebajas de las aerolíneas europeas.
A mí me mantenía Rubén, y eso estaba bien para los dos. Él nunca sabía qué hacer con tanta plata, y yo se la ayudaba a administrar sin que nos sobrara nada a fin de mes. De la última semana se ocupaba Svetlana, invitándonos a sus sopas y sus tés.
Pero tras quince años de amistad y tisanas sobresaturadas de azúcar, el día que Svetlana cumplía sus treinta y tres y la celebrábamos con vino tinto, queso parmesano y palomitas de maíz, de pronto rompió a llorar y nos dijo muy bajo, en un susurro entrecortado por los hipos de su llanto:
–Somos unos mediocres… unos fracasados… nuestras vidas son una mierda…
No encontramos el modo de sacarla de su repentina depresión, y al final nos fuimos cada uno a dormir por su lado. Yo no le hice el menor caso, pues conocía muy bien a Svetlana, pero Rubén se la tomó en serio, y antes de despedirnos me dijo que era cierto, que además éramos unos superficiales, y que mi idea de comprarnos para ese día unos boxers amarillos e idénticos –como si fuera tan sencillo en nuestra geografía dar con algo así– no era sino expresión suprema de mi inmadurez.
A él tampoco le hice caso. Dormí solo en mi apartamento esa noche, y a la mañana siguiente, al despertar, no me sorprendió que al abrir la puerta, tras los timbrazos que me sacaron de la cama, los encontrara allí a los dos, con caras de felicidad.
–Tenemos que hacer algo, y algo grande –dijo Svetlana, y la aprobación que brillaba en la sonrisa de Rubén me confirmó que nuestra amistad había cruzado el punto de no retorno al que nunca debimos llegar.
Pero ese solo fue el principio, y quedaría mucho por delante antes del final, que sería espantoso. Vivir para ver, me dije a mí mismo, y los hice pasar a mi salita, resignado.
El primer signo del desastre fue nuestro desayuno de ese día: kumis natural, nueces secas, croissants de vegetales, un cóctel de frutas frescas –papaya, mangos, plátanos manzanos, piña– y una omelet de queso de las que solo Svetlana sabe preparar. Rubén había malbaratado el presupuesto de dos semanas de mi buena administración.
Y aun faltaba la gran idea de Svetlana, aquello que finalmente daría un sentido provechoso a nuestras vidas. La cuestión, dijo Svetlana, es que somos unos desagradecidos. Según ella, tanto libro leído, tantas horas de universidad, tanto buen cine, no nos había sido entregado en balde. Teníamos el don de la inteligencia, del talento natural, del saber cultivado y, junto a ello, el deber de corresponder al contrato social del que hasta ahora habíamos sido únicamente beneficiarios, por no decir algo peor: usufructuarios onerosos.
Deberíamos dar algo a cambio, y podíamos. Sería una inconciencia y una malcriadez no hacerlo. Dar, y seguir dando después: solo eso justificaría el altísimo nivel de nuestro consumo cultural.
Yo la escuché horrorizado, y Rubén asentía ante cada palabra, cada una más loca que la anterior. Al terminar el desayuno ya teníamos una idea clara, y un plan. Y para ser sincero, añadiré algo más: de ese desayuno yo no probé bocado.
La estrategia era perversa, sino retorcida, pero no dije nada y me dejé llevar. Aparentemente –declaró Svetlana–, lo más fácil es hacer las cosas mal. Y siguió: pero solo aparentemente. Una vez que has aprendido a hacer las cosas bien, es muy difícil, rayando lo imposible, lograr hacer mal cosa alguna. Tienes el cuerpo y el alma entrenados, automatizados, para lo bello, y ya solo serás capaz de expresar en tus creaciones la perfección.
Confieso que entreví una punta de certeza en sus argumentos, sobre todo cuando ejemplificó: ¿se imaginan a Baryshnikov ejecutando mal un salto, tropezando en un desplazamiento? No, eso es algo que Baryshnikov no podría lograr jamás.
Nosotros, que disfrutamos de un alma cultivada en lo bello y un criterio entrenado en la percepción de lo hermoso, solo tenemos un camino para expresar nuestra genialidad: hacer algo mal, genuinamente mal. Y estamos hablando de arte. Así concluyó su discurso Svetlana.
Para los siguientes días solo quedó decidir en cuál disciplina nos habríamos de concentrar. El ballet quedó descalificado desde la primera conversación: la referencia a Baryshnikov fue solo un ejemplo esclarecedor. Nuestros cuerpos no darían para tamaño esfuerzo. Y así seguimos descartando: el cine era, obviamente, demasiado costoso; en las artes plásticas el camino sería demasiado trillado: por disparatada que resultara nuestra creación, siempre encontraríamos un inmediato eco elogioso en la crítica, todo lo contrario de lo que queríamos lograr; la literatura, un proyecto que nos llevaría demasiado tiempo y la probabilidad segura de no lograr nunca que Letras Cubanas entendiera el alcance de nuestra obra como para hacerla llegar a imprenta.
¿Cuál sería el arte aquel, en el cual pudiéramos concretar una obra que resultara amplia y fácilmente difundida y a la vez totalmente desoída por el canon cultural?
La respuesta era obvia: para ser desoídos debíamos hacer música. Para ser precisos, música popular.
Por eso estábamos esa tarde, sentados en aquel bar de mala muerte, en un callejón perdido de la Habana Vieja. Debíamos comenzar por descontaminar nuestros oídos de tanto Bach, tanto Vivaldi, tanto Mozart, tanto Beethoven, tanto Albinioni. Lo mismo con tanto Silvio, tanto Chico Buarque, tanto Fito Paez, tanto Lucio Dalla, tanto Fabricio de André, tanto Ciccio Capasso, tanto Sabina, incluso tanto Tom Waits.
Pero tampoco era cosa de ir directo a nuestro objetivo. Debíamos avanzar, mejor dicho, retroceder, descender paso a paso, con cuidado, lentamente. Por eso nos estaban muy bien las bocinas de aquel bar, que se quebraban con la música de unos muchachitos que según el barman se hacían llamar Buena Fe
–una mezcla perfecta, un híbrido, un cruce de los Bukis con Ricardo Arjona, según Svetlana– que nos serviría para adentrarnos de a poquitos en el submundo de nuestro interés. Eran lo malo, sí, pero pasados por agua.
Una tarde allí, corrida hasta la medianoche, fue suficiente. Eso, y tres botellas de un tinto Penedés que Svetlana supo llevar. Aprendimos que sería mucho más difícil de lo que supusimos, pero ese era el reto, y también el mérito, si persistíamos hasta el final. No era solo cuestión de rimar «vida» con «salida», «futuro» con «seguro» o «libertad» con «individualidad». No. Eso era lograble, con cierto empeño, pero no sería para nada notable.
Para ser la primera vez, ya sabíamos que, sobre todo, debíamos lograr si no que rimaran, al menos que aparecieran en el mismo verso, conceptos que se repelieran entre sí, como los polos magnéticos de carga semejante, y en lo posible, usar palabras de acentuación esdrújula.
