lunes, 8 de septiembre de 2014

¡¡¡FELICIDADES, PATITA FELIZ!!!


 
Hace cuatro años, a esta hora que escribo, más o menos, cinco y algo de la tarde, me dijeron que no había “ni esta contracción”. Más tarde, como a las ocho, la situación era la misma, y el doctor de guardia me sugirió irme a casa, que el parto, por su experiencia, no se produciría. Que descansara. Que ya estaban programando  la cesárea para mañana.

Me fui a casa con la mochila a la espalda… ahí llevaba todo: la ropita para cuando Patricia naciera, las cremas, los pañales desechable, la ropa de la mama… qué se yo, solo sé que pesaba una enormidad, y con esa enormidad a la espalda crucé a paso rápido las calles entre Maternidad Obrera y mi casita.

Me pesaba en los hombros la mochila, pero más me pesaba en el corazón la posibilidad de esa cesárea. Ateo y sin bautizo como he vivido desde siempre, no sé cómo rayos se hace para hablar con Dios, pero aquí confieso que le hablo a mi manera a cada rato. Ese día le hablé, mientras atravesaba aquellas calles oscuras que no olvido. Le pedí, le pedí con todas mi fuerzas, con toda mi pasión, con el corazón entero, que se obrara el milagro del parto. Quería que la Paty naciera como es debido, que su mamá pasara los dolores del alumbramiento y la dicha enorme que supone ver a tu criatura en tus brazos después del acto valiente, valientísimo, de parir.

Llegué a la casa, puse un café, derramé alguna lágrima (toda mi vida entre La Lisa y Centro Habana no ha servido de nada: pese a ello, soy un hombre que llora, y orgulloso de ello), fumé un par de cigarros, y en medio de eso sonó el móvil… la voz femenina que me habló desde el otro lado, solo dijo: “Papá, ¿dónde está usted? Ya comenzó el trabajo de parto”.

Demoré menos en colgar que en salir corriendo por la avenida 41 de vuelta hacia el hospital. Llovía a cantaros. Corría por el medio de la calle y le hacía señas a todos los taxis que se me cruzaban, y hoy que revivo la escena entiendo a los taxistas: un tipo flaco, largo, medio calvo y pelúo a la vez, desgreñao, corriendo por el medio de la avenida, bajo el aguacero, empapado como un gato mojao, jadeante, no suena a ser el mejor de los pasajeros posibles.

Llegué al hospital, subí a la sala de parto, y mostré el certificado que acreditaba que había cursado el curso habilitante de papá que puede estar durante el parto. Me dieron la ropa verde (que me quedaba mal, pero eso no es algo nuevo, casi toda la ropa, del color que sea, me queda mal) y entré. Allí estaba Mytil, panzona, adolorida, comenzando por fin a ser mamá. Su primer gesto, el gesto con el que confirmé que esa mujer sobre la camilla sería una madre excelente, fue que me miró, me vio todo. mojado, y entre contracción y contracción, cuando el dolor le daba un respiro, me decía: “estas muy mojado, sécate, te empapaste en la lluvia, te vas a enfermar”.

Qué grande el alma de una mujer, que en ese momento, en tal trance, pensaba en mí, en un posible resfriado, cuando ella estaba comenzando y ya sufriendo la tremenda y terrible epopeya de su parto.

Tras mucha dura y larga batalla, tras mucho valor y mucho coraje de Mytil, vio la luz al fin Patricia, toda morada en sus manitos y sus pies, sin respirar aun, y con sus ojitos gris azules tremendamente abiertos. Ahí fue el corre corre de las enfermeras, el miedo de Mytil, las maniobras de los médicos, y yo contenido, sonriente para Mytil, diciéndole que no pasaba nada, que todo estaba bien, y por dentro, por segunda vez en menos de diez horas (todo un exceso para un ateo) hablándole, pidiéndole a Dios.

Así fue que, naciendo el día, a las cinco de la madrugada, ya la Paty estaba fuera de peligro y pegada al pecho de su mamá en la sala de recuperación. Entonces me fui a casa, a descansar un par de horas, y al rato, serían menos de las nueve de la mañana, estaba de vuelta en el hospital, a cargar a mi hija, a tenerla en mis brazos, a besar a su mamita que tan fuerte y tan valiente se portó.

Pasaron cuatro años, y hoy la Paty se la pasa pintando con los pinceles, bailando, cantando por los pasillos de la casa, queriendo ser princesa, ser sirena, ser bailarina, queriendo tener alas de mariposa en su espalda, tener unos tacones rosa.

Tan bella mi hija que ahora cumple sus cuatro años. Tan dulce como tan cabezona. Tan de la manera que tanto me gusta. Y tan fuerte y tan feliz, siempre feliz, sonriente, con sus ojitos pícaros, su malcriadez que me reblandece los huesos, sus besos que llevo conmigo siempre dentro de mí.

