martes, 23 de abril de 2013

VENEZUELA: LA VICTORIA MÁS IMPORTANTE

Ernesto Pérez Castillo

La oposición venezolana acaba de perder, y al menos en el caso de Capriles esta derrota es para siempre. Porque después de dos años haciendo bulla de punta a cabo, con los billetes chorreándole de los bolsillos, ha sido vencido en las urnas por una campaña chavista hecha a las carreras en apenas quince días.

Pero esa, la victoria electoral del ya presidente Maduro, estaba cantada y en lo personal es la que menos importa. La gran victoria, la victoria estratégica, la batalla que no se podía perder, fue la que se dio una vez anunciado el resultado por el Consejo Nacional Electoral.

Ahí, como era de esperar, Capriles Radosnsky desconoció el resultado, se mesó las barbas y llamó a sus seguidores a desatar la “arrechera” con toda su furia. Ese fue el momento en que todo se decidió, para él y para los suyos.

¿La furia y la frustración de los opositores en que se convirtió? ¿En protestas pacíficas? No. Actos vandálicos, brutales, provocadores. Nueve muertes, nueve, costó al pueblo venezolano el llamado de Capriles. Los nueve eran personas trabajadoras, humildes. Ninguno iba armado, ninguno era policía, ninguno era un militar.

Los seguidores de Capriles, ¿asaltaron alguna estación de policía, tomaron aunque sea un cuartel militar –¿uno solo, uno solito?–, o incendiaron por lo menos un banco? No, que con eso no se juega. En su lugar, asediaron a varios funcionarios del estado en sus casas, dispararon contra el pueblo, y atacaron varios centros médicos.

¿Cómo es posible que un centro médico sea un objetivo de guerra? Ello solo cabe en la mente de aquellos que no reconocen el derecho de la gente a la atención médica gratuita, ni ningún otro derecho.

Capriles y los que le dan cuerda –que son otros y están muy lejos– perdidos como se sabían de antemano, ya habían tramado todo de mucho antes. Sus acciones violentas no pretendían echar abajo al chavismo, o no a corto plazo. Sus intenciones eran otras muy otras. En un mundo que se pelea a noticias antes de desembarcar a los marines, la estrategia era la misma que ordenaba el amarillista William Randolph Hearst: “ponga usted las imágenes, que yo pongo la guerra”.

Los chavistas, con Maduro al frente, llamaron a la paz, a la concordia, y a no dejarse provocar. Y sus seguidores hicieron caso. Ahí derrotaron la intentona de la derecha, que no es derecha y ni siquiera ultraderecha, sino fascistas mondos y lirondos.

Así impidieron el objetivo irracional de la oposición: que se desatara la violencia, que hubiera represión, que hubiera batallas callejeras, que se dispararan las armas y que –¡oh, objetivo final!– se dispararan los flashes de la prensa… una imagen, todo por una imagen. Una imagen para después desatar el armagedón.

En una de sus recientes alocuciones, el presidente Maduro preguntaba: “¿qué hubiera pasado si le hubiéramos dicho al pueblo que se lanzara a la calle?” Yo sé lo que hubiera pasado: el festín de la prensa, la gran prensa que no es sino la primera línea del frente, tras la cual avanzan los drones, los infantes y los tanques made in usa.

No sucedió porque esta vez fue el enfrentamiento de los que aman y construyen con los que odian y destruyen, no sucedió porque esta vez fue la lucha entre la inteligencia y la barbarie. No sucedió porque son los buenos los que ganan a la larga, y esta vez, en Venezuela, los pobres volvieron a ganar.

miércoles, 3 de abril de 2013

PARA LOS NEGROS, LA REVOLUCIÓN NO HA TERMINADO, NI PARA NADIE DE ESTE LADO


Ernesto Pérez Castillo

Leo, con estupor, a Roberto Zurbano en el New Yok Times. Y no por lo que dice, que ni es mucho ni es nuevo, y ni siquiera por lo que no dice, sino por lo que debiera haber dicho y no quiso o no se le ocurrió. Otra oportunidad perdida, otro más que muerde el polvo.

Después de un titular tan tremendo, “For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn’t Begun”, uno se esperaría cualquier otra cosa, y sobre todo una cosa estremecedora, para entonces darse contra la realidad de más y más de lo mismo, incluso más de los mismo que ya leyó en el mismísimo Granma alguna vez. Para nada, en el Granma y en Zurbano.

Porque, hablando en serio, para meterse en el tema del racismo dentro de la revolución, habría, debería haber ido él a las raíces. ¿Qué pasó con los negros en la Cuba de 1959, y de ahí en adelante? Un cambio, un cambio enorme, un cambio trascendental, sí, pero un cambio fuera de foco. Pero un cambio.

La revolución cubana, mal que nos pese, no la hizo Jean Paul Sartre ni Herbert Marcuse, y en verdad no sé qué revolución habrían hecho ellos. En esta islita la revolución, salvo los cuatro gatos de más alante (Fidel y Raúl entre ellos) la hicieron un montón de guajiros analfabetos, y no podía ser de otra forma en un país que reconocía oficialmente una tasa de analfabetismo de más del sesenta por ciento de la población.  Y esos guajiros brutos no solo hicieron la revolución que podían, sino que, como alguna vez confesara el comandante, hicieron una revolución más grande que ellos mismos.

Y todo lo bueno y lo malo tiene que ser visto bajo esa luz, luz que no alcanzó a Zurbano. En mi opinión, que es desde todo punto de vista completa y absolutamente irrelevante, el gran pecado, la asignatura por mucho tiempo pendiente de la revolución frente al conflicto racial fue la pretendida igualdad. Que sí, que si usted mira con calma y sangre fría para atrás, y así me lo parece a mí, verá que todo se basa en un mal entendido tenaz y persistente: cuando se decretó de facto la igualdad racial no se estaba decretando que negros y blancos eran iguales, sino, cosa terrible, que los negros eran, y debían ser, iguales que los blancos. O sea, que los negros, por obra y gracia de la revolución, no solo tenían derecho a todo los derechos que tuvieren los blancos, sino por, sobre todas las cosas, los negros tenían el derecho de ser blancos. Y con ello también, sino la obligación, al menos el deber.

