viernes, 4 de mayo de 2012
CAFÉ HABANA, EL ÚLTIMO CAFÉ
jueves, 3 de mayo de 2012
EL PEOR AFICIONADO DEL MUNDO
miércoles, 18 de abril de 2012
DONDE CUENTO QUÉ HACÍA MI ABUELO EN GIRÓN EN 1961
Ernesto Pérez CastilloMi abuelo, que para 1961 debía rondar los sesenta años y aun no se había casado con mi abuela –con quien vivía desde mediados de los treinta–, al escuchar el ruidaje que estremecía su casa en La Lisa, levantada a sangre, sudor y ampollas de sus propias manos, salió al patio a las carreras.
Por intuición o por lo que fuera, llevaba desenfundado su revólver. Apuntó de inmediato al cielo y disparó los seis proyectiles entre el fojalle de la pobre mata de mangos, seguramente sin hacer impacto sobre su objetivo: el B-26 de fabricación norteamericana que sobrevolaba el barrio huyéndole a las cuatro bocas de la defensa antiaérea.
Poco después supo por boca de Fidel que no se había equivocado: pese a las insignias de las FAR visibles en las alas y la cola del avión, aquella nave y las que le secundaron no despegó de ningún aeropuerto de la Isla sino noventa millas más allá, en algún punto del territorio norteamericano, con la misión de bombardear los aeropuertos militares cubanos, neutralizar en tierra a la entonces simbólica fuerza aérea revolucionaria e inventar para la opinión pública mundial la fábula de que eran pilotos desertores de la revolución.
Pero mi abuelo era perro viejo, que no por gusto sirvió en la United States Merchant Marine, en la flota del Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial y yo guardo su medalla de veterano. De ese pasado marinero le quedó para siempre el color subido y requemado de su piel junto a un gracioso y enorme certificado probatorio de que alguna vez cruzó la línea del Ecuador.
Recuerdo su anécdota sobre el peor momento que vivió en aquella contienda, que no fue en los escenarios bélicos y ni siquiera a bordo de barco alguno, sino en el muy tranquilo puerto de San Francisco, cuando entró a un bar a pedirse un trago y el barman le gritó que se largara, que allí no se le servía nada a los negros. Mi abuelo, por sobre la barra, cogió al barman del cuello, lo trajo hacia sí, lo abofeteó tres o cuatro veces con sus manazas, lo lanzó por los aires contra el espejo de la pared del fondo y después le dijo en español: “¡Seguro que para combatir a los japoneses no te parezco tan negro, eh!”
El bombardeo a las bases aéreas de La Habana y Santiago de Cuba de aquel 15 de abril, como lo supuso mi abuelo, era la preparación de una invasión que se hizo realidad dos días después, despuntando el 17.
Ese amanecer una flotilla de cinco barcos –el Houston, Atlantic, Río Escondido, Caribe y Lake Charles, identificados para la ocasión como Aguja, Tiburón, Ballena, Sardina y Atún– transportó a la Brigada de Asalto 2506, compuesta por más de mil cuatrocientos mercenarios, con cinco tanques Sherman M-41, cañones de 75 y 76 milímetros, morteros de 4.2, varios camiones artillados y apoyados por seis aviones C-54, ocho C-46 y hasta dieciséis B-26.
De las treinta aeronaves, doce fueron destruidas. De los hombres, más de doscientos murieron en los combates y el resto resultó prisionero y luego devueltos al gobierno norteamericano cuando aceptó pagar una indemnización de 63 millones de dólares por los daños materiales causados durante la intentona.
Entre que el primer hombre rana mercenario emergió a la superficie en Playa Girón y que los tanques T-34 soviéticos, apenas recién llegados y tripulados por tanquistas de estreno, por orden expresa de Fidel metieran “las esteras en el agua”, no pasaron siquiera las setenta y dos horas que se anuncian en el comunicado oficial de la victoria. Y dos días después, todavía con el revólver al cinto, mi abuelo decidió dar por concluido lo que comenzara vaciando su revolver al aire.
Llamó a mi abuela y a mi madre –que entonces no era mi madre todavía, que aun no había conocido a mi papá, que a sus diecisiete años era uno de los más “viejos” entre los artilleros que desde las cuatro bocas enfrentaron a la aviación mercenaria y la gente conocía como los “niños héroes de la Base Granma”–, las montó en su Buick, lo puso en marcha y no paró hasta más de doscientos kilómetros después, cuando en la zona de los combates encontró uno de los aviones enemigos derribados.
Mi abuela y mi madre junto a los restos del avión mercenario derribado. Nótese que se identificaba falsamente con las insignias de la aviación cubana.
Allí se bajó del auto, fue hasta el aparato destartalado y, con las mismas manos que veinte años antes abofeteó al barman de San Francisco, le arrancó un pedazo del fuselaje y se lo llevó consigo de trofeo.
Ese pedazo de metal, atravesado por dos tornillos oxidados y aferrados a sus tuercas para siempre, ha estado desde entonces en la sala de mi casa, a la vista de todos, junto al televisor.