Aquí me tienes, Paty, Patita, Patica, Patricia de tu papá. Y aquí tienes mi amor que no ha de faltarte nunca. Felicidades, Patuti. Te ama, papá.

miércoles, 23 de julio de 2014

EL ENCAJONAMIENTO DE HOY


 
 
Ernesto Pérez Castillo
 
Hace calor en La Habana, mucho, mucho con demasiado. Más calor hace, y más me recuerdo de niño, frente al televisor en la casa de mis abuelos (entonces ni televisor teníamos en mi casa) mirando el parte del tiempo, en los finales de los setenta, hace apenas treintipocos años. Entonces, cuando el Licenciado Rubiera anunciaba las temperaturas para el día siguiente, si llegaba a la osadía de pronosticar 30 grados de calor, todo el mundo se espantaba, y mi abuela la primera, que de inmediato agitaba más y más su abanico de mano, para refrescarse por adelantado.

Ahora, noche por noche, y todavía muchas veces el eterno Rubiera (que ya es Doctor) nos anuncia 34, 35, 36 grados de temperatura, como si tal cosa, como si con nosotros no fuera…

¿Cómo es posible que nos jodan el mundo, nos lo descuajeringuen, nos lo pongan de vuelta y vuelta ante nuestras narices, y no nos haga pensar, que más que pensar, habría que hacer algo?

Así, con la misma calma con que hoy vemos arder el clima, noche a noche en la televisión, así mismito fueron por sus propios pies, respondiendo a una citación, los judíos a los mataderos nazis de la segunda guerra mundial.

Eso vale para todo. Y es terrible.

Por hoy es suficiente, al menos hasta que el encajonamiento se me pase.

 

martes, 29 de octubre de 2013

LOS COHETES NUCLEARES DE EL NUEVO HERALD


 
Ernesto Pérez Castillo
 
Amaneciendo una mañana de octubre de 1962, y a punto de comenzar la Crisis de los misiles que puso al mundo al borde del hasta aquí las clases, mi padre –un sargento de diecinueve años– comandaba el camión líder de una caravana artillada del ejército que avanzaba por una carretera perdida.

De pronto mi padre clavó la vista en un Buick azul marino atravesado en medio de la vía, con las puertas abiertas. Con una palabrota –conozco a mi padre, debió decir: me cago en el copón divino, o: me cago en la virgen puta–, ordenó detener la marcha del camión, y con ello la de toda la caravana, descendió y avanzó a grandes pasos, nerviosamente, sudoroso ya, hasta el automóvil.

El chofer del Buick seguía al volante, impasible, pero su acompañante, una mujer panzuda por un evidente embarazo de más de siete meses, sonreía al sargento que se les acercaba gesticulando y soltando coños y carajos.

Nueve pingas y veintisiete cojones después –el conteo no es exacto pero es proporcional: como buen revolucionario, mi padre tiraba tres cojones por cada pinga que soltaba–, la embarazada se refugió dentro del auto a las carreras, el Buick se apartó del camino y la carava militar siguió su marcha hacia el emplazamiento de los RD-12 soviéticos que debía custodiar.

Cuando el oficial a cargo supo –por un chivatazo– del maltrato que aquel sargento mal genioso le propinó a una embarazada indefensa que se tropezaron de casualidad en el camino, le suspendió en el acto el pase de fin de semana. Mi padre cumplió su castigo con rigor.

En verdad lo de la suspensión del pase le daba igual, pues llevaba más de cinco meses sin pase ninguno, desde el comienzo de la Operación Anádir, como bautizaron los rusos a la misión secreta destinada a desplegar cohetes nucleares en la isla. Es más, el castigo le quitaba un peso enorme de encima, pues el mando no se había enterado de lo importante: el chofer del Buick era mi abuelo, la embarazada era mi madre y quien estaba en su panza era mi hermano mayor.

Si todo ello llegaba a saberse, a mi padre el asunto le habría costado mucho más que otro fin de semana retenido sin pase en la guarnición, pues la pregunta era: ¿cómo rayos supo mi madre la ubicación súper secreta de las unidades soviéticas?

El presidente John F. Kennedy necesitó que un avión espía sobrevolara la isla –cosa para esa época hacían cada vez que le venían en ganas, hasta que le bajaron a tierra el primer U-2 hecho mierda– y le fotografiara los cohetes para tener la segura certeza de que en Cuba se estaban emplazando armas nucleares rusas.

A mi madre, en cambio, le bastó con empatar los cabos sueltos de los chismes de barrio sobre el montón de camiones enlonados que avanzaban en medio de la noche, con todas las luces apagadas, por aquí y por allá. Así ubicó a mi padre, a quien tenía ganas de ver antes de dar a luz.