Es complicado, lo sé, y es tema para alguien con más luces que yo. Pero, por ahí van los tiros. Si bien de pronto los negros tenían derecho a asistir a las mismas escuelas que los blancos, a acceder a los mismos empleos que los blancos, a compartir las mismas playas y el mismo sol sobre la arena que los blancos, lo grave, lo que nunca se les concedió de jure, para decirlo mal y rápido, fue el derecho a seguir cantando sus canciones, a seguir bailando sus pasiones, y a seguir orándole a sus divinidades. O sea, lo que nunca se debatió ni se planteó sobre el papel, en blanco y negro, fue el derecho de los negros a ser negros.

A mí, que soy blanco, blanquísimo, requeteblanco, me he habría encantado oírle decir algo así a Zurbano, y no la matraca de la desventaja que sufren en un paisito tercemundista y descarriado los negros, como si solo ellos fueran los de abajo.
Porque es que el cuento que Zurbano cuenta yo ya me lo sé, y me lo han contado de lado y lado. Pero, cuando él pierde el pie, deja por completo de tocar el fondo y comienza a boquear desesperado es cuando, reconociendo primero la salud y la educación gratuita y luego la hornada de ingenieros y maestros y doctores que salieron de entre los negros, y también de entre los negros de mi barrio, da un salto de cuarenta-cincuenta años y descubre, oh, que los negros frente a los cambios en la economía y en la vida cotidiana tras el gobierno de Raúl, están en desventaja.

Para demostrar su punto, a Zurbano –a quien el New York Time minimiza presentándolo apenitas como un “editor and publisher of the Casa de las Américas publishing house” y que en verdad es ni más ni menos que el Director del Fondo Editorial de esa institución que para las Américas y para el Caribe tanto y más ha dado, o en otras palabras: Zurbano es un negro muy pero que muy bien empoderado- le bastan unos pocos, para no decir pobres, ridículos ejemplos: los negros tienen las peores casas y por tanto no podrán hospedar a nadie ni aspirar a crear en ellas cafeterías ni restaurantes.

El caso es que reducir los cambios que los últimos años han traído para la isla y su gente, a comprar un teléfono móvil o vender su auto (cosa que de momento muy pocos harán, ya sean negros o blancos) es trivializar mucho y con muy mala leche el montón de transformaciones justas casi todas y casi todas necesarias que el gobierno de Raúl ha implementado.

No sé, de verdad no sé, cuántos nuevos negocios de carácter privado son regenteados por negros, y quizá, no sé, tal vez es algo que Zurbano haya previamente estudiado. Pero tampoco sé cuántas de las hectáreas de tierras ociosas que han sido entregadas a particulares para hacerlas productivas, y que no menciona Zurbano, han ido a parar a negras manos. Tampoco creo que lo sepa Zurbano. Él se concentra por lo pronto en el tema de las  casitas de alquiler y los pequeños restaurantes citadinos.

Al parecer, Zurbano acaba de descubrir con horror que, en los nacientes negocios particulares de la isla, los negros tienen pocas oportunidades. Esto es, que en la mínima, estrechísima franja de capitalismo que descuella, los negros van en desventaja. O sea, generalizando, que en el capitalismo los negros son discriminados. ¡Felicidades Zurbano, has dado en el clavo! Tarde, pero vale tres.

Sinceramente, uno esperaba más. Del New York Times y de Zurbano. Que encima, para decir lo suyo con ella o sin razón, no había que andarse refritando el verbo tan deslucido y añejo de nombrar a Fidel y a Raúl como “los castros”, ni como otros tantos, tan en balde y tan copiando, apostarlo todo, de nuevo, otra vez y otra vez, al final de los castros.

 

domingo, 2 de diciembre de 2012

SIRIA, LA PUESTA EN ESCENA / CUBA, EL ENSAYO GENERAL


Ernesto Pérez Castillo

De pronto una mañana, caminado por la calle 60 hacia el mar, tuve una epifanía, una iluminación, un alumbrón de esa pequeña bombilla que todos llevamos todo el tiempo agazapada en la cabeza.
Y es que iba al paso, al pasito, pensando en todas las boberías que piensa uno cuando aun no acaba de amanecer y hay silencio en los barrios –salvo alguna que otra cafetera que borbotea demasiado cerca de esa ventana– y el alumbrado público se va despidiendo hasta la noche.
Así caminaba, incorregiblemente cabizbajo como siempre, y entonces fue que la idea me sorprendió. La idea primero, la reflexión sobre la idea después, desde el viernes y hasta la noche de este domingo que termina tan calmo.
Era simple: en Siria está sucediendo –están haciendo que suceda– lo que no lograron que pasara en Cuba. En Damasco ahora mismo explotan bombas en los supermercados, en los hoteles de La Habana explotaron bombas parecidas en los noventa y tantos.
A todas luces, no son sirios los que ponen las bombas en Siria, como no eran cubanos los que trajeron las bombas a la Isla. En ambos casos, los sicarios fueron contratados en países vecinos, mercenarios que reciben su paga, si la reciben, a tanto por estallido.
Si abre usted la prensa –la prensa del mundo, digo– de Siria cuando no se habla mal es porque se va a hablar peor, como solo se habla peor y mal sobre Cuba en esas mismas primeras planas. Y los que mal escriben reciben también su paga para ello. No es que esté de más decir lo malo, es que es de mala leche decir lo malo solamente. Y una canallada mentir cuando lo malo no les alcanza o no les parece suficiente.
El guión es el mismo, un calco al carbón, palabra por palabra. Le han llamado “primavera árabe”. No hay que esforzarse mucho para recordar cuánta publicidad se gastaron en aquello de la “primavera negra” en el caso cubano.
 En Siria, y para colmo de casualidades, tuvieron incluso su “bloguera disidente”, una muchachita joven y lesbiana –así se presentaba– que posteaba desde Damasco. Amina Arraf Abdallah al-Omari lanzaba sus escritos y toda la prensa occidental la replicaba, y grande fue el alboroto mundial cuando se denunció su secuestro a manos del gobierno sirio. Su imagen apareció entonces en todos los diarios, y ni uno solo se disculpó con sus lectores cuando la croata Jelena Lecic se reconoció en la falsa foto de Amina que todos los medios publicaron.
Porque la bloguera Amina Arraf Abdallah al-Omari nunca de los jamases existió. Era solo un personaje construido por Tom MacMaster, un norteamericano cuarentón, residente en Escocia, que nunca aclaró por qué le había tomado el pelo a medio mundo.
En La Habana, ya se sabe, construyeron también a su bloguera, y se han gastado que sé yo cuántos miles o millones para convertir esa tomadura de pelo en una ventana.
Así son de simples y de repetitivos. Pero, ya lo dijo Martí, los buenos son los que ganan a la larga.