Lo principal: no nos servirían de nada términos como «hojarasca», «varados», ni «atisbo». Había que renunciar, por ejemplo, al verbo «otear». La cosa es que tenemos que «aterrizar», así definió Svetlana la cuestión.
Nuestro plan de aterrizaje estaba listo a la mañana siguiente, y con él apareció en nuestras vidas la palabra «cambio». Teníamos que enfrentar algunos «cambios». El primer «cambio»: quedó levantada de inmediato la prohibición de hablar mal del gobierno. A partir de ahora debíamos hablar mal del gobierno todo el tiempo, todo lo que pudiéramos.
Junto con eso, debíamos comenzar a contarnos todo lo que viéramos o escucháramos en la calle cuando no estuviéramos juntos, y comentar también todo lo que sucediera en nuestras familias. El súper objetivo era el mismo: hablar de todo eso y, al final, hablar mal del gobierno, que por default sería siempre el culpable de todo lo que encontráramos que estaba mal. Eso nos daría «material», aseguró Svetlana.
Otro «cambio» era el referido a nuestros teléfonos móviles. Renunciaríamos a nuestros teléfonos móviles, incluso a los inalámbricos dentro de las casas. A partir de ahora solo usaríamos nuestros teléfonos fijos, y los públicos, si es que funcionaban. La verdad es que desconocíamos si los teléfonos públicos servían o no, o si quedaba alguno.
Y un «cambio» más: teníamos que renunciar también a nuestros euros, al menos hasta que concluyéramos el «proyecto». Con eso renunciaríamos a los buenos vinos, a los buenos restaurantes, a las boutiques, y a los shampoos, a los acondicionadores del cabello, a los suavizadores para la ropa, a los detergentes, a los jabones de heno de pravia, a los aceites de oliva, a los quesos, a los yogures, y también a nuestras computadoras, a nuestros e-mails, a nuestra Internet, a la buena vida, en fin… para, como quería Svetlana, «aterrizar».
Comenzaríamos a vivir del arroz y el azúcar de la libreta de racionamiento, aguardar en las paradas por la ruta 222, no tomar otro helado que el helado de Coppelia, después de hacer las tres horas de la cola de Coppelia. Sería un duro aterrizaje, pero era necesario. Todo por el arte.
Para ser el principio, los «cambios» estuvieron bien. Durante una semana tuvimos apasionadas discusiones sobre lo mala que estaba la «cosa», lo mal que «ellos» organizaban todo, lo jodido de la «situación». Pero eran discusiones sobre lo que escuchábamos decir en la calle, lo que hablaba la gente por ahí. Aun no habíamos sentido nada en carne propia, o al menos nada de lo «sentido» había sido digerido al punto de aflorar en nuestras conversaciones, y eso nos era urgente, vital para la creación.
Finalmente una mañana llegó Svetlana con «algo». Después de media mañana de cola en su bodega, porque habían venido los garbanzos de ese mes, tuvo que regresarse a su casa solo con las ganas… apenas dos viejitas antes que ella, se habían acabado los garbanzos. No volverían hasta el próximo mes.
Fue nuestra primera diatriba real contra el gobierno. Svetlana llegó a las lágrimas en su discurso. Rubén la consolaba, como siempre, pobremente: a su bodega también llegaron los garbanzos, pero cuando él se enteró ya se habían acabado, y eso era peor. Ni siquiera se pudo ilusionar con ellos.
Nos conformamos con una tizana de hojas de naranjas, endulzada con el azúcar prieta que alcancé a comprar en mi bodega. No obstante, nos despedimos felices: nuestro «proyecto» comenzaba a funcionar.
La mañana siguiente, en todo caso, desperté con la duda. Tomé mi libreta de racionamiento, fui hasta la bodega, y allí pregunté por los garbanzos del mes. «¿Los qué?» –me preguntó el bodeguero, y siguió– «Blanquito, ¿tú estás fumao, o se te voló el pichón?».
No respondí. Volví a mi apartamento, tomé un bolígrafo y busqué papel pero, al no encontrar ninguna hoja en blanco, terminé cogiendo un periódico Granma para anotar bajo el rojo titular de la última página: «¡se te voló el pichón!».
Entusiasmado, telefoneé a Rubén, y me respondió su contestadora. Colgué, fui hasta la parada, y a los veinte minutos, cuando Rubén me abrió la puerta, sin saludarle, le entregué el periódico con mi anotación manuscrita y fui directo al teléfono en el cuarto. Desconecté su contestadora, enrollé el cable sobre el aparato y volví a la sala.
–¿Qué haces? –me preguntó Rubén.
–Aterrizarte… –le dije, y pregunté a mi vez– ¿ya viste lo que descubrí hoy?
–¿Dónde? ¿En el periódico?
–Si, ahí está, en la última página.
Rubén leyó en voz alta el titular de la contraportada del Granma de ese día:
–«Chavez: nadie detendrá el avance victorioso de Cuba y Venezuela»
–No, no –le rectifiqué–, lee lo que yo escribí a mano…
–Ah… «¡¡¡se te voló el pichón!!!».
Rubén captó la idea al instante. Era nuestro primer enunciado eminentemente popular, lo que Svetlana llamaría, con toda propiedad, «auténtico material».
–¿Y de dónde lo sacaste?
Iba a contarle, pero una sombra me cruzó la mente, una duda que no debía dejar florecer, aunque sabía que igual crecería por sí sola. No quería que nada empañara el momento, el primer fruto de nuestro «proyecto», así que, evadiendo responderle, le dije que nos fuéramos ya mismo a casa de Svetlana.
Ella nos recibió extrañada de vernos llegar sin antes avisarle, y tuve que recordarle que ella no tenía teléfono a donde la pudiésemos llamar…
–Pero el móvil… –comenzó a decir, mas por sí misma recordó ese «cambio» y dejó la frase sin terminar.
Rubén, por ayudarle en el trance, le mostró el periódico para que viera lo que «habíamos» descubierto. A Svetlana le pareció genial, nos besó a los dos y propuso celebrar el hallazgo con un almuerzo rápido.
Mis dudas crecían. Svetlana puso en la mesa un plato de jamón lasqueado, rodajas de pan, y se quedó todavía un rato pensativa frente a la puerta abierta del refrigerador, aunque su cuerpo me impedía ver adentro del aparato, hasta que finalmente lo cerró sin sacar nada más. La «cosa» está malísima, dijo al sentarse a la mesa. A su carnicería había venido jamón… pero malísimo, y solo una libra por persona.
–No pusiste agua –dije, e hice ademán de ir a buscarla, pero ella se levantó de un salto, me hizo señas de que siguiera sentado, y la trajo por sí misma.
Yo solo le di una probadita al jamón. Les dije que estaba desganado, y no comí mas, mientras ellos se atracaban. El jamón era delicioso.
–¿Qué hace una muchacha sin teléfono en casa –soltó de pronto Svetlana, tras el último bocado de jamón–, sin celular, sin poder pagarse un buen vestido o unas cremas decentes, sin posibilidades ni futuro a la vista, en fin, sin dinero?
–Tratar de conseguirlo… –aventuré.
–¡Lucharlo! –me corrigió ella.
–¿Lucharlo? –preguntó Rubén.
