domingo 4 de marzo de 2012

LOS OJITOS DE PATRICIA


Ernesto Pérez Castillo

La única persona realmente famosa, lo que se dice famosa, de mi familia fue mi papá, que llegó a ser mencionado en algún libro de Enrique Núñez Rodríguez. Que sí, que mi papá es ni más ni menos que el “Ricardito el bizco”, sobre quien el conocido escritor alguna vez comentara.

Bueno, quizá mi papá en verdad nunca fue famoso, pero lo cierto es que se mandaba un bizco que se mataba. Por ahí anda una foto suya, como a los doce años, mirando a la cámara (iba a poner “mirando fijo a la cámara”, pero eso sería mentir, porque mi papá no podía mirar fijo a ninguna cosa, siendo que entonces tenía un ojo comiendo mierda y el otro jugando a la pelota), y yo jamás pude ver esa foto sin caerme a carcajadas.

De su bizquera yo supe precisamente cuando descubrí esa foto adolescente, pues luego lo operaron y ni rastros de aquello le quedó, solo la memoria.

Y así, esa bizquera fue solo un recuerdo risible. Incluso en la consulta de genética, cuando Patricia tenía apenas unos cuatro meses de estar creciendo en la panza de su mamá, y preguntaron por enfermedades o malformaciones en la familia, solo mencioné aquel detalle de pasada, vaya, como para que no se me quedara nada por dentro.

Para entonces mi primer hijo ya tenia cuatro años, y de bizco nada, lo mismo que mis sobrinos y mis hermanos. El único bizco de la familia había sido siempre mi papá.

Entonces, unos cinco meses después, cuando miré de frente a Patricia recién salida del cálido vientre de su mamá, yo todavía vestido de verde hospital en la helada la sala de parto, y la miré a sus ojitos ya abiertos, descubrí dos cosas: tenía los mismos ojos azules de su hermano Sebastian, y tenía la misma puñetera bizquera de su abuelo.

Coño… que el viejo muriera humilde y digno como vivió toda su vida, eso lo podía aceptar… pero que la única herencia que nos legara fuera aquella bizquera… eso ya era harina de otro costal.

El caso es que esa bizquera no afectó ni mucho ni poco la alegría que Patricia trajo con ella bajo el brazo, también por la certeza y la tranquilidad de que había nacido en esta isla, tan maravillosa y única como su cielo tan libre y azul.

Lo jodido a partir de ahí fue la tanda de consultas médicas, que la mayoría corrieron a cuenta de su mamá, y el imposible de pretender que una bebé de meses haga ejercicios con un ojo teniendo el otro tapado. Inténtelo.

Pero hay gente cabezona en esta vida. Yo soy uno de ellos. Otra más cabezona es la mamá de Patricia, que le colocaba los parches oftalmológicos que le entregaron en el hospital, y se jamaba una hora por día en aquello.

Y los servicios de salud en Cuba son gratuitos, sí, pero cuestan. En nuestro caso lo más costoso, lo más difícil, fue entrar a aquel lobby del tercer piso del hospital oftalmológico para enfrentar la multitud de padres con sus hijos allí aglomerados.

Nunca imaginé que hubiera tantos niños con problemas semejantes, y los más eran los peores, que llevaban años de tratamiento, de varias operaciones correctivas, de mucha perseverancia médica y familiar.

Cada consulta representaba dos, tres, a veces más horas de espera, hasta entrar al cubículo de la Doctora Tessi, quien seguramente al graduarse de médico hizo el Servicio Social en un Central Azucarero, porque más dulce no podía ser. Y profesional, y segura de sí.

En enero llegó el gran momento. Patricia debía llegar al hospital en ayunas, subir a solas con su mamá en aquel elevador que esa mañana se me antojó más frío y más gris, y enfrentar la terrible lotería de la anestesia general para su operación. Tiempo estimado: veinticinco minutos.

En veinticinco minutos, si su hija de poco más de un año está bajo el bisturí de un cirujano, usted puede hacer muchas cosas. Por ejemplo: levantarse de su silla en la sala de espera y bajar los cinco pisos por las escaleras y cruzar a la acera de enfrente a tomarse eso que los vendedores por cuenta propia anuncian como café, fumarse allí mismo un cigarro y luego subir de nuevo, saltándose los escalones de dos en dos, y preguntar si la operación aun no terminó. De hecho, puede hacer eso mismo siete veces seguidas.

Finalmente se abrió la puerta del elevador, y allí apareció la mamá de Patricia, llevando a la pequeña en sus brazos. Los ojitos de Patricia, lo primero que busqué, húmedos, inflamaditos, y mirándome recto, muy recto, como nunca antes me miró.

Un mes después, en la consulta del postoperatorio donde definitivamente le darían el alta, la Doctora Tessi (que no lo dije antes, pero fue ella misma la cirujana que puso en su lugar los ojitos de mi bebé) confirmó que todo estaba bien.

Y si alguien leyó todo esto esperando que en algún momento yo me bajara con la muela bizca de que solo en Cuba es posible acceder a tanta felicidad de manera gratuita, se va a coger el culo con la puerta.

Lo que es yo, jamás me preocupé de averiguar cuánto costarían en otro país las consultas especializadas, los procederes médicos, el material quirúrgico, el equipamiento de alta tecnología con que está equipado aquel hospital. Bastante preocupación tenía ya, y esa era suficiente, con saber que una demora en iniciar ese proceso podría representar la perdida de importantes funciones en la visión de Patricia. No estaba en juego solo su apariencia externa, sino su modo de apreciar la realidad, su desempeño cognitivo y su desarrollo psicológico armónico y pleno.

Así que a mí, de cuánto costó aquello, ni me hablen.

Porque además, lo más probable es que si alguien pone delante de mis ojos una factura con los costos totales de ponerle a Patricia los ojitos en su lugar, entonces, seguramente, quien se quedará bizco soy yo.

martes 10 de enero de 2012

VICENTE REVUELTA HA MUERTO

Ernesto Pérez Castillo

Acabo de escuchar que Vicente Revuelta ha fallecido.

Le conocí en 1990, cuando yo era un soldadito a punto de terminar el servicio militar, y él hacia las pruebas de ingreso al Instituto Superior de Arte, el lugar donde quería estudiar cuando al fin me desmovilizara.

Le vi, la primera vez, con una bata blanca como de doctor o barbero, escoba en mano, barriendo el tabloncillo donde nos presentaríamos los aspirantes. No le conocía, ni siquiera había escuchado jamás hablar de él, no sabía que era uno de los más altos pilares del teatro cubano. Pensé que era el conserje de la limpieza: un conserje muy digno y concienzudo, admirable.