lunes, 22 de octubre de 2012

FIDEL VIVO Y TODO LO DEMÁS


Ernesto Pérez Castillo

Son ya tantas las tantas y tantas veces que mataron y mataron y volvieron a matar a Fidel –como decía mi mamá: si no es un récord es un buen average– que el día que Fidel muera de verdad no me lo voy a creer hasta que él me lo confirmé, personalmente y por escrito, de su puño y letra.
Y con todo, conservaré la duda, no sea que sea otro chiste suyo, que no han sido muchos, pero han sido muy buenos, como aquel en el estadio Latinoamericano, cuando disfrazó de ancianos a los más estelares peloteros cubanos del momento, para ganarle de todas todas el partido a Chávez.
¡Así que Fidel ha vuelto a ganar!
Es que los malos no aprenden: la mentira tiene patas cortas, si las tiene.
Y Fidel tiene una vista muy larga.
Y todo lo demás

sábado, 6 de octubre de 2012

FUTBOL: CUBA CAMPEÓN DEL MUNDO



 Ernesto Pérez Castillo

Llevo tiempo diciendo que el día en que, por el milagro que sea, una selección cubana logre clasificarse aunque sea a último minuto para un mundial de fútbol, la Isla será campeona y nuestros jugadores traerán la copa a casa. Lo que yo ni nadie podrá vaticinar es cuántas gallinas nos costará eso.
De todas maneras, el día viene llegando, y acabo de verlo con mis propios ojos. El viernes, como cada viernes, busqué a Sebastian en su escuela –revisamos juntos la mochila para que no olvidara nada, me contó que otra vez almorzaron chícharos y spaghettis blancos, me mostró su merendero vacío para convencerme de que no había dejado nada aunque compartió algo, conversé un poco con su maestra que me citó a un trabajo voluntario el sábado– y salimos por fin después de tantos días de lluvia hacia la cancha de fútbol.


 Al llegar el entrenamiento ya había comenzado y él tuvo que calentar solo y a las carreras para incorporarse. En un rato ya estaba intentando patear la pelota con el empeine, cosa que jamás logró. Teóricamente, sabe lo que debe hacer, incluso sabe qué rayos es el empeine, pero en la práctica sigue pegándole al balón como Juana, con la punta del pie.
No importa, no creo que Sebastian resulte futbolista, ni es la idea. La cosa es que corra y que respire al aire libre de La Habana, que juegue y sea feliz en esa cancha de fútbol anegada por los aguaceros de las últimas semanas, rodeado de tantos Ronaldos y Mesis y Casillas de completo uniforme.

 
Esos otros sí que se lo toman a pecho, ellos y sus padres. Los niños –el mayor tendrá unos nueve años–, toda vez que comienza el partido, corren con la boca abierta detrás del balón mientras los padres se desgarran la garganta alrededor, gritando instrucciones, regañando o aplaudiendo, como si estuvieran en el Bernabeu y en el juego les fuera la vida, en tanto que el profesor Raul pita y pita cada falta como el más celoso de todos los árbitros.


 Y de ahí, de una de esas canchas de medio pelo, de uno de esos juegos de esquina, saldrán nuestros campeones. El viernes lo vi. Pasará el tiempo y una tarde, tal vez no tan lejana, veré en la televisión el partido en que nos coronaremos, y Sebastian estará a mi lado recordando este viernes dichoso y compartiendo conmigo feliz una cerveza.

miércoles, 29 de agosto de 2012

CARTA DE ALICIA ALONSO AL PINTOR AGUSTÍN BEJARANO


Alicia Alonso y Agustín Bejarano ante un cuadro del artista dedicado a la Prima Ballerina Assoluta y Directora del Ballet Nacional de Cuba.

jueves, 9 de agosto de 2012

UNO, DOS, TRES: HIROSHIMA OTRA VEZ


Ernesto Pérez Castillo

Con apenas una bomba, el 9 de agosto de 1945 murieron en Nagasaki 70 000 personas. Esas fueron solo la mitad de las 140 000 que habían muerto tres días antes en Hiroshima.
Cuando cada año la televisión muestra el ceremonial en recuerdo de las víctimas, todo el mundo se conmociona. Y respiramos aliviados: que se sepa, ninguna otra bomba atómica ha sido detonada desde entonces sobre la población civil.
Sin embargo, muy poco después de la masacre norteamericana en Japón, durante la guerra en Vietnam, perdieron la vida 830 000 vietnamitas. Eso son casi cuatro veces el número de muertes registradas entre las dos ciudades niponas.
Y para una cifra reciente, y peor, se puede acudir a la última invasión norteamericana a Irak, donde el conteo de civiles asesinados supera el millón de personas.
Con todo, eso no es nada. Según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, cada día (¡CADA DÍA!) mueren de hambre y pobreza 25 000 personas en este mundo. Y esa era la cifra de 2004.
Así de terrible: cada tres días se repite, silenciosamente, el genocidio de Nagasaki. Cada diez días 250 mil personas (muchas más que las de Hiroshima y Nagasaki juntas) son asesinadas por el resto que come y olvida, o come y no se interesa, o come y lo ignora.
La cifra de muertes por hambre, en un solo año, equivale al lanzamiento sobre la humanidad de 65 bombas atómicas como la de Hiroshima, o de 130 bombas atómicas como la de Nagasaki. Cada año, año por año.
Pero esos muertos, que son tantos, no tienen jamás un ceremonial solemne, ni nunca los recuerda la televisión.