Pues sí, Svetlana también había hecho la tarea. Nos contó que pasó la mañana de vidrieras, mirando bien de cerca lo que antes tenía y ahora –por nuestros «cambios»– no podía tener, y espiando las conversaciones de las muchachas que entraban o salían de las tiendas. Así escuchó la palabra «luchar», y mejor aún, logró penetrar y aprehender su concepto profundo.
Ya comenzábamos a acumular «material», pero a Svetlana eso le parecía insuficiente, y estaba decidida a dar un paso más allá. En eso había basado su vida, a fin de cuentas.
Sus padres eran diplomáticos. Llevaban una larga carrera, de embajada en embajada por el mundo, aunque al principio el «mundo» se limitó al mundo socialista. La propia Svetlana nació en Moscú, y de ahí su nombre, pues ni siquiera durante el embarazo la madre pensó en interrumpir su misión. Solo volvían a La Habana en sus vacaciones, pero era gente que no disfrutaba mucho de vacacionar. Y así vivió Svetlana por dieciocho años, de una a otra latitud, hasta que se cansó.
Cuando Rubén me presentó a Svetlana, ella recién llegaba de Reykjavik. Había decidido abandonar a su familia, por una razón muy peculiar: el enorme aburrimiento de estar siempre rodeada de cubanos. Así me dijo. Cursó toda la enseñanza primaria, la secundaria y el bachillerato, en aulitas pequeñas, con los hijos de los otros funcionarios cubanos. Y vivían siempre en edificios de apartamentos junto a los otros representantes de la Isla, y así celebraban sus fiestas, siempre juntos, siempre entre cubanos, los 26 de Julio, los aniversarios de la Revolución, cada Primero de Mayo, cada 28 de Septiembre, los 13 de Agosto de Fidel. Estaba harta, decía Svetlana, de tener tantos cubanos encima. Por eso abandonó a la familia y se vino a estudiar la universidad aquí. En Cuba.
Y descubrió que tenía razón. Descubrió que Cuba era otra cosa. De su anterior vida itinerante le quedaron dos características muy marcadas: la piel más blanca que he visto nunca, y un acento al hablar que no pertenece a ningún lugar, sobre todo a ningún lugar de nuestro país. En consecuencia, entre nosotros, cubana entre cubanos, pasaba por extranjera siempre, algo de lo que Svetlana sabía sacar el partido mejor.
Ahora era el momento de dar el paso siguiente, y Svetlana se lo planteaba así: comenzaría a «luchar», ello daría el impulso final a nuestro «proyecto». Yo preferí no opinar, pero Rubén no pudo quedarse callado. Es una locura, una locura más, otra locura, decía, gritaba, y finalmente balbuceaba él entre sollozos, a lágrima viva. Svetlana lo abrazó, lo acunó en su pecho, y así los dejé esa noche, ella consolándolo y él dejándose consolar.
A partir de ahí, solo un reto sacaba a Rubén de la cama: y era que, cuando reencontráramos a Svetlana, tuviéramos «material» valioso del cual enorgullecernos. Me las ingenié para trazarnos un itinerario que ni por asomo cruzara la ruta probable de ella. Así exploramos cada Mercado Artesanal Industrial de la ciudad, la Terminal de Ómnibus Nacionales, la Estación Central de Ferrocarriles: cada uno de esos sitios nos pareció un universo en expansión, otro país dentro del país, y qué país... Era como viajar a provincias y más allá, o incluso mejor, pues no teníamos que llevar equipaje, y con solo unos pasos podíamos retornar a la normalidad.
Colectábamos «material» a las dos manos, y supimos que teníamos suficiente una tarde, a la caída del sol, en que le propuse a Rubén tomarnos un descanso y una cerveza, y él me dijo:
–Ok, pero la pagas tú, que yo estoy más atrás que los cordales…
Lo dijo y rompió a reír y yo a reír con él, pues eso de «estar más atrás que los cordales» no solo era excelente «material», sino que le había brotado con total fluidez, absolutamente natural, y ello era signo de que no solo acumulábamos, sino que además digeríamos lo acumulado. Cada vez estábamos más cerca de poder hacer nuestra canción.
No habíamos terminado nuestra cerveza cuando vimos a Svetlana. Iba del brazo de alguien de pelo ensortijado con iluminaciones rubias, piel muy tostada, un metro ochenta y tantos, sandalias de cuero curtido, bermudas beiges, camiseta clara de algún color pastel. Ella no nos vio, o hizo como que no nos vio, pero Rubén se le quedó mirando hasta que se perdieron de vista en un Hiunday Sonata. Habían sido cinco semanas sin ella.
Llegó Papá Noel, dijo Svetlana cuando abrí la puerta, la siguiente mañana. Me abrazó, me besó en ambas mejillas
–costumbre que tenía antes, cuando acababa de llegar de Europa, y que en esos días había recuperado con su nuevo «novio» francés– y me preguntó por Rubén, que le señalé, aun dormido en el sofá-cama de mi sala. Fue hasta él, se acurrucó a sus espaldas, y comenzó a cantarle muy bajo una canción de Björk, hasta que le despertó.
Con ella traía dos maletas enormes, y allí mismo en la sala las abrió. Había de todo, y todo era muy kitsch. Abundaba el dorado sobre colores ya subidos de por sí; rótulos enormes y bien visibles, a pecho entero, de marcas famosas, pero falsas en cada caso; en general, nada era apropiado a nuestro clima. Es la moda, dijo Svetlana, la moda que las «arrebata» a «ellas», así dijo.
Revisamos cada pieza, las modelamos y nos reímos mucho esa tarde, y nos bebimos un ron envasado en cartón que Rubén y yo jamás hubiéramos probado, de no ser por nuestro «proyecto». Y entre el ron, que al final no estaba del todo mal, y la alegría del reencuentro, y las anécdotas que nos traía Svetlana, nos fue cayendo la noche, y dormimos juntos y apasionados otra vez, como hacía mucho, y presintiendo yo que sería nuestra última vez.
Al amanecer lo supimos. Svetlana se nos iba. No será mucho tiempo, aseguró. Su «novio francés» la invitaba, y a ella le parecía lo mejor para el «proyecto». Llevaré las cosas hasta el final, nos dijo, y tendremos la experiencia completa, el know how total de la «lucha».
No nos volvimos a ver los tres, aunque Rubén y Svetlana pasaron juntos cada día, hasta la noche en que le tocó partir. Rubén me llamó, y me pidió que yo la acompañara al aeropuerto, que él no quería, que él no podía ir.
Tomamos un taxi Svetlana y yo, y ella no paró de hablar en toda la carretera. Sin escucharme, y además yo no tenía nada que decir. Solo al llegar al aeropuerto hizo silencio. Sacó un billete de cincuenta euros y me lo quiso entregar, pero me rehusé, todavía no sé por qué. Entonces nos abrazamos antes que ella cruzara los controles de emigración, me dijo adiós con la mano, y la puerta metálica se cerró tras ella. No creo que haya llorado.
Desde el aeropuerto llamé a Rubén, pero me respondió su contestadora. Decidí romper las reglas, y tomé un taxi, para llegar a su casa lo antes posible. Lo encontré en la cama, bocabajo, vomitado. Las últimas píldoras se veían casi enteras entre la bilis.
La policía me mantuvo retenido varios días. Estuve más solo que nunca en aquella celda, y allí escribí la canción. Pero me salió buena.