Durante mis estudios le visité varias veces en su casa, un apartamento modestísimo frente al litoral del malecón habanero. Solo un lujo había allí: los atardeceres, las puestas de sol que penetraban los enormes cristales corridos sobre el mar.

Cierta vez pude ver su librero, y me impresionó hasta hoy. Un mueble diminuto, improvisado con varias tablas sin pulir, así lo recuerdo. Y en él, no podría ahora precisarlo, pero no habría más que una veintena de ejemplares.

Le pegunté a Vicente si no tenía libros, y me contestó:

–Los libros deben estar en las bibliotecas.

Todavía sigo aquel sabio y generoso consejo.

Vicente, oficialmente, fue mi tutor docente, por tres años. De ellos, durante un par, fui su único alumno y, debo confesarlo, no aprendí demasiado de teatro junto a él, si se compara ello con lo que aprendí de todo lo demás. Más de una vez a la semana nos sentábamos a hablar. A veces yo tenía una pregunta, las más de las veces él hablaba porque sí. Le escuché anécdotas de su infancia, de su padre, de su madre, de sus amores, de su vida. Y eso es un privilegio, y un legado que conservaré solo para mí.

Y cada conversación, invariablemente, terminaba con un libro. Mi maestro me ponía en las manos siempre un libro. Yo lo devoraba en dos, tres días, y hasta donde recuerdo, nunca jamás comentamos después ninguna de aquellas lecturas que él me recomendaba.

Tenía una habilidad Vicente: cada vez que en mi trabajo teatral no encontraba una solución a algo, después de mil y un experimentos y nunca antes, iba a él y le preguntaba. Siempre, siempre siempre, Vicente me daba una solución y, siempre siempre, era la más simple, la más sencilla de las soluciones.

¿Fue como un padre? No. ¿Fue como un amigo? No.

Fue un maestro. Algo por lo que le debo una gratitud invaluable.

Hoy supe que ha muerto.

Hoy supe que ya Vicente es eterno.

lunes 19 de diciembre de 2011

LA PULGA EN LA OREJA

Ernesto Pérez Castillo

Cada vez que escucho hablar del bloqueo, recuerdo siempre la historia del viejo doctor que se va de vacaciones una semana y deja el consultorio en manos de su hijo.

Ausente el padre, llega a consulta un antiguo paciente, aquejado de un perpetuo dolor en el oído. El joven galeno lo chequea concienzudamente y encuentra la causa: una pulga en la oreja. Tras una rápida manipulación, extrae el insecto, y el paciente siente al fin el alivio que el viejo doctor nunca logró darle.

Una semana después, el padre vuelve a casa y le pide al hijo un resumen de los casos que ha atendido en su ausencia. El hijo le relata cómo ha ido la semana, dejando para el final el asunto de la pulga y, cuando lleno de orgullo, le hace saber al padre que ha aliviado de una vez y por todas la dolencia de aquel paciente, el padre se lleva las manos a la cabeza y exclama:

–¡Pero, hijo mío, qué has hecho! ¡De esa pulga hemos vivido todos estos años!

Y es que, en cuanto al bloqueo, de eso mismo se trata.

El bloqueo es la mina de plata de los pícaros que viven de hablar de democracia y pedir –y recibir– del gobierno norteamericano el oro y el moro para cuanto invento se les ocurre y que supuestamente acabará con el comunismo en Cuba.

Así se han fabricado disidentes, se han fundado revistas, se han financiado alzamientos, se creó una radio y una tv martí –que nadie escucha ni ve de este lado del malecón– y se emprende desde hace unos pocos años la pelea en la triple w, el Twitter, el facebook y los blogs.

Y todo para nada, como ya se ha visto por años –que ya son más que cincuenta sin ningún resultado–. O al menos para nada que no sea llevarse al bolsillo el billete verde y fresco del contribuyente norteamericano.

Y es que el asunto es ese: el bloqueo a Cuba es como aquella famosa pulga en la oreja. Solo que en este caso se trata de una pulga del tamaño de un elefante.

jueves 8 de diciembre de 2011

ESPERANDO A CARMEN

Ernesto Pérez Castillo

Una tarde cualquiera, hace muy poco, volví a encontrar a Carmen. Ella no tiene teléfono, vive en un reparto lejanísimo, y en ese momento no tenía tiempo para mí. Me dio una cita, para dos días después, en el Taller de Manero. Aquí cuento el desencuentro que allí sufrí.