viernes, 20 de julio de 2012

RENÉ GONZÁLEZ Y EL TIGRE RAYADO


Ernesto Pérez Castillo

Dicen que una raya más al tigre no le hace, pero en el caso de los cinco cubanos las rayas no escampan. Son tan seguidas, son tan negras y son tan tantas, que ya el tigre no es más tigre sino una pura mancha redonda, enorme, oscura y cerrada.
Un hueco, un hueco negro –un hueco que mejor que nadie conocen en su propia carne, Gerardo, Antonio, Ramón, René, Fernando–, un hueco negro que todo lo devora, que toda luz apaga, una garganta que todo se lo traga. Solo que ellos son el hueso duro que se atraviesa, la espina de pescado que se clava.
Sus perseguidores no se cansan. Y es que han apostado mucho en la jugada. Este es un año de elecciones, pero el otro será un año de ganancias, y siempre habrá una excusa, siempre tendrán a mano alguna trampa. No tendrán siquiera el cuidado de la sutileza, sino que harán y desharán a cara destapada, como en el reciente caso de las visitas legales y consulares a Gerardo, con el autorizo del Departamento de Estado (por delante) que luego una mano desaparece del buró del carcelero (la misma larga mano del State Department, por detrás).
Si escandalosa resulta la reiterada violación de los derechos de Gerardo, más que escandalosa, resulta perversa la estrategia aplicada contra René González, quien ya cumplió tras las rejas su condena, día por día, cana por cana.
René, después de trece años de cárcel, debe cumplir otros tres años de libertad supervisada, una accesoria sobre la cual la propia Corte Suprema ha dejado claro que: “El Congreso intenta que la libertad supervisada asista a los individuos en su transición hacia la vida comunitaria.” –United States v. Johnson, 529 U.S. 53, 59 (2000).
Sin embargo, esos tres años de libertad supervisada se le impusieron a René justo para todo lo contrario, pues contra toda lógica son el estorbo que le impide reintegrarse plenamente a su comunidad, a su barrio, a su gente, a su familia: a su casa. Así se socava, con alevosía, el propósito de dicha libertad supervisada.
Encima, una de las trece condiciones estándar de libertad supervisada impuestas a René, reza que “debe de apoyar a los familiares que dependen de él y cumplir con otras responsabilidades familiares”. Poco y mal podrá nadie ayudar y cumplir ninguna responsabilidad familiar, si se le retiene y obliga a permanecer lejos de sus padres, de su esposa, de sus hijas. Si se le mira bien, a todas luces René estaría incumpliendo esa condición, lo cual constituye una violación de las condiciones de su libertad, y por ello podría volver tras las rejas.
Durante todo el proceso, el gobierno y el sistema de justicia norteamericano han reconocido plenamente su ciudadanía cubana. Basta como evidencia de ello el que le hayan permitido la asistencia consular. Incluso, la mala prensa que el gobierno pagó para demonizarlo –a él y a sus compañeros– mientras duró la farsa judicial, insistió una y otra vez en calificarlo como un “espía cubano”.
 Entonces, si es un cubano y hasta ha declarado su disposición a renunciar a la ciudadanía norteamericana, ¿por qué se le impide regresar a su país, toda vez que ha cumplido íntegramente su condena?
Mientras René permanezca en territorio norteamericano, su vida correrá peligro. Y quizá es por ello que se le obliga a estar allí. Ese es un plus, un bonus track, una condena más después de su condena.

miércoles, 18 de julio de 2012

NO SON NOTICIA TRECE MUERTES POR TUBERCULOSIS EN MIAMI, PERO TRES POR CÓLERA EN CUBA LLENAN PORTADAS

      José Manzaneda
www.cubainformacion.tv

En el estado de Florida, EEUU, se ha producido el peor brote de tuberculosis de los últimos veinte años, que hasta la fecha ha provocado la muerte de 13 personas (1).
Ya en febrero el Centro Nacional de Control y Prevención de Enfermedades alertó sobre el aumento de casos de tuberculosis al gobernador del estado, Rick Scott. Pero éste –curiosamente, un antiguo propietario de clínicas privadas (2)– no atendió a la advertencia y siguió adelante con su programa de recortes presupuestarios, que incluían el cierre del único hospital público del estado para pacientes de tuberculosis.
Pero, a pesar de las 13 personas fallecidas, salvo algún medio escrito local, los canales de televisión, las tertulias de radio y los grandes diarios de Miami apenas han informado del asunto (3).
Quizá sea porque, desde hace días, han centrado su atención en el brote de cólera en Cuba que, según la Organización Panamericana de la Salud, ha causado 3 muertos, adultos mayores con antecedentes por enfermedades crónicas (4).
La desproporción informativa es bien llamativa: una búsqueda en Internet en un solo día, el 13 de julio, ofrecía dos textos sobre la tuberculosis en Florida, por 480 sobre el cólera en Cuba (5). 
Los grandes medios de Miami están llevando a la población el mensaje de que el cólera está fuera de control en toda Cuba y el contagio masivo en Miami es inminente. La congresista de ultraderecha Ileana Ros Lethinen, en una nota reproducida por todos los grandes medios, lanzaba una advertencia: “Los viajeros a Cuba deben estar alertas porque la dictadura cubana no está informando con objetividad de la gravedad de la situación y pudieran contagiarse con la enfermedad” (6). El Nuevo Herald de Miami mentía sobre las cifras: hablaba de 15 muertos y reproducía todo tipo de rumores e inventos de supuestos “periodistas independientes” de la provincia de Granma, que certificaban “más de mil y pico de casos” de personas contagiadas, así como de condiciones “caóticas” en los hospitales, que estarían –supuestamente- “clausurados por agentes de seguridad decididos a controlar la información” (7).
La campaña es tan brutal que, hasta medios habitualmente hostiles a Cuba, como el diario español El Mundo, han denunciado la manipulación informativa de sus homólogos de Miami (8).
Según diversos analistas, el objetivo de esta campaña de pánico es afectar la campaña turística de verano, una de las principales fuentes de ingresos de Cuba y, sobre todo, el flujo de migrantes cubanos en EEUU que, en un número cercano a 400.000, visitan su país de origen cada año (9). Finalmente, dos de las obsesiones de la ultraderecha “anticastrista”: intensificar la asfixia económica a Cuba y obstaculizar cualquier acercamiento con la Isla, incluido el familiar.
En el año 2010, recordemos, se desencadenó una epidemia de cólera en Haití, con el resultado de más de 6.000 muertos (10). Pero, a pesar de existir cuatro vuelos diarios entre Puerto Príncipe y Miami, el mismo número que entre La Habana y Miami, y de que se detectaran 15 casos de contagio en esta ciudad de EEUU, ninguno de los políticos o medios citados lanzó los actuales mensajes de alarma social (11).
Hay que recordar que fue la brigada de solidaridad médica cubana la que consiguió –entre otros actores- parar la expansión del cólera en Haití, donde llegó a atender al 40 % de la población afectada (12). Por ello, que organizaciones de Miami dedicadas a sobornar a médicos cooperantes para que abandonen la brigada cubana en Haití y se refugien en EEUU (13), ahora ofrezcan una supuesta ayuda médica “solidaria” a personas afectadas por el cólera en Cuba, resulta casi cómico (14).
En Cuba, todo el sistema sanitario, junto a los actores sociales comunitarios, trabajan intensamente para detener el brote. Los medios de comunicación, que han sido criticados en la Isla por su respuesta tardía (15), están informando a la población, haciendo especial énfasis en las medidas preventivas de limpieza (16). Y en determinadas localidades se están distribuyendo masivamente materiales de higiene a la población (17).
Mientras, en Miami, los campeones de la libertad de prensa siguen sin informar sobre la suerte de los centenares de afectados por la tuberculosis. Quizá porque, en su mayoría, son solo personas sin hogar, reclusos y hasta pacientes psiquiátricos (18).


