lunes, 30 de mayo de 2011

EL 15-M Y LOS DAÑOS COLATERALES: YOANI Y BUSHTO CON EL CORAZÓN PARTÍO



Ernesto Pérez Castillo

Que los indignados españoles del 15-M vayan a acabar con el capitalismo, eso aun esta por ver, pero lo que sí es ya un hecho es que uno de sus daños colaterales e imprevistos es el sacudión que ese movimiento le ha propiciado a las puntas de lanza de la campaña mediática contra Cuba.
Ahora mismo el ejemplo del mal ejemplo es el blog anticubano Penúltimos Días, que administra en Barcelona –literalmente, y no más que eso: apenas lo administra, que son otros muy otros los que deciden que se publica allí, y que no– el fascista mercenario Ernesto Hernández Bushto.
Resulta que Bushto, quien ha puesto en blanco y negro que la solución al problema cubano pasa por el desembarco de los marines de la 82 división en el malecón habanero, y ha llamado a “volver a los viejos métodos del disidente tradicional: hacer huelgas, salir a las calles”, de pronto se revela ciego, sordo y mudo, si no torpe, cuando le toman la palabra y la gente se lanza a las plazas y a las avenidas y las ocupa semanas y semanas, justo al otro lado de su muy barcelonesa ventana.
Bushto, que ha seguido con pelos, pulgas y señales las revueltas populares en Túnez, Egipto, Libia y medio Medio Oriente, y ha republicado y refritado obsesivamente cuanto sobre ello se ha escrito, buscando siempre la imposible quinta pata del gato, a saber: cómo lograr que aquello se replique en La Habana, sin conseguirlo jamás de los jamases, de pronto es miope ciento por ciento para ver –y peor para comentar– las revueltas bajo su balcón.
Un punto en el que hay que detenerse ahora, en medio de la ceguera y la cerrazón de PD para con los indignados españoles, es que hace solo un mes y tanto, Bushto se quejaba en otra de sus pataletas para que le suban el salario: “De los más de 200 mil visitantes que entran cada mes aquí apenas tres o cuatro cooperan para que el sitio continúe. Quedaría, por supuesto la opción de convertir Penúltimos días en un sitio por suscripción, pero entonces quienes saldrían perdiendo serían los lectores del blog en Cuba, donde tanta falta hace un medio de información independiente”.
La cosa es: si para los cubanos en la Isla, PD resulta –siempre según el propio Bushto– una fuente de información tan necesaria, ¿porqué entonces le oculta a esos supuestos lectores lo que está sucediendo en Barcelona, y la brutal represión policial contra los ciudadanos que ocuparon la Plaza Cataluña?
Él, más de una vez, ha reclamado desde su blog, con furia y con saña, cuándo el diario Granma va a publicar esto o lo otro o lo de más allá… Pues bien, ahora el regaño le viene de perilla… ¿Cuándo Ernesto Hernández Bushto va a informar a sus lectores sobre lo que ocurre, no en la blogosfera virtual tan neblinosa siempre, sino allí en la mismísima vida real, en las calles de la ciudad donde desgasta sus días? Él sería un testigo excepcional de lo que sucede en Barcelona, y podría contarlo de primera mano… ¿Por qué se calla, por qué niega a sus lectores la posibilidad de conocer lo que sucede allí?
El asunto se hace claro cuando uno empata los cabos y recuerda que en marzo de 2010 Bushto logró colarse en el encuentro de “ciberdisidentes” que inventó el Instituto George W. Bush en Texas –un encuentro del que nadie habló, ni siquiera el propio Bushto, que prometió una crónica que nunca se atrevió a terminar de redactar–, y ahora ese mismo Instituto, mientras ardían las plazas españolas, organizó una conferencia bajo el nombre “La Ola de Libertad: Tempranas Lecciones del Medio Oriente” y en uno de sus paneles, titulado “Más allá del Mundo Árabe”, se analizó el impacto que podría tener la primavera egipcia en los países que no son del agrado de Washington, como Irán, Venezuela, Cuba, Corea del Norte, Siria y Birmania.
O sea, que el asunto español se les sale de las manos y, exactamente por eso, de eso no se habla, y punto. Bushto, como buen mercenario, es disciplinado, mientras le paguen o al menos lo prometan que lo harán.
Y la otra que no debemos olvidar, para que no se sienta descriada, es a la mercenaria estrella, la doña Yoani Sánchez, que también recibió a propósito del 15-M un buen papazo. Ella, que es toda ilusión, se preguntaba por estos días en Twitter: “#GY La ciudadania toma las plazas en Espana. Algun dia podremos hacerlo en #Cuba sin que nos repriman o sin terminar en prision?”
Pues ya ves, inocente blodeguera, lo que ha pasado en Barcelona, represión ha habido, y de la peorcita: las fuerzas represivas españolas arremetieron contra la ciudadanía, disparando balas de goma y gas pimienta, golpeando a mansalva con sus porras, pateando a las personas y arrastrándolas sobre el pavimento. El saldo es de más de ciento veinte heridos, y al menos dos de extrema gravedad. La perla del asunto: hasta Europa Press hizo público que “han cargado también contra periodistas”.
Pero de eso la Yoani tampoco dirá nada. Que ya ella sabe que habló de más cuando en su ignorancia se le ocurrió mencionar a los indignados de la Plaza del Sol, cosa que hizo solo por su tendencia compulsiva a la manipulación. Ahora que los heridos aun curan sus heridas, y la gente sin miedo vuelve a las plazas otra vez, ella vuelve el rostro hacia otra parte: ni condena la violencia ni se solidariza con los reprimidos. Qué va, a estas horas ya deben haberle tirado de las orejas para aclararle su guión.