El Taller de Manero es un sitio muy fácil de reconocer: una casa en Playa con portal jardinero. Una T y una M enormes, pintadas –si no es una traición de mi memoria– en carmelita, lo identifican y es exacto el lugar impropio para un encuentro cercano, desde que traspasé el umbral lo supe: diecitantos niños, sentados frente a una carabela –aburrida de posar una y otra y otra vez–, la emprendían a trazos inexpertos sobre trozos de papel craf.
Una muchacha –y no Carmen, nunca Carmen– viene y me pregunta:
–¿Quieres aprender a dibujar?
–No, gracias –contesté mientras mis ojos deambulaban el salón, a la caza de Carmen–, quedé con alguien en verme aquí...
–¿Con Carmen...?
Su pregunta lo dijo todo, y no había necesidad de que soltara sin compasión:
–No, es que ella siempre manda para acá a quienes no quiere volver a ver en su vida...
–Somos amigos –insistí–, no nos vemos hace años...
Ella –se llama Laura y es directa y lapidaria– se compadeció:
–Entonces espérala... sentado.
Una hora después ya habían llegado siete muchachos con pantalones de secundaria, una monja cincuentona y sin hábitos, y dos militares de uniforme que también empezaron a dibujar. Pero Carmen seguía haciéndome esperar.
Todavía sin la decisión de irme, salí al portal y descubrí una tarja fundida en bronce. Mientras la leía, un mulato alto y descamisado, solidarizado con mi desolación, se paró junto a mí y me contó:
–Fue un día muy feliz, develamos esa tarja por los 20 años del taller. La tarja tiene una historia super linda: la fundimos con Carlos, uno de los fundadores del taller. Se graduó de fundidor en el tecnológico de aquí al lado e hizo las pruebas de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro. Imáginate, empezó aquí y ahora es profesor de la academia. El diseño es de otro profesor, Jorge Ferrer, que fue director de la escuela. Ese día la Academia le entregó, Post Morten, el título de graduado de San Alejandro a Manero. Fue uno de los días más importantes del taller, el 18 de mayo del 98. Como el taller no tiene una fecha precisa de fundación, usamos esa.
Entonces se me presentó: es Alberto Figueroa, graduado de San Alejandro en 1985. Laura y él dirigen el taller, al que se integró desde la fundación.
El sol del portal me obligaba a mantener los ojos entrecerrados, así que Figueroa me invitó a sentarnos a la sombra, tras una mesa de dominó.
–Echemos un par de datas –me propuso–, quizás logres darme una pollona y eso te alivie del embarque que Carmen te va a dar.
Evidentemente, estaba al tanto. Nos sentamos a la mesa y al instante se nos unió una muchacha con cara de experta que recién había terminado su ejercicio y un jubilado que declaró no tener esa tarde ningunas ganas de pintar.
Figueroa, mientras daba agua a las fichas, me advirtió:
–Esto es lo bueno del taller: aquí viene la gente y pinta si le gusta pintar, y si no, perfecto, encuentra un espacio donde hablar, jugar dominó, ajedrez, lo que sea. Lo interesante es cómo se han aglutinado personas tan distintas: jóvenes, viejos, guardias, creyentes y no creyentes. En el taller no preguntamos cuál es la procedencia social ni política, eso agrupa a todo el mundo. Se debaten temas de actualidad, culturales, políticos, siempre con respeto al criterio ajeno. Hablamos de una noticia que salió en Granma, una película, cualquier cosa.
Yo, que para empezar no llevaba con qué seguir al doble 9 del jubilado que abrió el juego, viendo que de Carmen nada y para no ser descortés solté el primer comentario que tuve a mano, solo por seguirle la conversadera:
–Es un privilegio tener un lugar tan bueno para pintar...
–Sí –me siguió él la corriente–, pero antes del ’78 esto era una subsede de la Casa de Cultura de Playa: habían recepcionistas, bibliotecaria, instructores de danza, música, artes plásticas, teatro. Hasta ensayaba una orquesta. Manero, con la plástica, empezó a predominar. Buscaba muchachos por las escuelas cercanas, y así en el ‘78 se decide dejarlo como taller de artes plásticas. Cuando se lo entregaron definitivamente era un almacén lleno de trastos y Manero lo fue limpiando poco a poco. Así se hizo este espacio.
Dicho esto me dio el tercer pase seguido al dejarme a nueve las dos puntas del juego. La muchacha, harta de la pesadilla de ser mi pareja en un juego del que soy un profundo desconocedor, me miró –¿furiosa, defraudada?– y declaró que hasta ahí llegaba, que prefería repetir su ejercicio una vez más.
Yo preferí ceder el puesto a quienes esperaban junto a la mesa y Figueroa, que ya no me abandonaría en toda la tarde, me imitó. Nos acercamos a la calavera que modelaba ahora para la monja, acompañada del dúo de militares ya sin gorras ni zambrán. Tras ellos descubrí de dónde procedía tanto papel craf: una bobina de casi metro y medio de diámetro. Pese a la aparente abundancia, me extrañó que dibujaran una y otra vez sobre el mismo pedazo de papel, y no satisfechos, cuando no le cabía un trazo más, le daban vuelta y la emprendían sobre la nueva cara hasta el cansancio.
–¿Por que se empeñan tanto en el mismo trozo de papel –quise provocarlo–, si tienen tanto allá atrás?
Él sonrió. Había descubierto mi ingenua trampa.
–Mira, antes no solo hacíamos pintura y dibujo. Con los niños llegamos a hacer esculturas. Trabajando plastilina y latas de leche condensada que soldábamos con estaño, hacíamos cosas de pequeño formato. Ahora esa bobina de papel es todo lo que tenemos. Cuando empezó el período especial, parecía que el taller se iba a acabar. Bajó la producción, cambiamos las técnicas: no es lo mismo pintar con óleo o sobre lienzo, que no tener con qué hacerlo. Ahora estamos en otra situación difícil, no sabemos cómo vamos a mantener económicamente el lugar: se consume una increíble cantidad de material. Y súmale que nosotros no le hacemos una prueba de aptitud a la gente, es una premisa de Manero y se mantendrá: si dibuja bien o mal no importa, lo importante es que la gente venga. Hay vecinos del barrio que nos dicen «he buscado esto durante años, y me he dado cuenta que lo que me interesa es la pintura». ¿Dónde está creado el espacio para ese tipo de persona? No existe, quizás en la casa de cultura, pero no son tan estables.
–¿Y si la gente trajera sus propios materiales?
–Entonces, ¿quiénes traerían los materiales? Los mismos que pueden comprar en la shoping: una minoría. De ser así, vendría una capa social: la que tiene el dinero, algo que no queremos porque perderíamos una parte del trabajo del taller, que es fundamental: aquí viene todo tipo de gente porque todos pueden participar. En estos días vino una mamá preocupada por su hijo. Él dejó la escuela, tiene adicción a las drogas, ha llegado a robarle a ella para conseguirlas, y hemos preparado una estrategia para atraerlo a nosotros. Al final resultas medio sicólogo dentro de la comunidad. Casos así, de desajustes en los que podemos ayudar, nos llegan. Poder ayudar a las familias, cuando vienen y te lo piden, se hace muy rico.
Aquí Laura se nos acercó, con un papelito doblado entre las manos. Por fuera se leía: «Para un viejo amigo, de Carmen».
–Esto acaba de llegar. Debe ser para ti –me dijo antes de entregármelo con una seña complice.
Al leerlo respiré aliviado. Carmen no me había olvidado y se disculpaba por la pequeña demora –¿Pequeña? Ya tenía casi tres horas allí–. Pero bueno, no sería tiempo perdido si en cualquier momento, como me anunciaba, ella podría llegar.
–En cualquier momento Carmen llega –dije con eufuria y sin ninguna convicción.
Figueroa, que a estas alturas casi me caía bien, me preciso:
–Aquí puede llegar cualquiera, pero no creo que Carmen entre hoy por esa puerta.
–¿Por qué?
–Porque la estás esperando. Quizás, si hoy viniera alguien importante...
–¿Alguien importante?
–Sí, chico, gente importante, como Onelio Jorge Cardoso, muy amigo de Manero, que venía a hacernos cuentos, o Raúl Ferrer que le encantaba jugar ajedrez y a cada rato nos caía. Igual David Chirichan. Cuando Juan Carlos Tabío hizo su película «Se permuta», vino y la debatimos aquí. René Avila venía muchísimo, sacaba de paso a Tato Quiñones, que se ponía super bravo cuando jugaban ajedrez. Vicente Revuelta venía al taller, cuando estrenaba sus obras nos tenía una hilera completa del teatro reservada.Ver a esa gente, como uno más, jugando ajedrez con nosotros, escucharlos hablar entre ellos, oír sus opiniones, nos dejaban un patrón cultural.
Tras semejante andanada me sentí el más anónimo de los anónimos, un ser de la nada, el último de los desconocidos. ¿Por qué rayos querría Carmen encontrarse conmigo? Debía aceptar esa realidad y regresar a mi casa.
Solo sería otra tarde perdida.

lunes 5 de diciembre de 2011

ALGUNOS PREFIEREN QUEDARSE

Ernesto Pérez Castillo

Entradito está diciembre, y atrás quedaron cuatro meses y cuatro días ya (horas menos, horas más) de que el presidente cubano Raúl Castro declarara: «nos encontramos trabajando para instrumentar la actualización de la política migratoria vigente».