Allí lo han visto amigos y no tan amigos que me han visitado, y a los que han preguntado les he contado su historia.
Más de diez años después, finalmente y a punto de morirse, mi abuelo desposó a mi abuela. Para la fecha yo tenía ya mis cuatro años y era el tercero y el último de los nietos de mi abuelo.
Al sol de hoy, la casa de La Lisa de mi abuelo es otra casa (después que me mudé de allí, el nuevo dueño le hizo cambio sobre cambio sobre cambio al punto de dejarla irreconocible incluso para mí), el certificado de su cruce del Ecuador lo perdí la tarde que quise impresionar a alguna novia regalándoselo y debe haberlo botado cuando tuvo novio nuevo, del viejo revólver ni me acuerdo, y el Buick se hizo pedazos atravesado inmóvil en medio del jardín de mi infancia.
De mi abuelo solo conservo ese pedazo de metal que le arrancó al avión derribado, y lo tendré conmigo por muy poco tiempo. Mi abuelo sabrá perdonarme porque ese, su trofeo de guerra, se lo he prometido a un socio que bien que se lo merece. Que para eso fue mi abuelo con toda su familia a Playa Girón en abril del 61: para que yo tuviera algo de veras valioso que regalar a ese socio mío cuando por fin pueda regresar libre a La Habana.
domingo, 4 de marzo de 2012
LOS OJITOS DE PATRICIA

Ernesto Pérez Castillo
La única persona realmente famosa, lo que se dice famosa, de mi familia fue mi papá, que llegó a ser mencionado en algún libro de Enrique Núñez Rodríguez. Que sí, que mi papá es ni más ni menos que el “Ricardito el bizco”, sobre quien el conocido escritor alguna vez comentara.
Bueno, quizá mi papá en verdad nunca fue famoso, pero lo cierto es que se mandaba un bizco que se mataba. Por ahí anda una foto suya, como a los doce años, mirando a la cámara (iba a poner “mirando fijo a la cámara”, pero eso sería mentir, porque mi papá no podía mirar fijo a ninguna cosa, siendo que entonces tenía un ojo comiendo mierda y el otro jugando a la pelota), y yo jamás pude ver esa foto sin caerme a carcajadas.
De su bizquera yo supe precisamente cuando descubrí esa foto adolescente, pues luego lo operaron y ni rastros de aquello le quedó, solo la memoria.
Y así, esa bizquera fue solo un recuerdo risible. Incluso en la consulta de genética, cuando Patricia tenía apenas unos cuatro meses de estar creciendo en la panza de su mamá, y preguntaron por enfermedades o malformaciones en la familia, solo mencioné aquel detalle de pasada, vaya, como para que no se me quedara nada por dentro.
Para entonces mi primer hijo ya tenia cuatro años, y de bizco nada, lo mismo que mis sobrinos y mis hermanos. El único bizco de la familia había sido siempre mi papá.
Entonces, unos cinco meses después, cuando miré de frente a Patricia recién salida del cálido vientre de su mamá, yo todavía vestido de verde hospital en la helada la sala de parto, y la miré a sus ojitos ya abiertos, descubrí dos cosas: tenía los mismos ojos azules de su hermano Sebastian, y tenía la misma puñetera bizquera de su abuelo.
Coño… que el viejo muriera humilde y digno como vivió toda su vida, eso lo podía aceptar… pero que la única herencia que nos legara fuera aquella bizquera… eso ya era harina de otro costal.
El caso es que esa bizquera no afectó ni mucho ni poco la alegría que Patricia trajo con ella bajo el brazo, también por la certeza y la tranquilidad de que había nacido en esta isla, tan maravillosa y única como su cielo tan libre y azul.
Lo jodido a partir de ahí fue la tanda de consultas médicas, que la mayoría corrieron a cuenta de su mamá, y el imposible de pretender que una bebé de meses haga ejercicios con un ojo teniendo el otro tapado. Inténtelo.
Pero hay gente cabezona en esta vida. Yo soy uno de ellos. Otra más cabezona es la mamá de Patricia, que le colocaba los parches oftalmológicos que le entregaron en el hospital, y se jamaba una hora por día en aquello.
Y los servicios de salud en Cuba son gratuitos, sí, pero cuestan. En nuestro caso lo más costoso, lo más difícil, fue entrar a aquel lobby del tercer piso del hospital oftalmológico para enfrentar la multitud de padres con sus hijos allí aglomerados.
Nunca imaginé que hubiera tantos niños con problemas semejantes, y los más eran los peores, que llevaban años de tratamiento, de varias operaciones correctivas, de mucha perseverancia médica y familiar.
Cada consulta representaba dos, tres, a veces más horas de espera, hasta entrar al cubículo de la Doctora Tessi, quien seguramente al graduarse de médico hizo el Servicio Social en un Central Azucarero, porque más dulce no podía ser. Y profesional, y segura de sí.
En enero llegó el gran momento. Patricia debía llegar al hospital en ayunas, subir a solas con su mamá en aquel elevador que esa mañana se me antojó más frío y más gris, y enfrentar la terrible lotería de la anestesia general para su operación. Tiempo estimado: veinticinco minutos.