sábado, 16 de junio de 2012

BEJARANO: FELICIDADES PAPÁ

Juan Ruiz Gómez
Poeta y director teatral, suegro de Agustín Bejarano.

El artista de la plástica de Cuba Agustín Bejarano quiere FELICITAR y rendir homenaje en el DIA DE LOS PADRES a todos los padres que en Cuba y el Mundo creen en su inocencia y lo están apoyando.

Les dedica esta obra suya, gestada en las difíciles condiciones en que se encuentra actualmente, falsamente acusado e injustamente retenido por más de un año en Miami.

lunes, 4 de junio de 2012

PARA GERARDO, QUE AYER CUMPLIÓ AÑOS

Gerardo Hernández Nordelo
Ernesto Pérez Castillo

Mi abuela Andrea –por más señas Andrea Clark, que en realidad no era abuela sino bisabuela mía– vivió desde mucho antes que la conociera y hasta el último de sus días en el tercer piso de un edificio que aun no se ha caído del todo en la calle Merced, en La Habana Vieja.
Allí la vi siempre, en su cuarto, siempre sentada en su sillón, el pelo no canoso sino gris, sus espejuelos de cristales pesados y aquellos lóbulos de las orejas, largos muy largos, de los que pendían siempre, infaltables, los aretes.
Entraba a su cuarto y ella, a sus más de noventa años, se me quedaba mirando como si de verdad me viera, y adivinaba… ¿tú eres el menor de Georgina? Sí… tú te llamas Ernesto… tú naciste en marzo, el día dieciocho.
Era un ritual. Para alguien que sumaba un número impensable ahora de hijos, nietos, biznietos y hasta tataranietos –que los tuvo– aquel derroche de memoria era un signo tremendo de vitalidad.
Nació Andrea en Matanzas, en el pueblito de Camarioca, en 1889, seis años antes de que comenzara la guerra de Martí, y en la cual combatió el que luego sería su esposo y a quien no conocí, Plutarco.
Ahí comenzaron a enredarse las cosas en mi familia, pues terminada la guerra –entiéndase: frustrada la independencia por la intervención yanqui– ese bisabuelo mío fue tajante y nunca de los jamases aceptó la pensión de veterano pues, decía: “yo no fui a la guerra por dinero, sino para hacer a Cuba libre”.
Así que, en aquella Cuba “libre” mi abuela dio de comer a sus hijos lavando en las casas de los ricos, y para eso iba desde La Habana Vieja hasta el reparto Almendares –qué sé yo, siete, ocho kilómetros de ida y vuelta– caminando, para ahorrarse los ocho centavos del tranvía.
De mi bisabuelo no conozco mucho, pero sé que alguna vez escribió un libro de versos y que incluso lo publicó, pagando por supuesto la impresión. No vendió ni un solo ejemplar, aunque sus versos no eran tan malos. Yo los he leído.
Lo poco que sé de mi bisabuelo, yo mismo me lo invento. Resulta que uno de sus hijos, el primer comunista de la familia, un buen día se fue a España, a luchar por la república con las milicias internacionales. La parte que me invento es esta: ¿qué habrá sentido ese viejo al saber que su hijo se iba a la guerra, a matar y quizá a morir, justo a la mismísima España contra la cual él había luchado con el machete en la mano?
Esa pregunta me obsesiona desde que conocí la historia en mi adolescencia. Por años íbamos cada día de las madres a la casa de Andrea, a celebrarle el cumpleaños, hasta que caí en la cuenta de que algo raro había escondido en el asunto, pues de ninguna manera el día de las madres, que cambia de fecha cada año, podía caer siempre en el día del cumpleaños de mi abuela.
Pregunté, y mi madre me contó de aquel tío abuelo que se fue a la guerra civil española. En algún combate fue herido, una herida de nada, apenas una cicatriz que habría de servirle para fanfarronear algún día frente a sus nietos, quizá así lo pensó en su momento. Y me dijo también mi madre que convaleciente, internado en algún hospital de campaña, una tarde –una noche, una mañana, para el caso da igual– salió al patio a fumar y allí recibió el disparo mortal del francotirador que lo habría de matar.
José Manuel Fernández Clark, así se llamaba, así lo voceó el cartero que llamó a la puerta de Andrea, a entregarle el telegrama oficial que le anunciaba la muerte de su hijo. La noticia, ya de por si terrible, venía a empeorarse por una aciaga coincidencia: el día que trajo aquella noticia era justo el día en que Andrea cumplía años. Por eso, desde entonces, nunca jamás pudo nadie felicitarla en su cumpleaños. Por eso, la familia toda se reunía en el día de las madres a mimarla.
En esto he pensado, durante todo el día, desde que supe que hoy 4 de junio Gerardo Hernández Nordelo cumple cuarenta y siete años. La verdad, me habría gustado un cuento mejor para felicitarlo, pero no sé si eso a él le habría gustado.
A mí la cosa de los cumpleaños, me da cosa. Por eso me atengo al consejo que alguna vez me dio Vicente Revuelta, mi maestro: cuando vayas a regalar, regala aquello que sea para ti de veras importante, irremplazable, eso es lo único que hace valioso un regalo.
Y eso es lo que aquí y ahora hago.
Gerardo: te regalo no este cuento que he contado, tampoco te regalo el recuerdo que tengo de mi tío abuelo herido en combate y después asesinado, sino que te lo regalo a él mismo. Te regalo al gigante que desde mi infancia me acompaña, te regalo al comunista que se fue tan lejos a dejar sus huesos que nunca regresaron, te regalo al hombre que vivió como quiso y combatió por lo que quiso y murió por lo que quiso. A él, a José Manuel vivo y entero te lo regalo. Para mí, saber que había conmigo alguien así, sangre de mi roja sangre, siempre me ha servido de mucho. A ti, allí donde estás, quizá también te sirva de algo.