Entretanto, mucho se especula sobre qué resultará de tales actualizaciones, sin nada cierto aun sobre la mesa. En el centro de la alharaca, desde siempre, ha estado el reclamo justo y necesario, sí, sobre el derecho a viajar de los cubanos sin tantos correveidiles, permisos, cartas de invitación, colas, citas, entrevistas, y el no o el sí que el funcionario de inmigración estampará en tu pasaporte.

No obstante, más que al derecho a viajar de los cubanos, sería bueno dedicarle semejante tiempo y esfuerzo a discutir el derecho de los cubanos a quedarse.

¿Qué tal si hablamos del derecho de los cubanos a vivir una vida digna –esto es: una vida vivible–, en el propio suelo que les vio nacer?

En principio, y es obvio, todo el asunto pasa por ahí. Que si tantos cubanos, y sobre todo a partir de los noventa, cruzaron la mar oceana, ha sido en la esperanza –vana a ratos– de darse una vida sin tantas privaciones.

Esas privaciones, que endurecieron hasta lo incontable el día a día de los cubanos, ¿son de verás solo resultado de la apuesta quijotesca a persistir en la tentación del socialismo, a contrapelo de berlines que se desmuraron y moscuces que se desdijeron?

Si el socialismo es tan malo, tan disfuncional, que se le enredan los pieses y cae por su propio peso, ¿por qué entonces sus enemigos no esperan tranquilamente a su muerte natural –como igualmente y a última hora decían acogerse a la solución biológica para un Castro que tanto y tanto se esforzaron en asesinar–, y en cambio soplan y empujan en contra todo lo que pueden?

Hay que conceder que la burocracia no es la madre de todos los males en Cuba. Eso sí, ha sido la gran aliada –a sabiendas o no– de los que malquieren a la Isla. Pero la burocracia, ella sola, sola solita, no es la responsable. Aunque lo quisiera, no puede tanto. La burocracia es esencialmente incapaz.

La tiene muy dura un país que, para comprar una aspirina, debe darle la vuelta a las cuatro esquinas del mundo en ochenta días. La realidad se vuelve estrecha y cuesta arriba cuando no tienes nada, o casi nada –que no es lo mismo sino peor– y esa casi nada la pretendes repartir entre todos, o entre casi todos.

Unos le dicen bloqueo, otros le dicen embargo. La verdad es que se llama hijeputada. Si como dicen, el problema no es el bloqueo, entonces quitar el bloqueo sería una solución.

¿Por qué, señor Obama, no se anima a comprobarlo?

sábado 22 de octubre de 2011

CREMATA, LA YUMA, LA COLMENITA Y EL CHISTE DE HOY

Foto: Bill Hackwell

Ernesto Pérez Castillo

De adolescente, como todo muchacho que se respete, siempre tuve nombretes, y uno entre muchos, el que más tiempo me duró, fue “El Ruso”. No creo que mis rasgos apuntaran demasiado en esa dirección, así que la única razón que le encuentro a aquel apodo es que vivía en Centro Habana, y ser blanco —tan blanco que casi era transparente— en aquel barrio mestizo era más que suficiente para parecer extranjero. Y la cuasi única referencia de extranjeros, en la Cuba de los 80, y en mi secundaria, eran los rusos. Eso es todo.

Pero ese no es el chiste.

Cuando comencé a estudiar teatro en el Instituto Superior de Arte (ISA), ya en los 90, y la Gran Revolución Socialista de Octubre se fue a bolina, mi sobrenombre cambió.

La CCCP dejó de existir —aún recuerdo aquello que nos decíamos bajito en las aulas de primaria, en aquella época de los Tres Mosqueteros, arroz, chícharo y huevos: ¿Cuándo Carajo Comeremos Pollo?— y la palabra Rusia sustituyó otra vez a la antaño sagrada Unión Soviética.

Ese fue el momento de mi aventura como presidente de la FEU en el ISA: ya presidente de la FEU, mi sobrenombre de “El Ruso” cayó también en el olvido junto con la URSS. Desde entonces fui nombrado “El Zar”.

Y, ¿quién inventó eso de nombrarme El Zar del ISA? Pues ni más ni menos, aquel sobrenombre pertenece a la genial autoría de Tin, también a veces conocido por “Cremata”.

Esa solo ocurrencia, tan aterrizada en los tiempos que corrían, baste para hablar de la agilidad mental y las inteligentes y graciosas asociaciones que al Tin se le daban a las menos cuarto, con su humor tan cubano y tan particular.

Pero tampoco ese es el chiste de hoy.

El Tin aún no tenía La Colmenita, tenía La Colmena: estudiantes de todos los años de la Facultad de Arte Teatral y otras facultades, e ir a sus ensayos era siempre una fiesta. Los que vivieron la experiencia de estar cerca del Tin en aquellas gozosas sesiones de trabajo aún comparten la hermandad que entonces se fraguó.

Luego, no sé cómo ni cuándo ni por qué —pero quien quiera saberlo que busque, que seguramente en algún lugar él mismo lo ha explicado– sorpresivamente para mí, el Tin se concentró en el trabajo con niños, y ahí surgió La Colmenita.

El milagro de esa conversión es que así el Tin, un niño que creció él mismo sin padre, se dio a los niños todo entero como el padre mejor, día por día de su vida, a enseñarles y a aprender de ellos el amor.

El chiste es que ahora que el Tin con su Colmenita está de gira en la mismísima Yuma, de pronto me entero que personeros del gobierno norteamericano han declarado que esos niños con su espectáculo teatral son un peligro para la seguridad nacional de los EE.UU.

Eso tiene que ser un chiste, porque el padre de Cremata —el papá del niño que algún día el Tin fue— murió demasiado temprano, y no de muerte natural, sino que era uno de los tripulantes del avión civil de Cubana de Aviación que el 6 de octubre de 1976 estalló en pleno vuelo cuando dos bombas explotaron en su interior, precipitándolo al mar sin que nadie sobreviviera al terrible sabotaje.