En veinticinco minutos, si su hija de poco más de un año está bajo el bisturí de un cirujano, usted puede hacer muchas cosas. Por ejemplo: levantarse de su silla en la sala de espera y bajar los cinco pisos por las escaleras y cruzar a la acera de enfrente a tomarse eso que los vendedores por cuenta propia anuncian como café, fumarse allí mismo un cigarro y luego subir de nuevo, saltándose los escalones de dos en dos, y preguntar si la operación aun no terminó. De hecho, puede hacer eso mismo siete veces seguidas.
Finalmente se abrió la puerta del elevador, y allí apareció la mamá de Patricia, llevando a la pequeña en sus brazos. Los ojitos de Patricia, lo primero que busqué, húmedos, inflamaditos, y mirándome recto, muy recto, como nunca antes me miró.
Un mes después, en la consulta del postoperatorio donde definitivamente le darían el alta, la Doctora Tessi (que no lo dije antes, pero fue ella misma la cirujana que puso en su lugar los ojitos de mi bebé) confirmó que todo estaba bien.
Y si alguien leyó todo esto esperando que en algún momento yo me bajara con la muela bizca de que solo en Cuba es posible acceder a tanta felicidad de manera gratuita, se va a coger el culo con la puerta.
Lo que es yo, jamás me preocupé de averiguar cuánto costarían en otro país las consultas especializadas, los procederes médicos, el material quirúrgico, el equipamiento de alta tecnología con que está equipado aquel hospital. Bastante preocupación tenía ya, y esa era suficiente, con saber que una demora en iniciar ese proceso podría representar la perdida de importantes funciones en la visión de Patricia. No estaba en juego solo su apariencia externa, sino su modo de apreciar la realidad, su desempeño cognitivo y su desarrollo psicológico armónico y pleno.
Así que a mí, de cuánto costó aquello, ni me hablen.
Porque además, lo más probable es que si alguien pone delante de mis ojos una factura con los costos totales de ponerle a Patricia los ojitos en su lugar, entonces, seguramente, quien se quedará bizco soy yo.
jueves, 1 de marzo de 2012
martes, 10 de enero de 2012
VICENTE REVUELTA HA MUERTO
Ernesto Pérez Castillo Acabo de escuchar que Vicente Revuelta ha fallecido.
Le conocí en 1990, cuando yo era un soldadito a punto de terminar el servicio militar, y él hacia las pruebas de ingreso al Instituto Superior de Arte, el lugar donde quería estudiar cuando al fin me desmovilizara.
Le vi, la primera vez, con una bata blanca como de doctor o barbero, escoba en mano, barriendo el tabloncillo donde nos presentaríamos los aspirantes. No le conocía, ni siquiera había escuchado jamás hablar de él, no sabía que era uno de los más altos pilares del teatro cubano. Pensé que era el conserje de la limpieza: un conserje muy digno y concienzudo, admirable.
Durante mis estudios le visité varias veces en su casa, un apartamento modestísimo frente al litoral del malecón habanero. Solo un lujo había allí: los atardeceres, las puestas de sol que penetraban los enormes cristales corridos sobre el mar.
Cierta vez pude ver su librero, y me impresionó hasta hoy. Un mueble diminuto, improvisado con varias tablas sin pulir, así lo recuerdo. Y en él, no podría ahora precisarlo, pero no habría más que una veintena de ejemplares.
Le pegunté a Vicente si no tenía libros, y me contestó:
–Los libros deben estar en las bibliotecas.
Todavía sigo aquel sabio y generoso consejo.
Vicente, oficialmente, fue mi tutor docente, por tres años. De ellos, durante un par, fui su único alumno y, debo confesarlo, no aprendí demasiado de teatro junto a él, si se compara ello con lo que aprendí de todo lo demás. Más de una vez a la semana nos sentábamos a hablar. A veces yo tenía una pregunta, las más de las veces él hablaba porque sí. Le escuché anécdotas de su infancia, de su padre, de su madre, de sus amores, de su vida. Y eso es un privilegio, y un legado que conservaré solo para mí.
Y cada conversación, invariablemente, terminaba con un libro. Mi maestro me ponía en las manos siempre un libro. Yo lo devoraba en dos, tres días, y hasta donde recuerdo, nunca jamás comentamos después ninguna de aquellas lecturas que él me recomendaba.
Tenía una habilidad Vicente: cada vez que en mi trabajo teatral no encontraba una solución a algo, después de mil y un experimentos y nunca antes, iba a él y le preguntaba. Siempre, siempre siempre, Vicente me daba una solución y, siempre siempre, era la más simple, la más sencilla de las soluciones.
¿Fue como un padre? No. ¿Fue como un amigo? No.
Fue un maestro. Algo por lo que le debo una gratitud invaluable.
Hoy supe que ha muerto.
Hoy supe que ya Vicente es eterno.
lunes, 26 de diciembre de 2011
lunes, 19 de diciembre de 2011
LA PULGA EN LA OREJA
Ernesto Pérez Castillo
Cada vez que escucho hablar del bloqueo, recuerdo siempre la historia del viejo doctor que se va de vacaciones una semana y deja el consultorio en manos de su hijo.