sábado, 28 de mayo de 2011

EN ZANJA Y BELASCOAÍN

Ernesto Pérez Castillo
(Un cuento tomado de Bajo la bandera rosa, Editorial Letras Cubanas, 2009)

Belarmino Acosta terminaría de atravesar la avenida de Belascoaín entre un camión abarrotado de cemento, un taxi repleto de turistas, y la bicicleta de un mulato sudoroso a toda velocidad con su racimo de plátanos recién macheteado en la parrilla, y saltó sobre un charco de fango sin digerir aún la mala espina de la sensación imprecisable que lo atoraba.
La Mariceli García se dio banquete cantándole las cuarenta en la otra acera, pero lo peor, lo incomprensible, había sido su decisión de terminar en un dos por tres con lo que fue su amorío de los últimos siete años.
La Mariceli García, de espaldas, se compraba a la sombra de los portales de Belascoaín un helado de tres pesos. Así, inconfundible por su negro culo invicto, la vio Belarmino Acosta por última vez antes que el mulato de la bicicleta, para esquivar el charco de fango, diera un corte rasante hacia el contén de la acera y Belarmino no consiguió evitar el ramalazo del racimo de plátanos contra su pierna izquierda. Al descubrir el manchón pardusco que sobre el pantalón le estampara el trastazo goteante del racimo comprendió la mala sensación imprecisable que lo tenía atorado.
Al levantar los ojos ya la Mariceli no estaba a la vista, pero en la cabeza de Belarmino Acosta comenzaron a martillear con toda claridad las últimas cinco palabras que ella soltó cuando él le volvió la espalda todavía en la otra acera y se lanzara al cruce de la avenida. Eran esas cinco palabras las que lo tenían atorado aún, mas, sólo ahora las entendía plenamente:
–¡Tenías que ser negro, coño!
¡Y qué pinga iba a ser si no! Negro y renegro, negro teléfono, negrísimo, negrón. Negro, y no sólo. Hijo de negro, nieto de pichón de haitiano, bisnieto de haitiano, tataranieto de dahomeyano, chozno de un leopardo, y más león que un león. Como si la Mariceli García, con ese culo, fuera Deborah Andoyo, la rubia submarina.
Aquello no podía quedar así. Belarmino Acosta comenzó a recorrer Belascoaín abajo tratando de redescubrirla entre los vendedores de pizzas y refresquito de fresa de los portales sombreados camino al Malecón, pero al llegar a la intersección de la calle Zanja y lanzarse a cruzarla sin mirar al semáforo lo frenó en seco el sirenazo del flamante peugeot policial.
También en seco frenó junto a Belarmino un taxi-bicicleta. No lo alteró el coño e'tu madre que le soltó el jabao pedalista, secundado por la sonrisita a dúo de las dos rubias lechosas de escandinavia que no sudaban ni una gota sentadas a la sombra del jabao. Lo que le preocupaba era el policía que ordenó al jabao del taxi-bicicleta que circulara, y le pidió al ciudadano Belarmino Acosta el carné de identidad.
Ahora sí que no encontraría más nunca a la Mariceli. Entregó al policía el carné de identidad sin lograr domeñar los temblores de su mano derecha, pero el rostro aindiado del policía se relajó al comprobar que en el carné de identidad decía que el ciudadano Belarmino Acosta, negro y todo, era profesor de la Universidad.
La propia Mariceli no fue su alumna porque se empeñó en dejar de estudiar justo cuando él empezaría a darle clases a su curso, un año después de que lo nombraron profesor. Las cosas empezaron a descojonarse por culpa del lejano Gorbachov, y la Mariceli se tiró pa' la calle a luchar. Belarmino Acosta comprendió a tiempo que le estaba pasando por delante el último vagón del tren de la buena ventura y se batió a brazo partío hasta lograr que lo aceptaran en la primera maestría que se abrió en la Universidad.
Ahí empezó la batalla sangrienta del negrón universitario, y en ella puso todo su espíritu. Y la Mariceli puso los frijoles, la carne, la jama. Belarmino Acosta saltó de madrugada en madrugada sobre la desmantelada mesa de la cocina con desparramo de lapiceros y regla de cálculo y planos de nunca acabar mientras la Mariceli contrabandeaba todo lo contrabandeable, hasta el día en que finalmente se le jodió el bisne de la leche en polvo pero recibió con las piernas abiertas a Belarmino que desde ya sería el único Máster del solar y para más nunca otro ingeniero del montón.
Esa noche la pasaron bebiendo cervezas de laticas, de marcas diferentes cada vez, de Cupet en Cupet, y mientras se comían el primer y último pollo frito en dólares de sus vidas, la Mariceli le advirtió a Belarmino que el bisneteo con la leche en polvo se había puesto en llamas.
–¡Tienes que ponerte pa' las cosas, papi...!
Dijo la Mariceli después que se vinieron con tremenda gritadera al arrullo del gruñido de la puerca parida en el baño del vecino. Belarmino Acosta le advirtió que ya estaba en eso: más o menos en cosa de un año podría empezar su doctorado.
Ahí casi le baja Changó a la Mariceli. Al muy Máster de su marido no sólo no le importó que llevaran tres semanas a punta de chícharos, sino que ahora se llenaba la bembona pa' decirle que empezaría un doctorado. Fueron al baño juntos pero ella se lavó sin mirarlo y se acostó encuera y vira' contra la pared.
Eso mataba a Belarmino, la Mariceli desnuda y silenciosa, apuntándole con su culo virginal. En la época en que todavía templaban a cualquier hora Belarmino Acosta había concentrado sus esfuerzos en cogerle el culo a la Mariceli, pero ella insistía en que el culo se había hecho para cagar, y punto. Por lo menos hasta que se casaran, cosa que el muy Máster de su marido posponía y posponía, a pesar de saber el alegrón que esa boda daría a la Mariceli y a su parentela completa.
Por eso la Mariceli se la pasaba embutida en sus licras de media pierna, para embullarle a Belarmino Acosta la casadera, y Belarmino le sufría las ganas, y más en las tardes que los radios vomitaban de salsa el solar y la Mariceli bailaba sola frente al fogón. Eso era menear el culo. Eso era un culo.
–¡Doctorado ni un cojón!
Fue lo único que dijo la Mariceli al levantarse al otro día a prepararle el café a Belarmino Acosta, aunque pasaría esa mañana, y la siguiente, y la otra, rumiando dónde coño se había visto un negro doctor, y mucho menos su marido, que a estas alturas ni siquiera sabía cruzar la calle solo.
En la Universidad pensaron lo mismo, pero ahí tenían la solicitud del Máster Belarmino Acosta, con su currículum impecable, su docencia imprescindible, las publicaciones de sus artículos en las revistas científicas, y su increíble dominio del ruso y del inglés.
El Máster Belarmino Acosta, que mucho ensombrecía el Decanato de la Facultad, tenía un sólo problema, y de él se podrían agarrar. Era lo que se dice un problema ideológico. Su tutor de grado fue ni más ni menos el antiguo decano que, aunque no era negro, seguramente era medio brujero, y por eso acogió bajo su protección al joven Belarmino Acosta desde su ingreso a la Universidad, y en cambio se opuso al diseño, y luego a la construcción, del prototipo de la máquina tumbadora de cocos de la bella Ingeniera Blanca Rosa Blanco.
La máquina tumbadora de cocos de la bella Ingeniera Blanca Rosa Blanco funcionaba bajo el principio de la vibración hidráulica. Era una especie de tractor poseedor de un largo brazo metálico: aprisionaba el tronco del cocotero y comenzaba a estremecerlo hasta hacer caer a tierra el último coco. Era una belleza ver a la bella Ingeniera Blanca Rosa Blanco operando su maquinaria, y al tiempo ver el bello estremecimiento de sus nalgas.
El prototipo inicial, desarrollado contra la voluntad del antiguo decano, quebraba, cuando no arrancaba de raíz, los troncos de los cocoteros, y con eso el antiguo decano logró la paralización del proyecto. Pero no sería por mucho tiempo, porque más temprano que tarde apareció la posibilidad de que el antiguo decano impartiera unas conferencias en cierta universidad europea y, por supuesto, al terminarlas se quedó.
Inmediatamente la bella Ingeniera Blanca Rosa Blanco tuvo la luz verde del nuevo decano para continuar su proyecto, y el día que sacó del taller el prototipo número dos de la máquina tumbadora de cocos casi atropella al Máster Belarmino Acosta que cruzaba hacia el Decanato como siempre atravesándose en el camino de cuanto vehículo andante existiese sobre la faz de la tierra. Para no atropellar al Máster Belarmino Acosta la bella Ingeniera Blanca Rosa Blanco dio un brusco giro a la derecha y estrelló el prototipo número dos de la máquina tumbadora de cocos contra los muros del taller.
Ahí empezaron los problemas ideológicos del Máster Belarmino Acosta. Seis meses después que el antiguo decano traicionara a la patria llegó a la Facultad una carta suya invitando al Master Belarmino Acosta a viajar a la misma universidad europea para que trabajara junto a él.