Y de ser un chiste, sería uno de muy mal gusto, pero no se le pueden pedir mangos a un árbol de papaya, y menos si es plástico.

Porque lo cierto es que los que pretenden que Cremata —una víctima del terrorismo— y los niños a los que ha dedicado su vida son “un peligro para la seguridad nacional”, son exactamente los mismos que protegen al terrorista Luis Posada Carriles, justo el responsable confeso de la muerte del padre del Tin y de otras 72 personas que aquel día de octubre viajaban en el DC-8 derribado frente a las costas de Barbados.

miércoles 24 de agosto de 2011

EL ARMA SECRETA DE HERNÁNDEZ BUSHTO

Ernesto Pérez Castillo

A Ernesto Hernández Bushto le falta gracia, le falta humor, y le falta todo lo demás. Por eso, después de meses amenazando a diestra y siniestra con cerrar su blog por falta de billete, de pronto el lunes pasado inauguró la semana con un mensaje singular: “Un buen día para anunciar nuestro nuevo proyecto informativo”.

Cualquiera que haya tenido un televisor en la Cuba de los ochenta recordará la frase de aquellos muñes animados, en que un colonizador español al ver el amanecer, declaraba que era: “una buena mañana para explotar indios”.

A Hernández Bushto no hay que compararlo con el colonizador de los muñequitos, entre otras cosas porque él no se cree español, sino norteamericano (recuérdese por ejemplo que en las notas luctuosas en su blog no pone EPD, sino RIP). Pero, mal que le pese, él no es ni norteamericano ni español. Si acaso, él es ese indio al que van a explotar, y él lo sabe, y lo peor es que le gusta.

¿Y de que se trata su nuevo proyecto? Esa es justo la pregunta de menos, y la que se responde fácil: el súper arma secreta de Hernández Bushto es un sistema para enviar SMS masivos a Cuba con titulares noticiosos.

La pregunta de difícil respuesta es otra –digo, de difícil respuesta para él– y es: ¿quién paga ese envío masivo de mensajes de textos a la Isla? Al menos, en la página donde se ofrece la suscripción al servicio no se dedica una sola línea a clarificar de dónde provienen los fondos.

Pero quien tenga memoria recordará que el 20 de mayo de 2008, celebrando la república de mentiritas que los yanquis le permitieron tener a los cubanos en 1902, Súper W Bush –el que aparece en las fotos con Bushto y con cervezas– declaró: “vamos a cambiar nuestra política para permitir que los estadounidenses envíen celulares a familiares en Cuba” y luego, en abril de 2009, Yoani Sánchez anunciaba: “hemos comenzado un diminuto servicio de información a través de SMS. Una noticia, no mencionada por los medios oficiales, es enviada a través del móvil a un grupo de personas que a su vez la reenvían a otras”.

O sea, como se ve, es el mismo perro, con el mismo collar. Y hasta con las mismas pulgas y las mismas garrapatas.

Claro que aun puede surgir una tercera pregunta y es: ante la recepción de tantos y de tantísimos SMS (Bushto afirma que, contando solo en La habana, ya alcanza a 800 suscriptores), ¿de cuánto será la ganancia metálica de ETECSA, la empresa de telecomunicaciones que opera todos los móviles cubanos?

Si antes Hernández Bushto no vio la pateadura que las fuerzas policiales propinaron a los indignados del 15M bajo su balcón en Barcelona, ahora tampoco parece estar siguiendo los acontecimientos en Libia.

Que no te enteras, Bushto, que ningún gobierno se tumba a punta de SMS. Que la cosa es con cohetes. Pero a Hernández Bushto, cuando se trata cohetes, son precisamente cohetes los que le faltan.

martes 23 de agosto de 2011

EL ÚLTIMO KOMSOMOL, SVETLANA, Y LOS COMEMIERDAS ANÓNIMOS

Rafael Grillo

Me "descuarejingué" de la risa cuando leía Haciendo las cosas mal. Como que hago "resañas" y no reseñas, puedo hablar así. Y puesto que no me empeño en pasar por "crítico serio", por uno de esos que, de entrada, me sancionarían la errata porque el Real Diccionario solo reconoce "descuajeringar" o "descuajaringar". ¡Como si hubiera algún cubano que no pronunciara mal esa palabra! La que tampoco usamos cabalmente en el docto sentido de "relajarse el cuerpo por efecto de cansancio", pues "descuarejingarse" tiene para nosotros una sola, exacta, y no importa si vulgar, significación: "mearse de la risa". Que fue lo que me sucedió li-te-ral-men-te con la novela de Ernesto Pérez Castillo.

No espero de ningún circunspecto académico que vaya a empeñarse en hacer "crítica profunda" o "hermenéutica literaria" a costa de este libro. Si acaso alguno, en la camaradería incómoda del urinario para hombres, en voz baja y a un amigo cercano, se lo recomendaría prometiéndole que, igual, se va "descuarejingar" de la risa.

Sin embargo, como para afianzar el axioma de que cualquier norma sufre disensiones, hubo un jurado que decidió otorgarle a Haciendo las cosas mal el Premio UNEAC 2008 de Novela Cirilo Villaverde. Cito a los que emitieron veredicto: Antón Arrufat, Maria Elena Llana y Jorge Fornet, y de paso me los imagino: conteniendo al unísono las carcajadas y la vejiga. En similar circunstancia, a la editora del volumen: Ena Lucía Portela. Y les aplaudo el coraje, por defender el humor en estos tiempos de cólera y solemnidad somníferamente correcta.

De Pérez Castillo, algo les cuento: Nacido en La Habana, 1968. Autor de Últimas vacaciones con el abuelo (Gente Nueva, 1996), el libro de minicuentos Filosofía barata (Sed de Belleza, 2006) y la noveleta Medio millón de tuercas (Ediciones Loynaz, 2010), que es otra gozada, se los aseguro.

De Haciendo las cosas mal (Ediciones Unión, 2009) les presento algo de sus personajes y peripecias:

Svetlana es rubia y soltera. Es castaña y divorciada. Es trigueña y viuda. Es pelirroja y huérfana. Según sus datos inscriptos en www.chicasdeleste.com, www.rusaslindas.com, www.brideinrussia.com, etc. Y a la experiencia de sus 26 años le ha extraído dos ideas fijas: Una, huir casada de la hoy "democrática" Moscú. Otra, la convicción de que para "un alma cultivada" (ella estudió Filología Eslava, Lenguas Clásicas y varios temas más) "sólo tenemos un camino para expresar nuestra la genialidad: hacer algo mal, genuinamente mala" (calco textualmente su imperfecto español).