Ausente el padre, llega a consulta un antiguo paciente, aquejado de un perpetuo dolor en el oído. El joven galeno lo chequea concienzudamente y encuentra la causa: una pulga en la oreja. Tras una rápida manipulación, extrae el insecto, y el paciente siente al fin el alivio que el viejo doctor nunca logró darle.
Una semana después, el padre vuelve a casa y le pide al hijo un resumen de los casos que ha atendido en su ausencia. El hijo le relata cómo ha ido la semana, dejando para el final el asunto de la pulga y, cuando lleno de orgullo, le hace saber al padre que ha aliviado de una vez y por todas la dolencia de aquel paciente, el padre se lleva las manos a la cabeza y exclama:
–¡Pero, hijo mío, qué has hecho! ¡De esa pulga hemos vivido todos estos años!
Y es que, en cuanto al bloqueo, de eso mismo se trata.
El bloqueo es la mina de plata de los pícaros que viven de hablar de democracia y pedir –y recibir– del gobierno norteamericano el oro y el moro para cuanto invento se les ocurre y que supuestamente acabará con el comunismo en Cuba.
Así se han fabricado disidentes, se han fundado revistas, se han financiado alzamientos, se creó una radio y una tv martí –que nadie escucha ni ve de este lado del malecón– y se emprende desde hace unos pocos años la pelea en la triple w, el Twitter, el facebook y los blogs.
Y todo para nada, como ya se ha visto por años –que ya son más que cincuenta sin ningún resultado–. O al menos para nada que no sea llevarse al bolsillo el billete verde y fresco del contribuyente norteamericano.
Y es que el asunto es ese: el bloqueo a Cuba es como aquella famosa pulga en la oreja. Solo que en este caso se trata de una pulga del tamaño de un elefante.
jueves, 8 de diciembre de 2011
ESPERANDO A CARMEN
Una tarde cualquiera, hace muy poco, volví a encontrar a Carmen. Ella no tiene teléfono, vive en un reparto lejanísimo, y en ese momento no tenía tiempo para mí. Me dio una cita, para dos días después, en el Taller de Manero. Aquí cuento el desencuentro que allí sufrí.
El Taller de Manero es un sitio muy fácil de reconocer: una casa en Playa con portal jardinero. Una T y una M enormes, pintadas –si no es una traición de mi memoria– en carmelita, lo identifican y es exacto el lugar impropio para un encuentro cercano, desde que traspasé el umbral lo supe: diecitantos niños, sentados frente a una carabela –aburrida de posar una y otra y otra vez–, la emprendían a trazos inexpertos sobre trozos de papel craf.
Una muchacha –y no Carmen, nunca Carmen– viene y me pregunta:
–¿Quieres aprender a dibujar?
–No, gracias –contesté mientras mis ojos deambulaban el salón, a la caza de Carmen–, quedé con alguien en verme aquí...
–¿Con Carmen...?
Su pregunta lo dijo todo, y no había necesidad de que soltara sin compasión:
–No, es que ella siempre manda para acá a quienes no quiere volver a ver en su vida...
–Somos amigos –insistí–, no nos vemos hace años...
Ella –se llama Laura y es directa y lapidaria– se compadeció:
–Entonces espérala... sentado.
Una hora después ya habían llegado siete muchachos con pantalones de secundaria, una monja cincuentona y sin hábitos, y dos militares de uniforme que también empezaron a dibujar. Pero Carmen seguía haciéndome esperar.
Todavía sin la decisión de irme, salí al portal y descubrí una tarja fundida en bronce. Mientras la leía, un mulato alto y descamisado, solidarizado con mi desolación, se paró junto a mí y me contó:
–Fue un día muy feliz, develamos esa tarja por los 20 años del taller. La tarja tiene una historia super linda: la fundimos con Carlos, uno de los fundadores del taller. Se graduó de fundidor en el tecnológico de aquí al lado e hizo las pruebas de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro. Imáginate, empezó aquí y ahora es profesor de la academia. El diseño es de otro profesor, Jorge Ferrer, que fue director de la escuela. Ese día la Academia le entregó, Post Morten, el título de graduado de San Alejandro a Manero. Fue uno de los días más importantes del taller, el 18 de mayo del 98. Como el taller no tiene una fecha precisa de fundación, usamos esa.
Entonces se me presentó: es Alberto Figueroa, graduado de San Alejandro en 1985. Laura y él dirigen el taller, al que se integró desde la fundación.
El sol del portal me obligaba a mantener los ojos entrecerrados, así que Figueroa me invitó a sentarnos a la sombra, tras una mesa de dominó.
–Echemos un par de datas –me propuso–, quizás logres darme una pollona y eso te alivie del embarque que Carmen te va a dar.
Evidentemente, estaba al tanto. Nos sentamos a la mesa y al instante se nos unió una muchacha con cara de experta que recién había terminado su ejercicio y un jubilado que declaró no tener esa tarde ningunas ganas de pintar.