viernes, 18 de mayo de 2012

LA BIENAL Y LAS AGUAS, MÁS GLENDA LEÓN

 Ernesto Pérez Castillo

Como siempre, los artistas ven más y ven más lejos. Ponen su pupila incluso en aquello que ni siquiera ellos ven, mas quieren ver, sedientos siempre como nadie, necesitados siempre como ninguno.
En una tarde de sábado, me paseé el Malecón de esta Habana, que también desde las Artes Plásticas es una ciudad sitiada por la bendita circunstancia del agua por todas sus esquinas, el agua en todas las visiones, el agua en el corazón y el agua en la mirada, el agua fresca y límpida en las ganas que nos atraviesan.
  Y allí, junto al muro del Malecón, me sorprendió el mar multiplicado, el mar tranquilo donde siempre y el mar duplicado donde nunca, el mar a ambos lados del muro que de pronto no separaba más la tierra de las aguas sino que apenas era la frontera física y visible entre el mar de allá y el mar de acá, la fina línea ilusoria que confronta el mar exterior y ajeno con el mar nuestro, nuestro mar interior con sus borrascas y sus atardeceres de paz, el mar ajeno con el más ajeno horizonte, el mar de los muertos y el mar de los vivos, el mar que nos duele y el mar que nos mata, el mar por donde llegamos todos –todos– lo que vivimos esta isla, y ese otro mar de pronto sobre la misma isla al que nunca podremos develar.

 

Más adelante, también frente al mar, era el cercado roto por el vuelo. La huella dejada en los alambres por el pájaro que voló. El testimonio de la estampida. Me detuve, me quedé a observar, casi contando todos y cuantos hilos del metal se dejaban ver, quebrados, doblados sobre sí. Y seguí mirando, y escuché las conversaciones de los que cruzaban junto a mí, sintiendo que faltaba algo en aquella alambrada vencida. Era eso: a la vista queda expuesto el daño en la alambrada, de eso hablaban todos. Faltaba lo principal, y faltaba a gritos: los daños sobre el cuerpo que huyó, los surcos que cada alambre vencido dejó en la piel abierta del pájaro.

 

Si aquel pájaro buscaba al cielo sobre el mar, inmediatamente otro artefacto buscaba el mar en el mar mismo, se adentraba en las aguas, viajaba –proponía viajar– a otra Cuba más allá de Cuba, a una Cuba nueva bajo las aguas, a la que solo es dado llegar en la inmersión, con las artes del batiscafo y las sofisticaciones de lo submarino. La idea viva de cruzar las aguas, ahora desde la inventiva del viaje a motor, de llevar el animal terrestre y amaestrado a soñar un viaje seguro, un viaje sumergido en la más moderna tecnología aplicada a la más obsoleta maquinaria de combustión interna.

 

Y de pronto la nada, lo efímero, lo fugaz del viajero que pasa, se detiene frente al muro, y junto a él otro paseante, y otro, y otro, la masa, la sensación grupal de la noche y los atardeceres, la vista fija mirando al mar.
Mirando tanto mar, tantas provocaciones, comencé a entender el juego latente en lo primero que vi, y que aun no menciono: la propuesta de Glenda León. Lo suyo no estaba frente a las olas del Malecón sino antes, al interior de los patios del edificio Focsa, justo en la piscina aquella, justo alrededor de las aguas.
Simple: la piscina deliciosamente llena, la gente en ella pasando el rato, los adultos remojándose, saludando a los amigos que llegan al lugar, los niños en el mojarse, en el retozo, en el saltar a las aguas.
A un extremo de la piscina, sobre el piso, una impresión gigantesca de un mapa de Miami. Al otro extremo, la reproducción a igual tamaño de un mapa de La Habana. En medio, la gente.
Era tan agradable la imagen, que no podía pasar de ser un sueño –Sueño de verano, así le ha llamado Glenda–, y quizá sea un sueño que algún día sea real.
Y es que no tiene sentido que el mar que tenemos en medio nos separe, pues fue siempre el mar quien unió a los distantes, las aguas fueron siempre el camino más rápido a atravesar.
La relación natural de dos pueblos que viven costa con costa es el contacto permanente, el visitarse, el saber al otro que está al otro lado. Qué decir entonces si son dos geografías interpuestas para uno y el mismo pueblo.
En eso pensé después, muchas obras después, frente al mar, recordando las aguas de Glenda. Eso soñé. Eso quise. Un mar tranquilo y navegable, amable y besable, un mismo mar para los que están, para los que se fueron y para los que eligen el ir y el venir antes que el estar.