El último komsomol de la Rusia antaño soviética, en donde todo joven fue komsomol (lo mismo que decir el último mohicano de la añeja Norteamérica descrita por James Fenimore Cooper), de nombre completo Vladimir Stepánovich Ustimenko (Volodia, cariñosamente achicado por su mami Várvara Stepanovna) viaja a la ostrav svoboda (Isla de la Libertad) en busca del padre perdido, portando como únicas pistas de su identidad que era cubano y negro y estudiante de Explotación Florestal en la Siberia de aquellos tiempos de la Hermandad Socialista.

El Chino Wong es un tipo al que las mujeres siempre le pegan los tarros (aclaro: las mujeres lo traicionan, por si acaso me está leyendo algún foráneo que desconoce la singular vertiente cubana de la tauromaquia). A Cartaya las mujeres siempre lo dejan (y le pegan también los tarros aunque él ni se entera). Mientras que Estéreo Seguro es policía; y además Comemierda en Jefe del trío que conforma con los dos anteriormente mencionados, y que se hacen llamar a sí mismos el Club de los Comemierdas Anónimos (no porque sean hacktivistas ni otra cosa que, simple y llanamente, eso: "comemierdas"; o sea "boludos", "gilipollas", "assholes", lo cual advierto por si me están leyendo en Argentina, España y USA).

Sobre "cómo" logra Ernesto Pérez Castillo que estos tres hilos narrativos se enhebren como "cordeles dentro de un bolsillo" (tomé prestado el símil a Juan José Millás y Dos mujeres en Praga; lo revelo antes que me llamen plagiario), en medio de vericuetos cuasi policiales, de espionaje y de oscuros secretos sexuales, no me atrevo a detallar nada más. Pues anticipo que a alguien, muerto de risa, se le va a caer este libro de las manos y, entonces, irá a parar a las manos de algún lector como ustedes.

Tan sólo les adelanto esto: Para uno de sus personajes las cosas van a acabar mal, pero que muy mal. Porque no hay comedia buena si al aderezo no se añade una pizca de tragedia.


Tomado de: http://www.isliada.com/resena/2011/08/el-ultimo-komsomol-svetlana-y-los-comemierdas-anonimos/

lunes 22 de agosto de 2011

MIAMI: ¿SE ACABAN LAS VACACIONES DE LOS REFUGIADOS?

Ernesto Pérez Castillo


Un anuncio reciente del presidente Raúl Castro ha puesto los pelos de punta a los que en Miami quieren impedir a toda costa que se normalice la migración cubana.

En su discurso del primero de agosto ante el Parlamento de la Isla, el General de Ejército informó: “En la senda de reducir prohibiciones y regulaciones (…) que jugaron su papel en determinadas circunstancias y después perduraron innecesariamente (…) nos encontramos trabajando para instrumentar la actualización de la política migratoria vigente (…) ajustándolas a las condiciones del presente y el futuro previsible”.

Algo así no puede sino ser una buena noticia, a más que esperada y necesaria, para todos los cubanos, y es justo todo lo contrario de lo que desean los que malquieren a los cubanos.

Por lo pronto, y sin esperar siquiera un día, el propio primero de agosto el representante republicano de la Florida David Rivera adelantó un proyecto de ley para que el Departamento de Seguridad Interna vigile más de cerca a los beneficiarios de la Ley de Ajuste Cubano –vigente desde 1966, y que da estatus de refugiado político a los cubanos que ingresen de manera ilegal a territorio norteamericano– para que se les cancelen los privilegios que dicha ley les concede si visitan aunque fuere una sola vez la Isla antes de cumplir un mínimo de cinco años a partir de su entrada a los Estados Unidos.

Además de la perversión evidente, esa iniciativa de Rivera oculta una mala leche que apesta de lejos, pues precisamente esos cinco años son los que se deben esperar para obtener la ciudadanía norteamericana, y una vez concluido el plazo y adoptada dicha ciudadanía, los cubanos sentirían sobre sí el peso de la espada de Damocles de la Cuban Assets Control Regulations de 1963, basada en la Trading With the Enemy Act, que en la practica prohíbe a los ciudadanos norteamericanos viajar a Cuba.

Así las cosas, lo que David Rivera propone de facto es que los cubanos recién llegados, primero, no viajen a la Isla durante cinco años en cumplimiento de su ley, y luego nunca jamás, en cumplimiento de la ley de 1963.

Lo original del proyecto de Rivera es que, justo en el momento en que Cuba anuncia que flexibilizaría los trámites de viaje –algo que se le ha reclamado al gobierno cubano desde siempre–, el representante republicano pretende abolir esos viajes de raíz.

Encima, quienes a partir de entonces se acojan a los privilegios de la Ley de Ajuste Cubano, serían rehenes del gobierno norteamericano, al menos durante cinco años: una especie de “refugiados políticos forzados” por el país que les “protege”.

Tal proyecto ha puesto en tres y dos a la contrarrevolución interna, como es el caso de la mercenaria Yoani Sánchez, quien opinó en contra del proyecto de Rivera: “Esas personas se convierten en embajadores democráticos y de libertad”, pero no dice una coma de que para ello deben violar las leyes, ser carne del criminal tráfico humano y exponer sus vidas frente las olas en el estrecho de La Florida.

En todo caso, la cifra de cubanoamericanos que solo en el año anterior pasearon por Cuba se eleva a más de 320 000, y esos son muchos más “embajadores democráticos y de libertad” que los que Yoani quisiera.

Otro que no sabe dónde poner el huevo es el plusmarquista de las huelgas de hambre, Guillermo Fariñas, pues según él: “Desde el punto de vista ético no deben regresar a Cuba hasta que el gobierno no caiga”. Cuando él habla de ética, no se sabe de lo que habla, pero lo cierto es que nadie sabe cómo se come el asunto de que los refugiados políticos vayan por miles a vacacionar al país que supuestamente les persigue.

Así lo ha dicho el Jaime Suchlicki, director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami: “no creo que sea correcto que los cubanos vayan a pasear o divertirse en Cuba si han salido recientemente como refugiados”.

Lo que verdaderamente les duele del proyecto de Rivera es que cuestiona en profundidad el carácter de refugiados y perseguidos políticos de los cubanos que arriben a los Estados Unidos, y por tanto debilitaría a una de las principales armas que han tenido desde siempre en Miami para atacar a la revolución.

martes 16 de agosto de 2011

JERZY GROTOWSKI, CENTRO HABANA, JUANCITO Y YO

Ernesto Pérez Castillo

Si Manuel Navarro Luna escribió: “No os asombréis de nada, es Santiago de Cuba”, pudo hacerlo por una sola razón: al parecer el poeta no conoció mi Centro Habana.