Figueroa, mientras daba agua a las fichas, me advirtió:
–Esto es lo bueno del taller: aquí viene la gente y pinta si le gusta pintar, y si no, perfecto, encuentra un espacio donde hablar, jugar dominó, ajedrez, lo que sea. Lo interesante es cómo se han aglutinado personas tan distintas: jóvenes, viejos, guardias, creyentes y no creyentes. En el taller no preguntamos cuál es la procedencia social ni política, eso agrupa a todo el mundo. Se debaten temas de actualidad, culturales, políticos, siempre con respeto al criterio ajeno. Hablamos de una noticia que salió en Granma, una película, cualquier cosa.
Yo, que para empezar no llevaba con qué seguir al doble 9 del jubilado que abrió el juego, viendo que de Carmen nada y para no ser descortés solté el primer comentario que tuve a mano, solo por seguirle la conversadera:
–Es un privilegio tener un lugar tan bueno para pintar...
–Sí –me siguió él la corriente–, pero antes del ’78 esto era una subsede de la Casa de Cultura de Playa: habían recepcionistas, bibliotecaria, instructores de danza, música, artes plásticas, teatro. Hasta ensayaba una orquesta. Manero, con la plástica, empezó a predominar. Buscaba muchachos por las escuelas cercanas, y así en el ‘78 se decide dejarlo como taller de artes plásticas. Cuando se lo entregaron definitivamente era un almacén lleno de trastos y Manero lo fue limpiando poco a poco. Así se hizo este espacio.
Dicho esto me dio el tercer pase seguido al dejarme a nueve las dos puntas del juego. La muchacha, harta de la pesadilla de ser mi pareja en un juego del que soy un profundo desconocedor, me miró –¿furiosa, defraudada?– y declaró que hasta ahí llegaba, que prefería repetir su ejercicio una vez más.
Yo preferí ceder el puesto a quienes esperaban junto a la mesa y Figueroa, que ya no me abandonaría en toda la tarde, me imitó. Nos acercamos a la calavera que modelaba ahora para la monja, acompañada del dúo de militares ya sin gorras ni zambrán. Tras ellos descubrí de dónde procedía tanto papel craf: una bobina de casi metro y medio de diámetro. Pese a la aparente abundancia, me extrañó que dibujaran una y otra vez sobre el mismo pedazo de papel, y no satisfechos, cuando no le cabía un trazo más, le daban vuelta y la emprendían sobre la nueva cara hasta el cansancio.
–¿Por que se empeñan tanto en el mismo trozo de papel –quise provocarlo–, si tienen tanto allá atrás?
Él sonrió. Había descubierto mi ingenua trampa.
–Mira, antes no solo hacíamos pintura y dibujo. Con los niños llegamos a hacer esculturas. Trabajando plastilina y latas de leche condensada que soldábamos con estaño, hacíamos cosas de pequeño formato. Ahora esa bobina de papel es todo lo que tenemos. Cuando empezó el período especial, parecía que el taller se iba a acabar. Bajó la producción, cambiamos las técnicas: no es lo mismo pintar con óleo o sobre lienzo, que no tener con qué hacerlo. Ahora estamos en otra situación difícil, no sabemos cómo vamos a mantener económicamente el lugar: se consume una increíble cantidad de material. Y súmale que nosotros no le hacemos una prueba de aptitud a la gente, es una premisa de Manero y se mantendrá: si dibuja bien o mal no importa, lo importante es que la gente venga. Hay vecinos del barrio que nos dicen «he buscado esto durante años, y me he dado cuenta que lo que me interesa es la pintura». ¿Dónde está creado el espacio para ese tipo de persona? No existe, quizás en la casa de cultura, pero no son tan estables.
–¿Y si la gente trajera sus propios materiales?
–Entonces, ¿quiénes traerían los materiales? Los mismos que pueden comprar en la shoping: una minoría. De ser así, vendría una capa social: la que tiene el dinero, algo que no queremos porque perderíamos una parte del trabajo del taller, que es fundamental: aquí viene todo tipo de gente porque todos pueden participar. En estos días vino una mamá preocupada por su hijo. Él dejó la escuela, tiene adicción a las drogas, ha llegado a robarle a ella para conseguirlas, y hemos preparado una estrategia para atraerlo a nosotros. Al final resultas medio sicólogo dentro de la comunidad. Casos así, de desajustes en los que podemos ayudar, nos llegan. Poder ayudar a las familias, cuando vienen y te lo piden, se hace muy rico.
Aquí Laura se nos acercó, con un papelito doblado entre las manos. Por fuera se leía: «Para un viejo amigo, de Carmen».
–Esto acaba de llegar. Debe ser para ti –me dijo antes de entregármelo con una seña complice.
Al leerlo respiré aliviado. Carmen no me había olvidado y se disculpaba por la pequeña demora –¿Pequeña? Ya tenía casi tres horas allí–. Pero bueno, no sería tiempo perdido si en cualquier momento, como me anunciaba, ella podría llegar.
–En cualquier momento Carmen llega –dije con eufuria y sin ninguna convicción.
Figueroa, que a estas alturas casi me caía bien, me preciso:
–Aquí puede llegar cualquiera, pero no creo que Carmen entre hoy por esa puerta.