lunes, 7 de mayo de 2012

ME TOCAN LOS CAJONES OTRA VEZ


Ernesto Pérez Castillo

Ni una semana ha pasado aun desde que volví de Matanzas –en un viaje azaroso que comenzaría en los planes a las dos de la tarde y no comenzó en la dura realidad sino hasta once horas después, a la una de la mañana, cuando por fin apareció el ómnibus salvador–, y ya estoy leyendo las críticas al encuentro de blogueros logrado en la universidad de aquella ciudad.
Desde que entré a la habitación que me asignaron –junto a otros tres, en el espacio que originalmente se destina solo a dos personas, y compartiendo el baño con cuatro más– comencé a escuchar una lengua que me era absolutamente desconocida. Intuyo, porque tan bruto no soy, que hablaban de programas cibernéticos y aplicaciones informáticas que sirven para esto y para aquello y para lo otro, cosas todas misteriosas e ignoradas por mí.
 Ahora, cuando leo las críticas que al encuentro se le lanzan, sí que las entiendo, pues están escritas en el lenguaje “chato, vacío, carente de sentido y poco creíble” de siempre, para decirlo con las propias palabras de los críticos que de pronto han subido a escena.
Se dice además que la declaración final que allí tanto y tanto se discutió “podría haber sido escrita después de una reunión de la FEU o de la UJC en un politécnico de informática”.
Sin embargo, se le señala al evento que careció de “vida, autenticidad, espontaneidad y mucha, mucha valentía”. Esas palabras, juntas así, en filita india y en ese mismo orden inalterable, sí que parecen redactadas por un pionerito luchando su carnet de la juventud con un comunicado para el matutino.
Y otra frase de campeonato es aquella de que la misma declaración final “adolece casi íntegramente de identidad, de sentido de pertenencia”. Mi vida como militante de la juventud duró muy poco –apenas la mitad de lo que duró mi servicio militar, pues ya vestido de civil una de las primeras cosas que hice fue renunciar a la militancia–, y mi aventura como militante del partido –desde el día que fui aceptado en sus filas y hasta el día que me expulsaron– no completó el año, pero una de las cosas que aprendí entonces fue que las palabras “integralidad” y “sentido de pertenencia” son parte de esa fraseología “chata, vacía, carente de sentido y poco creíble” que al menos en los ochenta y los noventa aburría las actas de reuniones de la UJC y el PCC.
Lo peor es que esa crítica es redactada por alguien que fue invitado y declinó asistir. Con ello se perdió dos oportunidades, primero, la de ser testigo presencial de lo que en verdad allí sucedió, y luego ha dejado pasar la tremenda ocasión de guardar silencio, olvidando la regla ancestral que reza: “si no sabe, no te meta”.
Porque solo alguien que no vivió aquello, y que ignora y ningunea olímpicamente lo allí discutido, puede dictar cátedra tan liviana y machaconamente.
Aquellas cuarenta y ocho horas matanzeras, en lo personal, me fueron de mucho provecho. Conocí un montón de gente que, contra viento y marea, y tan anónimos como yo mismo los más, dan en la red la cara por la Cuba que desean. O sea, confirmé la vaga sospecha de que no estoy tan solo.
Eso nada más ya vale un millón de pesos.
Encima, ver a esa gente tan variopinta y tan diversa, junta y revuelta, discutiendo en plan de iguales, poniéndose al día los unos con los otros, llegando a acuerdos o asentando sus desacuerdos, me hizo soñar, me hizo creer que la fantasía de una Cuba sin unanimidades era posible.
Con todo, la crítica que ahora he leído, no me sorprende. Y no por ello hay que perder el sueño. De hecho, si de algo se habló en Matanzas fue sobre la necesidad de la crítica en nuestra sociedad.
Y tanto se habló de eso –parafraseando a Lenin, pareciera que nuestros problemas se resolverían con crítica, crítica, и еще раз, crítica– que cuando me aburrí del lepelepe pedí la palabra y dije algo más o menos como lo que sigue, y con lo cual termino:
La crítica, el señalar lo mal hecho, es necesario, pero si solo hacemos eso –además de quedar bien– estaremos dejando sin trabajo a los redactores de El Nuevo Herald. Hace falta también decir en voz alta y sin miedo lo que se hace bien. Porque un montón de gente de este país va todos los días a trabajar, y a pesar de sus salarios eufemísticos hacen lo suyo y lo hacen con ganas, y hablo de los médicos que cada madrugada, quién sabe porqué, están donde hacen falta, y de los guagüeros, y la gente de las fábricas y de muchísima gente más. Ese espíritu, ese misterio, también hay que contarlo. Porque, como yo lo veo, hace falta valentía para criticar, sí, pero, desgraciadamente, mucho más valiente todavía hay que ser para defender a Cuba.