De todo eso acabo de acordarme ahora, al abrir la portada digital de El Nuevo Herald y cagarme de la risa con su tremendo titular:Expertos de la ONU analizan en Cuba caso de armas nucleares”.

Ese titular –no lo busque, ya le dieron un cocotazo al redactor y al editor y a malanga por estar comiendo mierda, y lo arreglaron–, que estaba en portada y que se repetía en su sección Cuba, refleja el automatismo y la mala leche con que los del lado de allá analizan la realidad cubana, en la que ven lo que quieren ver, y lo que quieren que se vea, pero nunca la verdad.

Lo peor, o lo mejor, o al menos lo más cómico es que han publicado ese tremendo disparate sobre supuestas armas nucleares en Cuba, justo hoy, 29 de octubre, exactamente cincuenta y un años después de que Nikita Jruschev comunicara a Fidel Castro que se había puesto de acuerdo con los Yumas pa llevarse sus cohetes pa casa de la pinga.

jueves, 12 de septiembre de 2013

LOS CINCO: QUINCE AÑOS


 
Los cinco están presos porque dos y dos son cuatro. Porque el quilo no tiene vuelto. Porque está brava la mar. Y digo los cinco porque Rene, bien que lo sé, seguirá tan entre rejas como sus hermanos mientras ellos sigan allá, del otro lado, lejos muy lejos de donde hace mucho debían estar.

Hoy ya se cuentan en quince los largos años de prisión y la marea no baja. Un día contado detrás del otro, con sus noches, sus veranos, sus navidades, sus pascuas y san juanes, su derecho y su revés.

Presos políticos son, y peor: prisioneros de guerra, en una guerra descarada y brutal del poderoso contra el cabeciduro que no quiere entrar por el aro, e insiste en dar la cara y caminar sobre sus propios pasos.

Así es y así será.

Más tarde o más temprano, y más temprano que tarde, habrá de imponerse la razón. Esto es: la vida.

martes, 23 de abril de 2013

VENEZUELA: LA VICTORIA MÁS IMPORTANTE

Ernesto Pérez Castillo

La oposición venezolana acaba de perder, y al menos en el caso de Capriles esta derrota es para siempre. Porque después de dos años haciendo bulla de punta a cabo, con los billetes chorreándole de los bolsillos, ha sido vencido en las urnas por una campaña chavista hecha a las carreras en apenas quince días.

Pero esa, la victoria electoral del ya presidente Maduro, estaba cantada y en lo personal es la que menos importa. La gran victoria, la victoria estratégica, la batalla que no se podía perder, fue la que se dio una vez anunciado el resultado por el Consejo Nacional Electoral.

Ahí, como era de esperar, Capriles Radosnsky desconoció el resultado, se mesó las barbas y llamó a sus seguidores a desatar la “arrechera” con toda su furia. Ese fue el momento en que todo se decidió, para él y para los suyos.

¿La furia y la frustración de los opositores en que se convirtió? ¿En protestas pacíficas? No. Actos vandálicos, brutales, provocadores. Nueve muertes, nueve, costó al pueblo venezolano el llamado de Capriles. Los nueve eran personas trabajadoras, humildes. Ninguno iba armado, ninguno era policía, ninguno era un militar.

Los seguidores de Capriles, ¿asaltaron alguna estación de policía, tomaron aunque sea un cuartel militar –¿uno solo, uno solito?–, o incendiaron por lo menos un banco? No, que con eso no se juega. En su lugar, asediaron a varios funcionarios del estado en sus casas, dispararon contra el pueblo, y atacaron varios centros médicos.

¿Cómo es posible que un centro médico sea un objetivo de guerra? Ello solo cabe en la mente de aquellos que no reconocen el derecho de la gente a la atención médica gratuita, ni ningún otro derecho.

Capriles y los que le dan cuerda –que son otros y están muy lejos– perdidos como se sabían de antemano, ya habían tramado todo de mucho antes. Sus acciones violentas no pretendían echar abajo al chavismo, o no a corto plazo. Sus intenciones eran otras muy otras. En un mundo que se pelea a noticias antes de desembarcar a los marines, la estrategia era la misma que ordenaba el amarillista William Randolph Hearst: “ponga usted las imágenes, que yo pongo la guerra”.

Los chavistas, con Maduro al frente, llamaron a la paz, a la concordia, y a no dejarse provocar. Y sus seguidores hicieron caso. Ahí derrotaron la intentona de la derecha, que no es derecha y ni siquiera ultraderecha, sino fascistas mondos y lirondos.

Así impidieron el objetivo irracional de la oposición: que se desatara la violencia, que hubiera represión, que hubiera batallas callejeras, que se dispararan las armas y que –¡oh, objetivo final!– se dispararan los flashes de la prensa… una imagen, todo por una imagen. Una imagen para después desatar el armagedón.