–¿Por qué?
–Porque la estás esperando. Quizás, si hoy viniera alguien importante...
–¿Alguien importante?
–Sí, chico, gente importante, como Onelio Jorge Cardoso, muy amigo de Manero, que venía a hacernos cuentos, o Raúl Ferrer que le encantaba jugar ajedrez y a cada rato nos caía. Igual David Chirichan. Cuando Juan Carlos Tabío hizo su película «Se permuta», vino y la debatimos aquí. René Avila venía muchísimo, sacaba de paso a Tato Quiñones, que se ponía super bravo cuando jugaban ajedrez. Vicente Revuelta venía al taller, cuando estrenaba sus obras nos tenía una hilera completa del teatro reservada.Ver a esa gente, como uno más, jugando ajedrez con nosotros, escucharlos hablar entre ellos, oír sus opiniones, nos dejaban un patrón cultural.
Tras semejante andanada me sentí el más anónimo de los anónimos, un ser de la nada, el último de los desconocidos. ¿Por qué rayos querría Carmen encontrarse conmigo? Debía aceptar esa realidad y regresar a mi casa.
Solo sería otra tarde perdida.
lunes, 5 de diciembre de 2011
ALGUNOS PREFIEREN QUEDARSE
Ernesto Pérez Castillo
Entradito está diciembre, y atrás quedaron cuatro meses y cuatro días ya (horas menos, horas más) de que el presidente cubano Raúl Castro declarara: «nos encontramos trabajando para instrumentar la actualización de la política migratoria vigente».
Entretanto, mucho se especula sobre qué resultará de tales actualizaciones, sin nada cierto aun sobre la mesa. En el centro de la alharaca, desde siempre, ha estado el reclamo justo y necesario, sí, sobre el derecho a viajar de los cubanos sin tantos correveidiles, permisos, cartas de invitación, colas, citas, entrevistas, y el no o el sí que el funcionario de inmigración estampará en tu pasaporte.
No obstante, más que al derecho a viajar de los cubanos, sería bueno dedicarle semejante tiempo y esfuerzo a discutir el derecho de los cubanos a quedarse.
¿Qué tal si hablamos del derecho de los cubanos a vivir una vida digna –esto es: una vida vivible–, en el propio suelo que les vio nacer?
En principio, y es obvio, todo el asunto pasa por ahí. Que si tantos cubanos, y sobre todo a partir de los noventa, cruzaron la mar oceana, ha sido en la esperanza –vana a ratos– de darse una vida sin tantas privaciones.
Esas privaciones, que endurecieron hasta lo incontable el día a día de los cubanos, ¿son de verás solo resultado de la apuesta quijotesca a persistir en la tentación del socialismo, a contrapelo de berlines que se desmuraron y moscuces que se desdijeron?
Si el socialismo es tan malo, tan disfuncional, que se le enredan los pieses y cae por su propio peso, ¿por qué entonces sus enemigos no esperan tranquilamente a su muerte natural –como igualmente y a última hora decían acogerse a la solución biológica para un Castro que tanto y tanto se esforzaron en asesinar–, y en cambio soplan y empujan en contra todo lo que pueden?
Hay que conceder que la burocracia no es la madre de todos los males en Cuba. Eso sí, ha sido la gran aliada –a sabiendas o no– de los que malquieren a la Isla. Pero la burocracia, ella sola, sola solita, no es la responsable. Aunque lo quisiera, no puede tanto. La burocracia es esencialmente incapaz.
La tiene muy dura un país que, para comprar una aspirina, debe darle la vuelta a las cuatro esquinas del mundo en ochenta días. La realidad se vuelve estrecha y cuesta arriba cuando no tienes nada, o casi nada –que no es lo mismo sino peor– y esa casi nada la pretendes repartir entre todos, o entre casi todos.
Unos le dicen bloqueo, otros le dicen embargo. La verdad es que se llama hijeputada. Si como dicen, el problema no es el bloqueo, entonces quitar el bloqueo sería una solución.
¿Por qué, señor Obama, no se anima a comprobarlo?
sábado, 22 de octubre de 2011
CREMATA, LA YUMA, LA COLMENITA Y EL CHISTE DE HOY
Ernesto Pérez Castillo
De adolescente, como todo muchacho que se respete, siempre tuve nombretes, y uno entre muchos, el que más tiempo me duró, fue “El Ruso”. No creo que mis rasgos apuntaran demasiado en esa dirección, así que la única razón que le encuentro a aquel apodo es que vivía en Centro Habana, y ser blanco —tan blanco que casi era transparente— en aquel barrio mestizo era más que suficiente para parecer extranjero. Y la cuasi única referencia de extranjeros, en la Cuba de los 80, y en mi secundaria, eran los rusos. Eso es todo.
Pero ese no es el chiste.
Cuando comencé a estudiar teatro en el Instituto Superior de Arte (ISA), ya en los 90, y la Gran Revolución Socialista de Octubre se fue a bolina, mi sobrenombre cambió.