Y aquí vengo a demostrarlo. Cuando en el verano de 1990 todo se empezó a acabar, yo cumplía uno de mis sueños más soñados: ser desmovilizado del Servicio Militar. Desde principios de año me había enterado que existía un lugar llamado Instituto Superior de Arte y me había presentado a los exámenes de admisión, queriendo estudiar lo único que no se estudiaba en el ISA: guionista de cine.

En el gimnasio de la Facultad de Teatro, y de pasada, vi a un viejito que barría el tabloncillo, ataviado con una bata de barbero, según me pareció. Le di los buenos días, y seguí de largo, mientras observaba su empeño en adecentar el lugar.

Luego, al comenzar las entrevistas a los aspirantes, me sorprendió que fuera precisamente aquel conserje de limpieza quien me fuera a entrevistar. Y es que no era el conserje ni la cabeza de un guanajo, ignorante de mí, sino que era ni más ni menos que el maestro Vicente Revuelta, casi que el padre del teatro cubano.

Mi entrevista debe haber implantado un récord: duró exactamente lo que tarda una pregunta corta y una respuesta más corta aun. Me preguntó Vicente: “¿A ti por qué te interesa el teatro?” y yo le respondí “No, el teatro no me interesa”. Vicente me miró, y con su sonrisa suave me dijo: “Entonces hemos terminado”.

Y ese habría sido el fin de mis estudios teatrales, de no ser por lo cabezón que soy. Que yo no había ido hasta allí por gusto. En primer lugar, el sitio me fascinaba: una construcción de ladrillos rojos, con cúpulas sorpresivas en medio de una vegetación salvaje, más abandonada que exuberante –tan parecida al patio de mi casa– y, no está de más decirlo, me quedaba relativamente cerca y podría ir caminando todos los días hasta allí.

Así que antes de dar por concluida la conversación, aun le dije: “Yo lo que quiero es ser guionista de cine, y traje una película que filmé”. Sin darle tiempo a nada, saqué de la mochila mi proyector y lo comencé a armar.

Antes de seguir, vale la pena un par de aclaraciones. Cuando digo “mochila” me refiero a mi mochila de soldado, pues entonces aun yo era militar, y de hecho me había presentado a las pruebas con mis botas sucias y mi uniforme de campaña, que debía ser verde pero después cuarenta meses de subir y bajar lomas al sol y dormir a la intemperie bajo los aguaceros de febrero ya era gris.

Siempre me he preguntado qué habrá pensado el maestro al ver ante sí a aquel soldadito pelado al rape, sacando de la mochila que llevaba al hombro un proyector ruso de 16 milímetros. Lo que fuere que haya pensado el maestro, el caso es que me invitó a mostrarle la película, y eso me salvó.

Así las cosas, en septiembre, el día que comenzaría mis estudios de arte teatral, me despertó Radio Reloj con la noticia de que el gobierno cubano declaraba el inicio del periodo especial. Yo no preocupé ni mucho ni poco con semejante anuncio, pues para mí el tal período había comenzado desde hacia cuatro años atrás, cuando dejé los estudios de cibernética en la Universidad de La Habana y comencé a vivir con los siete pesos de mi paga de soldado.

Pero todo lo anterior es solo la introducción del cuento que de verdad quiero contar, y que tiene que ver con que ya comenzado el curso, Vicente nos dividió en cuatro grupos, cada uno de los cuales se dedicaría a la investigación de los métodos de creación del ruso Konstantin Stanislavsky, el alemán Bertolt Brecht, el italiano Eugenio Barba, y el polaco Jerzy Grotowski. En ese último, el grupo de Grotowski, caí yo.

Lo que de verdad quiero contar es que unos meses después, visitando a mis hermanos que aun viven en Centro Habana, y conversando como se conversa en aquel barrio, esto es, en la puerta de la calle –nótese de paso que allí no se dice “la puerta de la casa” sino “la puerta de la calle”–, como casi siempre, apareció Juancito con otro cuento de Pepito.

Juancito, el verdadero protagonista de esta historia, que no yo, es un mulato altísimo que nunca fue flaco, ni siquiera en lo peorcito del periodo especial, y quizá ello se debiera a que siempre se estaba riendo y sobre todo, siempre estaba haciendo reír a los demás. Así que, cada vez que aparecía caminando por la acera, los demás le abríamos espacio y cerrábamos la boca, sabedores que él nos miraría a todos antes de decir: “¿ya se saben el último cuento?”

Esa tarde nos hizo el cuento de ocasión, y luego se volvió hacia mí, y al verme por fin otra vez mal vestido, pero vestido de civil, me dijo: “Chama, que bueno, al fin botaste del verde”. Y a seguido me preguntó qué estaba haciendo.

Le dije que había comenzado a estudiar en la universidad. ¿En qué universidad?, me preguntó. En el ISA, le dije. ¿En qué carrera?, terció. Teatro, le contesté. Y entonces vino la mundial, me presionó: “pero… teatro qué, cómo es la cosa, qué hacen ahí?”

Uff, tuve que pensármelo dos veces antes de responder. Podría haberle dicho que estudiaba las técnicas de Jerzy Grotowski, el creador del método del teatro pobre, un modo de trabajo que más se centraba en el proceso del actor que en el público –Grotowski, por ejemplo, había dicho que trabaja no para el público, sino pese al público. Un asunto más bien antropológico, donde la cosa teatral era usada solo como herramienta, como instrumento de investigación. Podría, sí, haber dicho eso, si no fuera por mi temor de que Juancito no me entendiera ni papa y se quedara regao como un chino.

Así que cortando por lo sano, preferí decirle esto, más o menos: “asere, es una moña ahí rara, medio loca, con muchas muecas y muchas murumacas” y, mientras le “explicaba” el método de Grotowski, contorsionaba mi cuerpo, expandía y arremolinaba mis brazos, dejaba escapar mi voz de manera gutural, para ilustrarle de qué iba el asunto.

Juancito me vio hacer aquello, meditó un segundo para dentro de sí, y de pronto se le iluminó el rostro y me soltó: “Ah, coño, una onda grotowskiana, ¿no?”

–Sí, exactamente eso –fue todo lo que mi vergüenza me permitió responder.

viernes 12 de agosto de 2011

EL DÍA QUE NO CONOCÍ A FIDEL


Ernesto Pérez Castillo

Era agosto y era verano y era el año 1976.

Ahí estaba yo. Los pantalones largos de algodón azul oscuro, almidonados la noche anterior, me daban el placer inolvidable del fru-fru-fru tan sonoro al esconder las manos en el fondo de aquellos bolsillos enormes y vacíos. Camisa azul clara, más clara por el desteñido de haberla heredado de mi hermano, que la heredó del hermano mayor, que a su vez la heredó de algún primo que tal vez también la heredó.