A Belarmino Acosta le costó dios y ayuda demostrar que aquello no era un problema ideológico, sino un problema de correos, pues la carta estaba fechada dos meses antes que el antiguo decano traicionara a la patria, y lo podían confirmar revisando el matasellos extranjero en el sobre de la carta.
El mayor obstáculo en la defensa de la integridad política del Máster Belarmino Acosta fue el alegato de la bella Ingeniera Blanca Rosa Blanco de que para la CIA no sería difícil falsificar un matasellos de correo, sobre todo en un país extranjero, porque aquí jamás. La suerte fue que durante los siete meses que duró el proceso de análisis de la integridad política del Máster Belarmino Acosta no llegó ninguna otra carta del extranjero para él.
No obstante, a pesar de que el claustro en pleno le escuchó retractarse en público de la amistad con el antiguo decano, amistad que el Máster Belarmino Acosta se empeñó en calificar como buenas relaciones de colaboración profesional, y afirmar él mismo en persona que siempre supo que el antiguo decano era un pequeño burgués, y ahora un traidor a la patria, lo dejaron en remojo pues ¿cómo harían ellos para averiguar que ahora el antiguo decano no le estaría escribiendo directamente a su casa, o si elegirían para la correspondencia otra vía más secreta y segura?
Cuando la Mariceli García supo que al Máster de su marido se le estaba trabando el paraguas con el cuento del doctorado le dio un consejo a Belarmino Acosta:
–¡Ay papi, dale jaque mate a esos blanquitos sin actitú...!
Belarmino siguió el consejo aunque fue la primera vez en su vida que se le vió en tan turbios manejos: a la semana sus enemigos se enteraron, por una u otra vía, que el Máster Belarmino Acosta circulaba por la Facultad y el Decanato averiguando sus nombres y apellidos completos y anotándolos en papel de estraza.
También por sus propios ojos pudieron comprobar que el Máster Belarmino Acosta rondaba los matorrales periféricos de la Universidad escogiendo ciertos hierbajos que guardaba en su portafolios, e incluso alguno que otro afirmó haberlo visto recogiendo polvo del camino que transitaran sus colegas.
El pánico cundió el día en que a la hora de almuerzo y a la vista del estudiantado y el claustro de la Facultad el nuevo decano cayó de sus propios pies y rodó por las escaleras del comedor, fracturándose la clavícula izquierda, las dos piernas, y perdiendo siete dientes delanteros.
A partir de ahí los colegas del Máster Belarmino Acosta comenzaron a saludarlo, primero discretamente, y luego con verdadera devoción, y en una semana tuvo lista la aprobación para iniciar su doctorado.
A la Mariceli el berro por la continua estudiadera de su marido le duraría hasta lograr otro bisnecito, esa vez con aceite de cocina. Mientras tanto Belarmino se humillaría al extremo de salir por las tardes con la bicicleta cargada de aguacates y recorrer Cayo Hueso de arriba a abajo, aunque regresara casi siempre con las manos vacías, pero logró que la Mariceli se le compadeciera y lo aceptara de vuelta a pesar de la jaba repleta de aguacates. Era su negro. Era su cruz.
Volvieron las madrugadas de Belarmino sobre la desmantelada mesa de la cocina con desparramo de lapiceros y regla de cálculo y planos de nunca acabar y al jodérsele a la Mariceli también el bisne del aceite de cocina montó una peluquería y sudaba horas y horas frente a la hornilla de carbón calentando al rojo vivo el peine de acero que el casi Doctor de su marido le hizo para desrizar el pelo indomeñable de las negronas de Cayo Hueso que se resistían a la modernidad y a las trenzitas de hilo de caprón.
Así, entre el calor del carbón y la pestilencia del keroseno, pasó el tiempo hasta la tarde que llamaron al Máster Belarmino Acosta al Rectorado de la Universidad. Belarmino desconocía el motivo del llamado y, por si las moscas, al sentarse en la oficina frente al Rector abrió su portafolios aparentando buscar un lapicero, con la torva intención de dejar ver un hierbajo de vencedor.
–Belarmino, veo que efectivamente es usted un apasionado de la medicina verde.
No fue el único comentario del Rector al respecto, pues sostuvieron una protocolar conversación de casi media hora sobre Africa, donde el Rector pasó cerca de seis años, primero como ingeniero militar, y luego prestando sus conocimientos civiles en los más apartados rincones del continente. Conservaba de entonces, decorando su oficina, varias lanzas tribales.
Pero no lo hizo llamar para hablarle de Africa, sino de Europa. Sobre el escritorio del Rector descansaba la solicitud de cierta universidad europea para contratar por dos años los servicios del Máster Belarmino Acosta, recomendado por el antiguo decano de la Facultad.
–¡Yo no aceptaré nada de ese traidor a la patria!
–¿Cómo que traidor, Belarmino? El antiguo decano no pasa de ser un simple emigrado económico.
El Rector le explicó que no debía tomar el asunto a la ligera. Por su trabajo en aquella universidad europea Belarmino tendría acceso a los aquí inexistentes recursos para sus investigaciones, y conseguiría adelantar notablemente su doctorado. Además, aquella universidad europea pagaría a la Universidad una buena suma por sus servicios, de la cual el Máster Belarmino Acosta dispondría del veinticinco por ciento.
–Debe mirar el semáforo antes de cruzar la calle, profe, que lo pueden a atropellar...
El policía devolvió el carné de identidad al ciudadano Belarmino Acosta, y le advirtió que no le pondría la multa sólo si se comprometía a tener más cuidado la próxima vez. Belarmino aseguró que así sería, guardó el carné de identidad en el bolsillo de la camisa, y se sintió totalmente perdido bajo el sol de Belascoaín, sin la más mínima idea de adónde podría encontrar a la Mariceli.
Acaba de proponerle matrimonio a la Mariceli García pensando que sería el alegrón de la vida para ella y su parentela, pero la Mariceli creyó que su perversa intensión era cogerle de cualquier manera el culo. Belarmino le aclaró que no, que le propusieron un viaje al extranjero por dos años, y tuvo tanto miedo de perderla que se quería casar.
La Mariceli García al imaginarse al casi Doctor de su marido en Europa saltó de alegría y comenzó a enumerar las cosas que ahora podría hacer: dejar la jodía peluquería, mudarse pal' Veda'o, poner ventiladores de techo en cada una de las habitaciones de la nueva casa, tener por fin un televisor a colores, comprar una holla arrocera.
–¿Y con qué vas a pagar eso?
–Con los dólares que me mandes de Europa...
Entonces Belarmino Acosta la besó en los labios y le explicó que él no podría vivir sin ella, no resistiría dos años separado de su Mariceli del alma. La propuesta del viaje le sirvió para darse cuenta de lo tanto que la quería, y por eso renunció a Europa y se quería casar.
Ahí sí le bajó Changó a la Mariceli. Se dio banquete cantándole las cuarenta en la otra acera al muy casi Doctor de su marido, pero lo peor, lo incomprensible para Belarmino Acosta, había sido la decisión de la Mariceli García de terminar en un dos por tres con lo que fue su amorío de los últimos siete años.
–¡Tenías que ser negro, coño!
No iba a permitir que terminara así. Encontraría a la negrona de su mujer y le contestaría como era debido. No podía ser que nuevamente entendiera tarde las ofensas que se le dirigían y se quedara otra vez con el deseo de la venganza descojonándole el hígado. La Mariceli García debía estar muy cerca, comprándose cualquier mierda, como siempre que se empinga.
Belarmino Acosta revisó en su mente la avenida de Belascoaín desde la calle Zanja hasta el Malecón y tuvo la corazonada final de dónde podría encontrar a la Mariceli García: en la shoping de la esquina de San Miguel, la antigua Casa de los Gordos. Tenía que cruzar Zanja y seguir Belascoaín abajo tres cuadras más.
Al dar el primer paso sobre el asfalto volvió a oírse en las cuatro esquinas de Zanja y Belascoaín el sirenazo del flamante peugeot policial, pero Belarmino Acosta no escuchó nada, ni se detuvo, ni pudo entender que hacía de pronto tirado en el asfalto bajo el sol de las tres de la tarde, pero antes de que el ómnibus terminara de pasarle por encima tuvo tiempo de saber que iba a morir atropellado.
La Mariceli García salió de la shoping de San Miguel sin comprarse nada. Había decidido cambiar su vida. Iba a subir pal' solar por Belascoaín aunque se enfrentara otra vez con el muy casi Doctor de su ex-marido, pero al ver el barullo y el gentío en la esquina de Zanja, y el peugeot policial, y escuchar la sirena de la ambulancia, sintió que no estaba pa'l chisme y prefirió cortar camino doblando por San José.