La CCCP dejó de existir —aún recuerdo aquello que nos decíamos bajito en las aulas de primaria, en aquella época de los Tres Mosqueteros, arroz, chícharo y huevos: ¿Cuándo Carajo Comeremos Pollo?— y la palabra Rusia sustituyó otra vez a la antaño sagrada Unión Soviética.
Ese fue el momento de mi aventura como presidente de la FEU en el ISA: ya presidente de la FEU, mi sobrenombre de “El Ruso” cayó también en el olvido junto con la URSS. Desde entonces fui nombrado “El Zar”.
Y, ¿quién inventó eso de nombrarme El Zar del ISA? Pues ni más ni menos, aquel sobrenombre pertenece a la genial autoría de Tin, también a veces conocido por “Cremata”.
Esa solo ocurrencia, tan aterrizada en los tiempos que corrían, baste para hablar de la agilidad mental y las inteligentes y graciosas asociaciones que al Tin se le daban a las menos cuarto, con su humor tan cubano y tan particular.
Pero tampoco ese es el chiste de hoy.
El Tin aún no tenía La Colmenita, tenía La Colmena: estudiantes de todos los años de la Facultad de Arte Teatral y otras facultades, e ir a sus ensayos era siempre una fiesta. Los que vivieron la experiencia de estar cerca del Tin en aquellas gozosas sesiones de trabajo aún comparten la hermandad que entonces se fraguó.
Luego, no sé cómo ni cuándo ni por qué —pero quien quiera saberlo que busque, que seguramente en algún lugar él mismo lo ha explicado– sorpresivamente para mí, el Tin se concentró en el trabajo con niños, y ahí surgió La Colmenita.
El milagro de esa conversión es que así el Tin, un niño que creció él mismo sin padre, se dio a los niños todo entero como el padre mejor, día por día de su vida, a enseñarles y a aprender de ellos el amor.
El chiste es que ahora que el Tin con su Colmenita está de gira en la mismísima Yuma, de pronto me entero que personeros del gobierno norteamericano han declarado que esos niños con su espectáculo teatral son un peligro para la seguridad nacional de los EE.UU.
Eso tiene que ser un chiste, porque el padre de Cremata —el papá del niño que algún día el Tin fue— murió demasiado temprano, y no de muerte natural, sino que era uno de los tripulantes del avión civil de Cubana de Aviación que el 6 de octubre de 1976 estalló en pleno vuelo cuando dos bombas explotaron en su interior, precipitándolo al mar sin que nadie sobreviviera al terrible sabotaje.
Y de ser un chiste, sería uno de muy mal gusto, pero no se le pueden pedir mangos a un árbol de papaya, y menos si es plástico.
Porque lo cierto es que los que pretenden que Cremata —una víctima del terrorismo— y los niños a los que ha dedicado su vida son “un peligro para la seguridad nacional”, son exactamente los mismos que protegen al terrorista Luis Posada Carriles, justo el responsable confeso de la muerte del padre del Tin y de otras 72 personas que aquel día de octubre viajaban en el DC-8 derribado frente a las costas de Barbados.
domingo, 9 de octubre de 2011
sábado, 1 de octubre de 2011
miércoles, 24 de agosto de 2011
EL ARMA SECRETA DE HERNÁNDEZ BUSHTO
A Ernesto Hernández Bushto le falta gracia, le falta humor, y le falta todo lo demás. Por eso, después de meses amenazando a diestra y siniestra con cerrar su blog por falta de billete, de pronto el lunes pasado inauguró la semana con un mensaje singular: “Un buen día para anunciar nuestro nuevo proyecto informativo”.
Cualquiera que haya tenido un televisor en
A Hernández Bushto no hay que compararlo con el colonizador de los muñequitos, entre otras cosas porque él no se cree español, sino norteamericano (recuérdese por ejemplo que en las notas luctuosas en su blog no pone EPD, sino RIP). Pero, mal que le pese, él no es ni norteamericano ni español. Si acaso, él es ese indio al que van a explotar, y él lo sabe, y lo peor es que le gusta.
¿Y de que se trata su nuevo proyecto? Esa es justo la pregunta de menos, y la que se responde fácil: el súper arma secreta de Hernández Bushto es un sistema para enviar SMS masivos a Cuba con titulares noticiosos.
La pregunta de difícil respuesta es otra –digo, de difícil respuesta para él– y es: ¿quién paga ese envío masivo de mensajes de textos a
Pero quien tenga memoria recordará que el 20 de mayo de 2008, celebrando la república de mentiritas que los yanquis le permitieron tener a los cubanos en 1902, Súper W Bush –el que aparece en las fotos con Bushto y con cervezas– declaró: “vamos a cambiar nuestra política para permitir que los estadounidenses envíen celulares a familiares en Cuba” y luego, en abril de 2009, Yoani Sánchez anunciaba: “hemos comenzado un diminuto servicio de información a través de SMS. Una noticia, no mencionada por los medios oficiales, es enviada a través del móvil a un grupo de personas que a su vez la reenvían a otras”.
O sea, como se ve, es el mismo perro, con el mismo collar. Y hasta con las mismas pulgas y las mismas garrapatas.