En una de sus recientes alocuciones, el presidente Maduro preguntaba: “¿qué hubiera pasado si le hubiéramos dicho al pueblo que se lanzara a la calle?” Yo sé lo que hubiera pasado: el festín de la prensa, la gran prensa que no es sino la primera línea del frente, tras la cual avanzan los drones, los infantes y los tanques made in usa.

No sucedió porque esta vez fue el enfrentamiento de los que aman y construyen con los que odian y destruyen, no sucedió porque esta vez fue la lucha entre la inteligencia y la barbarie. No sucedió porque son los buenos los que ganan a la larga, y esta vez, en Venezuela, los pobres volvieron a ganar.

miércoles, 3 de abril de 2013

PARA LOS NEGROS, LA REVOLUCIÓN NO HA TERMINADO, NI PARA NADIE DE ESTE LADO


Ernesto Pérez Castillo

Leo, con estupor, a Roberto Zurbano en el New Yok Times. Y no por lo que dice, que ni es mucho ni es nuevo, y ni siquiera por lo que no dice, sino por lo que debiera haber dicho y no quiso o no se le ocurrió. Otra oportunidad perdida, otro más que muerde el polvo.

Después de un titular tan tremendo, “For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn’t Begun”, uno se esperaría cualquier otra cosa, y sobre todo una cosa estremecedora, para entonces darse contra la realidad de más y más de lo mismo, incluso más de los mismo que ya leyó en el mismísimo Granma alguna vez. Para nada, en el Granma y en Zurbano.

Porque, hablando en serio, para meterse en el tema del racismo dentro de la revolución, habría, debería haber ido él a las raíces. ¿Qué pasó con los negros en la Cuba de 1959, y de ahí en adelante? Un cambio, un cambio enorme, un cambio trascendental, sí, pero un cambio fuera de foco. Pero un cambio.

La revolución cubana, mal que nos pese, no la hizo Jean Paul Sartre ni Herbert Marcuse, y en verdad no sé qué revolución habrían hecho ellos. En esta islita la revolución, salvo los cuatro gatos de más alante (Fidel y Raúl entre ellos) la hicieron un montón de guajiros analfabetos, y no podía ser de otra forma en un país que reconocía oficialmente una tasa de analfabetismo de más del sesenta por ciento de la población.  Y esos guajiros brutos no solo hicieron la revolución que podían, sino que, como alguna vez confesara el comandante, hicieron una revolución más grande que ellos mismos.

Y todo lo bueno y lo malo tiene que ser visto bajo esa luz, luz que no alcanzó a Zurbano. En mi opinión, que es desde todo punto de vista completa y absolutamente irrelevante, el gran pecado, la asignatura por mucho tiempo pendiente de la revolución frente al conflicto racial fue la pretendida igualdad. Que sí, que si usted mira con calma y sangre fría para atrás, y así me lo parece a mí, verá que todo se basa en un mal entendido tenaz y persistente: cuando se decretó de facto la igualdad racial no se estaba decretando que negros y blancos eran iguales, sino, cosa terrible, que los negros eran, y debían ser, iguales que los blancos. O sea, que los negros, por obra y gracia de la revolución, no solo tenían derecho a todo los derechos que tuvieren los blancos, sino por, sobre todas las cosas, los negros tenían el derecho de ser blancos. Y con ello también, sino la obligación, al menos el deber.

Es complicado, lo sé, y es tema para alguien con más luces que yo. Pero, por ahí van los tiros. Si bien de pronto los negros tenían derecho a asistir a las mismas escuelas que los blancos, a acceder a los mismos empleos que los blancos, a compartir las mismas playas y el mismo sol sobre la arena que los blancos, lo grave, lo que nunca se les concedió de jure, para decirlo mal y rápido, fue el derecho a seguir cantando sus canciones, a seguir bailando sus pasiones, y a seguir orándole a sus divinidades. O sea, lo que nunca se debatió ni se planteó sobre el papel, en blanco y negro, fue el derecho de los negros a ser negros.

A mí, que soy blanco, blanquísimo, requeteblanco, me he habría encantado oírle decir algo así a Zurbano, y no la matraca de la desventaja que sufren en un paisito tercemundista y descarriado los negros, como si solo ellos fueran los de abajo.
Porque es que el cuento que Zurbano cuenta yo ya me lo sé, y me lo han contado de lado y lado. Pero, cuando él pierde el pie, deja por completo de tocar el fondo y comienza a boquear desesperado es cuando, reconociendo primero la salud y la educación gratuita y luego la hornada de ingenieros y maestros y doctores que salieron de entre los negros, y también de entre los negros de mi barrio, da un salto de cuarenta-cincuenta años y descubre, oh, que los negros frente a los cambios en la economía y en la vida cotidiana tras el gobierno de Raúl, están en desventaja.