martes, 24 de mayo de 2011

YOANI, BUSHTO Y LOS INDIGNADOS ESPAÑOLES

Ernesto Pérez Castillo

La verdad es que la Yoani no tiene desperdicio… ella no necesita que se la combata, porque ella misma se destruye solita, día a día, sin que para ello necesite ayuda de nadie.
A propósito de las actuales movilizaciones de los indignados en las plazas españolas, se le ocurrió twittear: “#GY La ciudadania toma las plazas en Espana. Algun dia podremos hacerlo en #Cuba?”.
Claro que la pobre no se da cuenta, ni ninguno de sus amiguitos, quién sabe por qué, va y le corrige los disparates… porque el asunto es que, para que en Cuba ocurran semejantes tomas de plazas, estilo España, necesitaríamos tener primero, igual que en la península, cinco millones de desempleados, algo de lo que carecemos, para mala suerte de la blodeguera.
Por cierto, Ernesto Hernández Bushto, el megáfono de la megalomana, que ha seguido al detalle las protestas populares en Tunez, en Egipto, en Libia, y dizque montó el tinglado en facebook para convocar protestas similares en Cuba, ahora que las protestas son bajo su ventana en Barcelona, se hace el loco y mira para otra parte. Que puede revisar usted su blog, y ahí no se dice ni una coma de que en España la gente esté protestando ni cosa que se le parezca.
¿A qué le teme Bushto, que se ha censurado tan disciplinadamente? ¿A que los poderosos que le pagan en España por mentir sobre Cuba le retiren la mesada?