Al cuello, siempre mal anudada, la pañoleta blanca y azul. Detrás de mí, mi madre. Ella detrás de unos espejuelos oscuros que le cubrían la mitad del rostro, los dos bajo el sol que esa mañana rebotaba implacable sobre el parque Maceo y sobre los otros tantos niños y sus mamás que se despedían para irse por una semana al campamento de pioneros de Tarará. A nuestras espaldas, el mar. Enfrente, al otro lado de la calle, la explanada enorme donde se acumulaban ladrillos y lomas de arena que muchos años después serían el Hospital Hermanos Ameijeiras.

Yo tenía ocho años, y no recuerdo que ningún otro niño de mi escuela se haya presentado. Así que tras el beso de mi madre, abordé junto a un montón de escolares de toda Centro Habana, a quienes nunca había visto, la Girón V (ómnibus que la gente llamaba “aspirina”, pues alivia, pero no resuelve) y partimos hacia el este de La Habana.

De esa experiencia, la primera, pero no la única, en la playa de Tarará, recuerdo pocos detalles, pero los recuerdo muy bien. Recuerdo la casa en que nos alojamos. Una típica casa de verano con techo de dos aguas, de muchos cuartos, y de muchos baños –donde quiera abrías una puerta y allí encontrabas otro baño, y otro y otro.

Yo, que mi idea del mundo –y de una casa– era la casa a medio hacer de mi familia –una casa oscura que inventó mi padre en lo que iba a ser el garaje de un edificio de cuatro plantas, con dos habitaciones y un baño que nunca fue azulejeado–, no dejaba de sorprenderme ante tantas puertas y ventanas y lo mejor: una escalera que conducía a la segunda planta de la casa, con otros cuartos y más baños y una terraza con vista al mar.

¡Una escalera adentro de la casa! Eso sí que no se me habría ocurrido jamás, y era algo que no dejaría pasar así como así, así que jodí y jodí hasta que la maestra designada a cuidarnos me ubicó en una litera de uno de los cuartos de la planta alta. Y una vez en aquella litera, luché y luché hasta que también logré que me asignaran la cama de arriba.

Eso fue una reparación histórica, justa y necesaria, pues en mi propia casa teníamos una litera, sí, pero nunca me tocó la cama de arriba, ocupada desde siempre por alguno de mis dos hermanos, pero nunca por mí.

Recuerdo también que a toda hora nos daban yogurt, y a toda hora también galletas dulces. Aún me tengo en la memoria, en una sala a la penumbra de una bombilla de muy pocos watts, cayéndome de sueño tras un día de mucha playa, haciendo fila tras los otros niños, mientras la maestra nos sirve el yogurt de antes de dormir.

La verdad es que de aquel viaje y de aquella semana no recuerdo mucho más. Salvo un detalle: un día pasaron por la casa preguntando si alguno de nosotros cumplía años ese mes. Tres o cuatro niños, no sé cuántos, levantaron la mano. Recuerdo que uno de aquellos niños se había hecho amigo mío, y yo sabía que él no cumplía años en agosto, sino en marzo, como yo. Él había levantado la mano por si acaso, para ver qué…

El caso es que los mandaron a bañarse y a ponerse el uniforme y al rato los vinieron a buscar, mientras al resto nos volvieron a dar más yogurt con galleticas, y después de la merienda nos llevaron al Anfiteatro, donde había música y payasos y globos de colores y allí fue que nos vinimos a enterar: ese día era trece de agosto, era el cumpleaños de Fidel, y Fidel estaba en Tarará y celebraría su cumpleaños con aquellos niños que cumplían años en su mismo mes.

De estas cosas me acordé el verano pasado, un día de julio, en medio del Acuario Nacional. Recorría las peceras con mi hijo de la mano, inventándole historias sobre las tortugas, los cangrejos y los caballitos de mar, retardando el momento de enfrentar la cola de la cafetería que suponía abarrotada, mientras Sebastián me preguntaba por qué no había allí ni un solo amiguito con quien jugar. Quisimos ver el show de los delfines, pero el lugar estaba cerrado a cal y canto y no encontré ni un empleado a quien intentar convencerle de que nos dejara pasar.

Ni un empleado, ni nadie. En todo el camino no nos cruzamos con una sola alma. Solo nosotros recorríamos aquellas galerías extrañamente vacías para unas vacaciones recién comenzadas.

Lo mejor, lo increíble, fue llegar a la cafetería y sorprenderme con las muchas ofertas a nuestra disposición, sin otro cliente con quien competir, sin una cola que hacer: todo fue ir, escoger tranquilamente lo que queríamos, y después sentarnos a la sombra a merendar.

Algo raro sucedía allí, y más me lo pareció unos quince minutos después, cuando aquel lugar, hasta entonces tan extrañamente vacío, de pronto se llenó de niños de la mano de mamá y papá que asaltaron la cafetería y colmaron las áreas de exhibición. Lo bueno fue que al fin Sebastián tuvo a mano un amigo para corretear frente a las peceras del acuario.

Un par de horas después, ya de camino a casa, el teléfono me comenzó a vibrar en el bolsillo, y al responderlo fue que me vino a la memoria, sin remedio, aquella tarde en Tarará: la voz al otro lado me anunciaba que Fidel –de quien hacía rato no se sabía nada– acababa de visitar el acuario.

Me sonreí al comprender lo raro del vacío que me había tropezado allí: el público disfrutaba del espectáculo de los delfines, y entre ellos estaba Fidel, aunque yo no me enterase. Por eso no vimos a nadie por ningún lugar hasta que el Comandante se marchó.

Ahora saco la cuenta y veo que, aquella tarde lejana en Tarará, Fidel estaba celebrando sus cincuenta años. Hoy cumple ochenta y cinco. Dos veces lo he tenido tan así de cerca, sin enterarme. Y ni falta que me hace, la verdad.

Que en este país usted da dos pasos y mira y ahí está Fidel, y no en los afiches que los burócratas se cuelgan en sus oficinas, sino en la obra real del día a día, en el médico de familia en la esquina de mi casa, en los niños –todos los niños– que cada día van a la escuela y ninguno a trabajar, en la universidad de la que me gradué de gratis y de la cual salí sin deberle un centavo a ningún banco, y en mi vida sencilla de cubano, casi siempre sin otra cosa en el bolsillo que mi carné de identidad.

Así que, ahora que Fidel cumple años, yo le digo –y no solo por su vida tan larga, sino sobre todo porque ha sido una vida con muchas más luces que manchas-: felicidades, Fidel; felicidades, Comandante.