Para demostrar su punto, a Zurbano –a quien el New York Time minimiza presentándolo apenitas como un “editor and publisher of the Casa de las Américas publishing house” y que en verdad es ni más ni menos que el Director del Fondo Editorial de esa institución que para las Américas y para el Caribe tanto y más ha dado, o en otras palabras: Zurbano es un negro muy pero que muy bien empoderado- le bastan unos pocos, para no decir pobres, ridículos ejemplos: los negros tienen las peores casas y por tanto no podrán hospedar a nadie ni aspirar a crear en ellas cafeterías ni restaurantes.

El caso es que reducir los cambios que los últimos años han traído para la isla y su gente, a comprar un teléfono móvil o vender su auto (cosa que de momento muy pocos harán, ya sean negros o blancos) es trivializar mucho y con muy mala leche el montón de transformaciones justas casi todas y casi todas necesarias que el gobierno de Raúl ha implementado.

No sé, de verdad no sé, cuántos nuevos negocios de carácter privado son regenteados por negros, y quizá, no sé, tal vez es algo que Zurbano haya previamente estudiado. Pero tampoco sé cuántas de las hectáreas de tierras ociosas que han sido entregadas a particulares para hacerlas productivas, y que no menciona Zurbano, han ido a parar a negras manos. Tampoco creo que lo sepa Zurbano. Él se concentra por lo pronto en el tema de las  casitas de alquiler y los pequeños restaurantes citadinos.

Al parecer, Zurbano acaba de descubrir con horror que, en los nacientes negocios particulares de la isla, los negros tienen pocas oportunidades. Esto es, que en la mínima, estrechísima franja de capitalismo que descuella, los negros van en desventaja. O sea, generalizando, que en el capitalismo los negros son discriminados. ¡Felicidades Zurbano, has dado en el clavo! Tarde, pero vale tres.

Sinceramente, uno esperaba más. Del New York Times y de Zurbano. Que encima, para decir lo suyo con ella o sin razón, no había que andarse refritando el verbo tan deslucido y añejo de nombrar a Fidel y a Raúl como “los castros”, ni como otros tantos, tan en balde y tan copiando, apostarlo todo, de nuevo, otra vez y otra vez, al final de los castros.

 

domingo, 2 de diciembre de 2012

SIRIA, LA PUESTA EN ESCENA / CUBA, EL ENSAYO GENERAL


Ernesto Pérez Castillo

De pronto una mañana, caminado por la calle 60 hacia el mar, tuve una epifanía, una iluminación, un alumbrón de esa pequeña bombilla que todos llevamos todo el tiempo agazapada en la cabeza.
Y es que iba al paso, al pasito, pensando en todas las boberías que piensa uno cuando aun no acaba de amanecer y hay silencio en los barrios –salvo alguna que otra cafetera que borbotea demasiado cerca de esa ventana– y el alumbrado público se va despidiendo hasta la noche.
Así caminaba, incorregiblemente cabizbajo como siempre, y entonces fue que la idea me sorprendió. La idea primero, la reflexión sobre la idea después, desde el viernes y hasta la noche de este domingo que termina tan calmo.
Era simple: en Siria está sucediendo –están haciendo que suceda– lo que no lograron que pasara en Cuba. En Damasco ahora mismo explotan bombas en los supermercados, en los hoteles de La Habana explotaron bombas parecidas en los noventa y tantos.
A todas luces, no son sirios los que ponen las bombas en Siria, como no eran cubanos los que trajeron las bombas a la Isla. En ambos casos, los sicarios fueron contratados en países vecinos, mercenarios que reciben su paga, si la reciben, a tanto por estallido.
Si abre usted la prensa –la prensa del mundo, digo– de Siria cuando no se habla mal es porque se va a hablar peor, como solo se habla peor y mal sobre Cuba en esas mismas primeras planas. Y los que mal escriben reciben también su paga para ello. No es que esté de más decir lo malo, es que es de mala leche decir lo malo solamente. Y una canallada mentir cuando lo malo no les alcanza o no les parece suficiente.
El guión es el mismo, un calco al carbón, palabra por palabra. Le han llamado “primavera árabe”. No hay que esforzarse mucho para recordar cuánta publicidad se gastaron en aquello de la “primavera negra” en el caso cubano.
 En Siria, y para colmo de casualidades, tuvieron incluso su “bloguera disidente”, una muchachita joven y lesbiana –así se presentaba– que posteaba desde Damasco. Amina Arraf Abdallah al-Omari lanzaba sus escritos y toda la prensa occidental la replicaba, y grande fue el alboroto mundial cuando se denunció su secuestro a manos del gobierno sirio. Su imagen apareció entonces en todos los diarios, y ni uno solo se disculpó con sus lectores cuando la croata Jelena Lecic se reconoció en la falsa foto de Amina que todos los medios publicaron.
Porque la bloguera Amina Arraf Abdallah al-Omari nunca de los jamases existió. Era solo un personaje construido por Tom MacMaster, un norteamericano cuarentón, residente en Escocia, que nunca aclaró por qué le había tomado el pelo a medio mundo.
En La Habana, ya se sabe, construyeron también a su bloguera, y se han gastado que sé yo cuántos miles o millones para convertir esa tomadura de pelo en una ventana.
Así son de simples y de repetitivos. Pero, ya lo dijo Martí, los buenos son los que ganan a la larga.