miércoles, 4 de mayo de 2011

EL PAÍS, YOANI SÁNCHEZ Y LA PIEDRA EN EL ZAPATO

Ernesto Pérez Castillo

El único animal que tropieza dos y tres y cuatro veces con la misma piedra es el periódico español El País. Claro que tropieza porque no le queda de otras, ya que no puede sacarse la piedra del zapato, pues la piedra en este caso es Yoani Sánchez, y es que fueron ellos quienes la sembraron ahí.
Parece ser que parece que alguien en el más allá –ese paraíso que queda a noventa millas y poco más al norte del malecón habanero– le ha dado luz verde a la blodeguera para mencionar, de refilón, la presencia de la ilegal Base Naval de Guantánamo en territorio cubano. Ello le daría algo de credibilidad, se supone, pero, eso nunca, no debe pasarse de la raya al punto de mencionar las torturas que son el pan del día a día de los allí detenidos.
Así resulta que en su visión especialísima, el campo de detención y torturas que el gobierno norteamericano se costea en Cuba, ese, no es el problema para Yoani. Que va… según ella el problema real es el campo minado con el cual Cuba defiende su frontera, de donde han partido numerosas provocaciones que han costado la vida a más de un cubano.
Pero todo eso es agua pasada, y sobre ello no vale la pena el tecleteo. Lo novedoso, lo increíble, lo impensable –para ser exacto: lo imperdonable– es que cuando Yoani Sánchez se refiere a las personas que la CIA ha secuestrado en medio mundo y, después de torturarlas para nada, las ha tirado al olvido allí en Guantánamo por no tener nada peor que hacer con ellas, la blodeguera dice que: “llevan uniformes anaranjados, purgan largas condenas y son aludidos con frecuencia en los medios extranjeros”.
Ya se sabe que Yoani Sánchez es tan ignorante que ni siquiera sabe que no sabe, pero eso de decir que las personas retenidas en Guantánamo “purgan largas condenas” es el colmo de la inopia –si no de la mala leche y la perversidad–, porque si algo no han recibido jamás de los jamases los presos de Guantánamo es condena alguna de ningún tribunal. De hecho, no han ido a juicio. Es más, hasta el sol de hoy, y desde el primer día de sus secuestros, nunca han sido formalmente acusados de nada.
Encima, la blodeguera al comentar sobre ellos aventura: “debieron esperar años para que se aclarara su identidad y poder irse de vuelta a casa”, y también: “Quizás alguno de ellos lograba divisar desde su celda los límites de la base naval donde estaba recluido”.
Nótese el uso de la conjugación de los tiempos verbales que hace la filóloga estelar, siempre abusando del pretérito y del copretérito, como si ya en el soleado presente los presos no estuvieran allí. Pero allí están, y esa es la dura y oscura realidad que Yoani no podrá escamotear, ni siquiera si se atreviera con el poscopretérito del futuro subjuntivo.
Es insólito que en las mismas páginas donde se amplifican las divagaciones de Yoani, hayan aparecido antes los cables de WikiLeaks sobre Guantánamo, con la cifra exacta de cuántos permanecen allí, a qué torturas han sido sometidos y en base a qué acusaciones fueron detenidos, como es el caso de Mohamed el Garran, llevado a la prisión luego que un delator dijo que formaba parte de la célula de Al Qaeda en Londres, y nadie se fijó en el detalle de que el Garran contaba solo once años cuando se le suponía preparando macabros atentados y, además, nunca estuvo en el Reino Unido.
Que Yoani diga y repita y se caiga de espaldas con sus disparates, eso es cosa de ella, pero que el periódico El País –que se supone tenga editores y correctores y confirme cada coma antes de llegar a la página impresa– le siga la corriente y se los publique sí que deja muy en claro cómo son las cosas de Prisa…

martes, 3 de mayo de 2011

LA JUSTICIA SEGÚN OBAMA

Ernesto Pérez Castillo

Osama bin Laden está muerto, así lo declaró al mundo Barack Obama. Ya desde el hecho de que lo anunciara usando una formula tan engañosa: “está muerto” –en la que hasta pareciera que el terrorista se murió él solito–, deja ver cómo el Premio Nóbel de la Paz se empeña en tirar la piedra y luego lavarse las manos.
La verdad monda y lironda es que Obama debió decir: “He ordenado matar a Osama bin Laden”. Pero es que la avalancha de lodo que esta nueva bravuconada yanqui arrastra es de apaga y vamos, puesto que la ejecución extrajudicial del numero uno de Al Qaeda vuelve a poner al desnudo las vergüenzas del Imperio.
Vale recordar ahora que cuando en diciembre de 1989 al entonces presidente de los Estados Unidos George H. W. Bush –el otro Bush– se le metió entre tarro y tarro capturar al General Noriega, Jefe del Gabinete de Guerra de la República de Panamá, enviaron hacia el istmo a 26 000 soldados de las unidades de elite, de los comandos navales, del ejército y de la 82ª División Aerotransportada, y la invasión terminó costando entre 3 000 y 6 000 civiles panameños muertos bajo los indiscriminados bombardeos al barrio El Chorrillo, donde se encontraban las oficinas del General Noriega.
No obstante, la orden era capturar al General, y así fue cumplida: Noriega fue apresado vivo, trasladado a los Estados Unidos, presentado ante un tribunal y puesto tras las rejas. Y Noriega tenía un ejército para defenderse.
¿Cómo se explica entonces que Osama bin Laden resultara muerto, si estaba no en una cueva ni en un bunker, sino en un complejo habitacional junto a su familia, con apenas dos escoltas?
Lo mejor lo ha dejado caer a última hora Jay Carney, el portavoz de la Casa Blanca: bin Laden “no estaba armado”. Claro que Carney o es muy cínico o es muy estúpido, pues tras soltar eso acotó que aunque no tuviera armas consigo “no es necesario estar armado para oponer resistencia”. Seguramente el terrorista se disponía a arañar y morder a sus captores.
El caso es que Osama bin Laden recibió al menos un disparo en la cabeza y otro en el pecho, y no hay evidencia más clara que esa de que lo querían muerto y bien muerto, pues para neutralizarlo, y capturarlo vivo, si eso quisieran, no era necesario despedazarle el cráneo ni destrozarle el corazón.
Sobre ello, Barack Obama ha comentado “se ha hecho justicia”. Esa justicia no puede ser otra que aquella de la bárbara Ley del Talion que exigía vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.
¿Y esa “justicia” es la que el hombre del “cambio” le propone al mundo? Pues sí, y pues porque le conviene. No hay explicación humana que justifique que mientras en la guerra contra el terrorismo desatada por el segundo Bush se han secuestrado centenares de personas en medio mundo –y se les ha torturado y confinado por años en la ilegal Base de Guantánamo para sacarles información, llevando incluso a algunos al suicidio–, ahora, cuando de pronto tienen entre las manos al líder de Al Qaeda, sencillamente aprietan el gatillo, y se deshacen de su cadáver bajo las aguas.
Y en el camino hacia esa muerte, otra vez, el gobierno de los Estados Unidos se ha saltado todas las normas internacionales, al enviar a un comando armado a violar las fronteras de un país extranjero, y penetrar allí clandestinamente para darle muerte a alguien señalado con el pulgar hacia abajo del emperador.
¿Por qué el presidente de los Estados Unidos ordenó la muerte de Osama bin Laden? ¿Por qué lo prefirió muerto a las carreras antes que enjuiciado? ¿Por qué no se intentó siquiera un interrogatorio, cuando era una fuente tan valiosa de información? Obvio que precisamente por eso: porque lo querían silenciado, y una muerte rápida y certera era la única forma de asegurar que bin Laden mantuviera su boca bien cerrada.