viernes, 4 de mayo de 2012

CAFÉ HABANA, EL ÚLTIMO CAFÉ


Ernesto Pérez Castillo

Hay un lugar en La Habana para tomar café, y ese es el Café Habana. Decirlo así puede sonar a exagerado, pero esa es la intención. Si tienes un peso en el bolsillo, no hay en esta ciudad un café mejor. Y si tienes dos pesos, hasta puedes invitar a alguien. Si no tienes el peso pero tienes un tin de suerte, seguro alguien te invita. Y si no, entonces otro día será.
Tener un peso resulta en todo caso, últimamente, un asunto complicado, así que no es recomendable tirarlo en cualquier cosa solo porque quien la venda te jure por la virgen y por su madre santísima que sí, que “eso” es café.
No señor, que yo he tomado café, y sé de lo que hablo. Ahora mismo me tomaría uno, pero el de la cuota se me acabó ayer. Y mire usted, careciendo de él como carezco, me siento aquí y escribo sobre el Café Habana, y sobre el café.
Fue en 1999 cuando conocí el Café Habana. Recién me estrenaba de editor en la revista Somos Jóvenes y después de haber discutido por algo, Nirma me invitó a un café. En verdad era el lugar más lejos del mundo para irse a tomar un café, a las once de la mañana, atravesando media Habana Vieja desde el Capitolio hasta casi la Avenida del puerto, con el sol de frente metiéndoseme en los ojos y con Nirma hablando todo el camino de lo bueno que sería llevarnos bien.
Bueno, nunca nos llevamos demasiado bien por esa época, pero para no ser grandes amigos impusimos el récord de mayor cantidad de café que se hayan tomado juntos jamás un par de gentes que se llevaban como gato y perro.
El caso es que el Café Habana terminó siendo el mejor sitio donde proponerse un nuevo tema para el número siguiente, donde convencer al otro de que alguna idea era un disparate, donde hacer que alguno de los dos cambiara de opinión. Ahora que lo pienso, no creo que tal cosa fuera un milagro debido al café. Más bien creo que quince cuadras bajo el sol le ablandan a cualquiera la mollera.
Allí hay una barra de madera, en U, y algo insólito en La Habana de aquel tiempo para mí: molían los granos de café ante tu vista. No había truco, lo que meterían bajo el chorro de agua caliente de la máquina express sería de verdad café, puro café.
Era una tentación, la verdad. Imagine la escena: usted acaba de llegar a la redacción, y lo recibe la secretaria con el mensaje de que tendrá una reunión con el director de la editorial a las tres, ahí mismo le salta encima Wildy el fotógrafo y le dice que no hay más rollos blanco y negro en el almacén, detrás el diseñador se queja de que no hay papel para imprimir las pruebas de las páginas que acaba de terminar, y después… después no sé a usted, pero lo que era a mí, después de todo eso, el mundo me importaba media calabaza, y los invitaba a todos a tomarnos un café.
Y ahí iba Somos Jóvenes en pleno por todo Obispo –el camino más largo, pero el más entretenido– sin escalas hasta el Café Habana. Casi todos se pedían un doble, pero yo me pedía un sencillo, lo bebía despacio, y luego me pedía otro sencillo más. Todo el proceso duraba lo que tardaba en fumarme un cigarro. La razón de por qué jamás pedía un doble es simple: había comprobado que la única diferencia entre un doble y un sencillo era que el sencillo valía un peso y el doble valía dos. Así, así mismo: usaban igual taza para ambos y en ambas tazas vertían la misma cantidad. No sé cómo es que nadie se daba cuenta, pero estaba muy claro para mí. Muy claro, digo, la trampa, que el café era siempre oscuro, siempre sabroso, siempre memorable.
Como en Somos Jóvenes siempre se acababa el papel, nunca había suficientes rollos fotográficos –que de los otros rollos siempre teníamos de más–, y nuestra computadora –sí, así en singular, la única computadora que ostentaba nuestra redacción, que encima era un 486– se rompía siempre un día antes del cierre, pues será fácil colegir que eran muchas y muchísimas las mañanas y las tardes que se nos vio Obispo abajo con la esperanza del alivio de un café.
El último café que me tomé allí me lo tomé de pie, solo y sin cigarros. Ahora, si paso cerca, miro hacia el Café Habana sin detenerme. Solo observo de pasada a los que beben, como antes nosotros, su café. ¿Qué grave problema estarán dirimiendo? ¿En qué amistad difícil estarán empeñados? Ellos sabrán. Yo lo que sé es que el café del Café Habana, ese sí es café.

jueves, 3 de mayo de 2012

EL PEOR AFICIONADO DEL MUNDO


Ernesto Pérez Castillo
 
Yo, en cuanto al fútbol, soy el peor aficionado del mundo. Celebro y grito los goles de bando y bando. Y voy cambiando de equipo, según va avanzando la cosa. Y suelo ir con aquellos que desde el principio tienen las de perder.
Será que mi romanticismo es del más rancio. Eso, muchas ganas, más un poquito de fe. En el mundial pasado el día a día me dio la razón, aunque no le dio la victoria a ninguno de mis favoritos.
Esa vez mi última gran apuesta fue el equipo de Ghana, a quien la requetemanaza de Luis Tevez le arrebató la gloria. Bueno, esa manaza y la burocracia futbolera, que ante un gol tan evidentísimo impone el trámite absurdo de un penalty.
Lo demás es historia, sobre todo historia de la que no debe ser leída ni tomada en cuenta, es decir, la historia que publican los diarios el día después. Porque, todo aquel que creyó en los favoritismos de la prensa, habrá visto que ningún vaticinio se cumplió.
¿Se equivocaron los periodistas? Sí, claro, como siempre. Y es que hay que ser muy pero que muy miope para aceptar que los mejores son los mejores, solo porque desde siempre tienen los titulares que pareciera les tocan por default, por obra y gracias de que, vengan de donde vengan, juegan en los equipos europeos. Como si en el resto del mundo nadie supiera patear un balón como es debido.
Había que escuchar la narración de cualquier partido para darse cuenta de que, según los comentaristas, sobre el campo había casi siempre un solo equipo —aquel que estuviera lleno de estrellas salidas de las portadas en cromo. Y el narrador zarandeándolo a uno con las estadísticas de cada jugador del equipo que debía, tenía que ganar, mientras el otro equipo, por muy bien que se plantara sobre la grama, era ninguneado hasta lo imposible.
Así vimos al muy publicitado y más celebrado Messi, que pese a todo lo que se anunciaba de él, no hizo nada pero nadita en sus juegos. Mientras tanto, muy poquito supimos de sus contrarios.
Y después, pitado el calabaza calabaza, cada quien se fue: los unos a sus carátulas de brillito y los otros a los oscuros rincones de donde por una vez pudieron salir. Pronto veremos la misma historia otra vez. Otra vez será el gran banquete de las fotos a todo color, con las que se tapa todo lo que en este mundo debiera ir a las primeras planas, y nunca lo ha de lograr.