lunes, 22 de octubre de 2012

FIDEL VIVO Y TODO LO DEMÁS


Ernesto Pérez Castillo

Son ya tantas las tantas y tantas veces que mataron y mataron y volvieron a matar a Fidel –como decía mi mamá: si no es un récord es un buen average– que el día que Fidel muera de verdad no me lo voy a creer hasta que él me lo confirmé, personalmente y por escrito, de su puño y letra.
Y con todo, conservaré la duda, no sea que sea otro chiste suyo, que no han sido muchos, pero han sido muy buenos, como aquel en el estadio Latinoamericano, cuando disfrazó de ancianos a los más estelares peloteros cubanos del momento, para ganarle de todas todas el partido a Chávez.
¡Así que Fidel ha vuelto a ganar!
Es que los malos no aprenden: la mentira tiene patas cortas, si las tiene.
Y Fidel tiene una vista muy larga.
Y todo lo demás

sábado, 6 de octubre de 2012

FUTBOL: CUBA CAMPEÓN DEL MUNDO



 Ernesto Pérez Castillo

Llevo tiempo diciendo que el día en que, por el milagro que sea, una selección cubana logre clasificarse aunque sea a último minuto para un mundial de fútbol, la Isla será campeona y nuestros jugadores traerán la copa a casa. Lo que yo ni nadie podrá vaticinar es cuántas gallinas nos costará eso.
De todas maneras, el día viene llegando, y acabo de verlo con mis propios ojos. El viernes, como cada viernes, busqué a Sebastian en su escuela –revisamos juntos la mochila para que no olvidara nada, me contó que otra vez almorzaron chícharos y spaghettis blancos, me mostró su merendero vacío para convencerme de que no había dejado nada aunque compartió algo, conversé un poco con su maestra que me citó a un trabajo voluntario el sábado– y salimos por fin después de tantos días de lluvia hacia la cancha de fútbol.


 Al llegar el entrenamiento ya había comenzado y él tuvo que calentar solo y a las carreras para incorporarse. En un rato ya estaba intentando patear la pelota con el empeine, cosa que jamás logró. Teóricamente, sabe lo que debe hacer, incluso sabe qué rayos es el empeine, pero en la práctica sigue pegándole al balón como Juana, con la punta del pie.
No importa, no creo que Sebastian resulte futbolista, ni es la idea. La cosa es que corra y que respire al aire libre de La Habana, que juegue y sea feliz en esa cancha de fútbol anegada por los aguaceros de las últimas semanas, rodeado de tantos Ronaldos y Mesis y Casillas de completo uniforme.

 
Esos otros sí que se lo toman a pecho, ellos y sus padres. Los niños –el mayor tendrá unos nueve años–, toda vez que comienza el partido, corren con la boca abierta detrás del balón mientras los padres se desgarran la garganta alrededor, gritando instrucciones, regañando o aplaudiendo, como si estuvieran en el Bernabeu y en el juego les fuera la vida, en tanto que el profesor Raul pita y pita cada falta como el más celoso de todos los árbitros.


 Y de ahí, de una de esas canchas de medio pelo, de uno de esos juegos de esquina, saldrán nuestros campeones. El viernes lo vi. Pasará el tiempo y una tarde, tal vez no tan lejana, veré en la televisión el partido en que nos coronaremos, y Sebastian estará a mi lado recordando este viernes dichoso y compartiendo conmigo feliz una cerveza.

miércoles, 29 de agosto de 2012

CARTA DE ALICIA ALONSO AL PINTOR AGUSTÍN BEJARANO


Alicia Alonso y Agustín Bejarano ante un cuadro del artista dedicado a la Prima Ballerina Assoluta y Directora del Ballet Nacional de Cuba.