Claro que aun puede surgir una tercera pregunta y es: ante la recepción de tantos y de tantísimos SMS (Bushto afirma que, contando solo en La habana, ya alcanza a 800 suscriptores), ¿de cuánto será la ganancia metálica de ETECSA, la empresa de telecomunicaciones que opera todos los móviles cubanos?
Si antes Hernández Bushto no vio la pateadura que las fuerzas policiales propinaron a los indignados del 15M bajo su balcón en Barcelona, ahora tampoco parece estar siguiendo los acontecimientos en Libia.
Que no te enteras, Bushto, que ningún gobierno se tumba a punta de SMS. Que la cosa es con cohetes. Pero a Hernández Bushto, cuando se trata cohetes, son precisamente cohetes los que le faltan.
martes, 23 de agosto de 2011
EL ÚLTIMO KOMSOMOL, SVETLANA, Y LOS COMEMIERDAS ANÓNIMOS
Rafael GrilloMe "descuarejingué" de la risa cuando leía Haciendo las cosas mal. Como que hago "resañas" y no reseñas, puedo hablar así. Y puesto que no me empeño en pasar por "crítico serio", por uno de esos que, de entrada, me sancionarían la errata porque el Real Diccionario solo reconoce "descuajeringar" o "descuajaringar". ¡Como si hubiera algún cubano que no pronunciara mal esa palabra! La que tampoco usamos cabalmente en el docto sentido de "relajarse el cuerpo por efecto de cansancio", pues "descuarejingarse" tiene para nosotros una sola, exacta, y no importa si vulgar, significación: "mearse de la risa". Que fue lo que me sucedió li-te-ral-men-te con la novela de Ernesto Pérez Castillo.
No espero de ningún circunspecto académico que vaya a empeñarse en hacer "crítica profunda" o "hermenéutica literaria" a costa de este libro. Si acaso alguno, en la camaradería incómoda del urinario para hombres, en voz baja y a un amigo cercano, se lo recomendaría prometiéndole que, igual, se va "descuarejingar" de la risa.
Sin embargo, como para afianzar el axioma de que cualquier norma sufre disensiones, hubo un jurado que decidió otorgarle a Haciendo las cosas mal el Premio UNEAC 2008 de Novela Cirilo Villaverde. Cito a los que emitieron veredicto: Antón Arrufat, Maria Elena Llana y Jorge Fornet, y de paso me los imagino: conteniendo al unísono las carcajadas y la vejiga. En similar circunstancia, a la editora del volumen: Ena Lucía Portela. Y les aplaudo el coraje, por defender el humor en estos tiempos de cólera y solemnidad somníferamente correcta.
De Pérez Castillo, algo les cuento: Nacido en
De Haciendo las cosas mal (Ediciones Unión, 2009) les presento algo de sus personajes y peripecias:
Svetlana es rubia y soltera. Es castaña y divorciada. Es trigueña y viuda. Es pelirroja y huérfana. Según sus datos inscriptos en www.chicasdeleste.com, www.rusaslindas.com, www.brideinrussia.com, etc. Y a la experiencia de sus 26 años le ha extraído dos ideas fijas: Una, huir casada de la hoy "democrática" Moscú. Otra, la convicción de que para "un alma cultivada" (ella estudió Filología Eslava, Lenguas Clásicas y varios temas más) "sólo tenemos un camino para expresar nuestra la genialidad: hacer algo mal, genuinamente mala" (calco textualmente su imperfecto español).
El último komsomol de
El Chino Wong es un tipo al que las mujeres siempre le pegan los tarros (aclaro: las mujeres lo traicionan, por si acaso me está leyendo algún foráneo que desconoce la singular vertiente cubana de la tauromaquia). A Cartaya las mujeres siempre lo dejan (y le pegan también los tarros aunque él ni se entera). Mientras que Estéreo Seguro es policía; y además Comemierda en Jefe del trío que conforma con los dos anteriormente mencionados, y que se hacen llamar a sí mismos el Club de los Comemierdas Anónimos (no porque sean hacktivistas ni otra cosa que, simple y llanamente, eso: "comemierdas"; o sea "boludos", "gilipollas", "assholes", lo cual advierto por si me están leyendo en Argentina, España y USA).
Sobre "cómo" logra Ernesto Pérez Castillo que estos tres hilos narrativos se enhebren como "cordeles dentro de un bolsillo" (tomé prestado el símil a Juan José Millás y Dos mujeres en Praga; lo revelo antes que me llamen plagiario), en medio de vericuetos cuasi policiales, de espionaje y de oscuros secretos sexuales, no me atrevo a detallar nada más. Pues anticipo que a alguien, muerto de risa, se le va a caer este libro de las manos y, entonces, irá a parar a las manos de algún lector como ustedes.
Tan sólo les adelanto esto: Para uno de sus personajes las cosas van a acabar mal, pero que muy mal. Porque no hay comedia buena si al aderezo no se añade una pizca de tragedia.
Tomado de: http://www.isliada.com/resena/2011/08/el-ultimo-komsomol-svetlana-y-los-comemierdas-anonimos/