jueves, 9 de agosto de 2012

UNO, DOS, TRES: HIROSHIMA OTRA VEZ


Ernesto Pérez Castillo

Con apenas una bomba, el 9 de agosto de 1945 murieron en Nagasaki 70 000 personas. Esas fueron solo la mitad de las 140 000 que habían muerto tres días antes en Hiroshima.
Cuando cada año la televisión muestra el ceremonial en recuerdo de las víctimas, todo el mundo se conmociona. Y respiramos aliviados: que se sepa, ninguna otra bomba atómica ha sido detonada desde entonces sobre la población civil.
Sin embargo, muy poco después de la masacre norteamericana en Japón, durante la guerra en Vietnam, perdieron la vida 830 000 vietnamitas. Eso son casi cuatro veces el número de muertes registradas entre las dos ciudades niponas.
Y para una cifra reciente, y peor, se puede acudir a la última invasión norteamericana a Irak, donde el conteo de civiles asesinados supera el millón de personas.
Con todo, eso no es nada. Según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, cada día (¡CADA DÍA!) mueren de hambre y pobreza 25 000 personas en este mundo. Y esa era la cifra de 2004.
Así de terrible: cada tres días se repite, silenciosamente, el genocidio de Nagasaki. Cada diez días 250 mil personas (muchas más que las de Hiroshima y Nagasaki juntas) son asesinadas por el resto que come y olvida, o come y no se interesa, o come y lo ignora.
La cifra de muertes por hambre, en un solo año, equivale al lanzamiento sobre la humanidad de 65 bombas atómicas como la de Hiroshima, o de 130 bombas atómicas como la de Nagasaki. Cada año, año por año.
Pero esos muertos, que son tantos, no tienen jamás un ceremonial solemne, ni nunca los recuerda la televisión.


viernes, 20 de julio de 2012

RENÉ GONZÁLEZ Y EL TIGRE RAYADO


Ernesto Pérez Castillo

Dicen que una raya más al tigre no le hace, pero en el caso de los cinco cubanos las rayas no escampan. Son tan seguidas, son tan negras y son tan tantas, que ya el tigre no es más tigre sino una pura mancha redonda, enorme, oscura y cerrada.
Un hueco, un hueco negro –un hueco que mejor que nadie conocen en su propia carne, Gerardo, Antonio, Ramón, René, Fernando–, un hueco negro que todo lo devora, que toda luz apaga, una garganta que todo se lo traga. Solo que ellos son el hueso duro que se atraviesa, la espina de pescado que se clava.
Sus perseguidores no se cansan. Y es que han apostado mucho en la jugada. Este es un año de elecciones, pero el otro será un año de ganancias, y siempre habrá una excusa, siempre tendrán a mano alguna trampa. No tendrán siquiera el cuidado de la sutileza, sino que harán y desharán a cara destapada, como en el reciente caso de las visitas legales y consulares a Gerardo, con el autorizo del Departamento de Estado (por delante) que luego una mano desaparece del buró del carcelero (la misma larga mano del State Department, por detrás).
Si escandalosa resulta la reiterada violación de los derechos de Gerardo, más que escandalosa, resulta perversa la estrategia aplicada contra René González, quien ya cumplió tras las rejas su condena, día por día, cana por cana.
René, después de trece años de cárcel, debe cumplir otros tres años de libertad supervisada, una accesoria sobre la cual la propia Corte Suprema ha dejado claro que: “El Congreso intenta que la libertad supervisada asista a los individuos en su transición hacia la vida comunitaria.” –United States v. Johnson, 529 U.S. 53, 59 (2000).
Sin embargo, esos tres años de libertad supervisada se le impusieron a René justo para todo lo contrario, pues contra toda lógica son el estorbo que le impide reintegrarse plenamente a su comunidad, a su barrio, a su gente, a su familia: a su casa. Así se socava, con alevosía, el propósito de dicha libertad supervisada.
Encima, una de las trece condiciones estándar de libertad supervisada impuestas a René, reza que “debe de apoyar a los familiares que dependen de él y cumplir con otras responsabilidades familiares”. Poco y mal podrá nadie ayudar y cumplir ninguna responsabilidad familiar, si se le retiene y obliga a permanecer lejos de sus padres, de su esposa, de sus hijas. Si se le mira bien, a todas luces René estaría incumpliendo esa condición, lo cual constituye una violación de las condiciones de su libertad, y por ello podría volver tras las rejas.
Durante todo el proceso, el gobierno y el sistema de justicia norteamericano han reconocido plenamente su ciudadanía cubana. Basta como evidencia de ello el que le hayan permitido la asistencia consular. Incluso, la mala prensa que el gobierno pagó para demonizarlo –a él y a sus compañeros– mientras duró la farsa judicial, insistió una y otra vez en calificarlo como un “espía cubano”.
 Entonces, si es un cubano y hasta ha declarado su disposición a renunciar a la ciudadanía norteamericana, ¿por qué se le impide regresar a su país, toda vez que ha cumplido íntegramente su condena?
Mientras René permanezca en territorio norteamericano, su vida correrá peligro. Y quizá es por ello que se le obliga a estar allí. Ese es un plus, un bonus track, una condena más después de su condena.

miércoles, 18 de julio de 2012

NO SON NOTICIA TRECE MUERTES POR TUBERCULOSIS EN MIAMI, PERO TRES POR CÓLERA EN CUBA LLENAN PORTADAS

      José Manzaneda
www.cubainformacion.tv

En el estado de Florida, EEUU, se ha producido el peor brote de tuberculosis de los últimos veinte años, que hasta la fecha ha provocado la muerte de 13 personas (1).
Ya en febrero el Centro Nacional de Control y Prevención de Enfermedades alertó sobre el aumento de casos de tuberculosis al gobernador del estado, Rick Scott. Pero éste –curiosamente, un antiguo propietario de clínicas privadas (2)– no atendió a la advertencia y siguió adelante con su programa de recortes presupuestarios, que incluían el cierre del único hospital público del estado para pacientes de tuberculosis.
Pero, a pesar de las 13 personas fallecidas, salvo algún medio escrito local, los canales de televisión, las tertulias de radio y los grandes diarios de Miami apenas han informado del asunto (3).
Quizá sea porque, desde hace días, han centrado su atención en el brote de cólera en Cuba que, según la Organización Panamericana de la Salud, ha causado 3 muertos, adultos mayores con antecedentes por enfermedades crónicas (4).
La desproporción informativa es bien llamativa: una búsqueda en Internet en un solo día, el 13 de julio, ofrecía dos textos sobre la tuberculosis en Florida, por 480 sobre el cólera en Cuba (5). 
Los grandes medios de Miami están llevando a la población el mensaje de que el cólera está fuera de control en toda Cuba y el contagio masivo en Miami es inminente. La congresista de ultraderecha Ileana Ros Lethinen, en una nota reproducida por todos los grandes medios, lanzaba una advertencia: “Los viajeros a Cuba deben estar alertas porque la dictadura cubana no está informando con objetividad de la gravedad de la situación y pudieran contagiarse con la enfermedad” (6). El Nuevo Herald de Miami mentía sobre las cifras: hablaba de 15 muertos y reproducía todo tipo de rumores e inventos de supuestos “periodistas independientes” de la provincia de Granma, que certificaban “más de mil y pico de casos” de personas contagiadas, así como de condiciones “caóticas” en los hospitales, que estarían –supuestamente- “clausurados por agentes de seguridad decididos a controlar la información” (7).
La campaña es tan brutal que, hasta medios habitualmente hostiles a Cuba, como el diario español El Mundo, han denunciado la manipulación informativa de sus homólogos de Miami (8).
Según diversos analistas, el objetivo de esta campaña de pánico es afectar la campaña turística de verano, una de las principales fuentes de ingresos de Cuba y, sobre todo, el flujo de migrantes cubanos en EEUU que, en un número cercano a 400.000, visitan su país de origen cada año (9). Finalmente, dos de las obsesiones de la ultraderecha “anticastrista”: intensificar la asfixia económica a Cuba y obstaculizar cualquier acercamiento con la Isla, incluido el familiar.
En el año 2010, recordemos, se desencadenó una epidemia de cólera en Haití, con el resultado de más de 6.000 muertos (10). Pero, a pesar de existir cuatro vuelos diarios entre Puerto Príncipe y Miami, el mismo número que entre La Habana y Miami, y de que se detectaran 15 casos de contagio en esta ciudad de EEUU, ninguno de los políticos o medios citados lanzó los actuales mensajes de alarma social (11).
Hay que recordar que fue la brigada de solidaridad médica cubana la que consiguió –entre otros actores- parar la expansión del cólera en Haití, donde llegó a atender al 40 % de la población afectada (12). Por ello, que organizaciones de Miami dedicadas a sobornar a médicos cooperantes para que abandonen la brigada cubana en Haití y se refugien en EEUU (13), ahora ofrezcan una supuesta ayuda médica “solidaria” a personas afectadas por el cólera en Cuba, resulta casi cómico (14).
En Cuba, todo el sistema sanitario, junto a los actores sociales comunitarios, trabajan intensamente para detener el brote. Los medios de comunicación, que han sido criticados en la Isla por su respuesta tardía (15), están informando a la población, haciendo especial énfasis en las medidas preventivas de limpieza (16). Y en determinadas localidades se están distribuyendo masivamente materiales de higiene a la población (17).
Mientras, en Miami, los campeones de la libertad de prensa siguen sin informar sobre la suerte de los centenares de afectados por la tuberculosis. Quizá porque, en su mayoría, son solo personas sin hogar, reclusos y hasta pacientes psiquiátricos (18).