miércoles, 1 de julio de 2009

COMPOSICIÓN CON INTRODUCCIÓN, NUDO Y DESENLACE (II Parte) Por Ernesto Pérez Castillo

NUDO
Claro que Yeslandi tenía un problema. Yeslandi Mengano era un palestino. Decidió venir pa Labana, con el sueño de meterse a pinchar en el Contingente Blas Roca Calderío, cuando la Empresa Municipal de la Goma y sus Derivados, donde se dedicaba a la producción de zapatos de plástico y juntas para cafeteras y ollas de presión, cerró sus puertas (en sentido figurado, porque en la realidad ya ni puertas le quedaban) a los quince días de empezado el Período Especial (y ese sí que es Primera Especial A).
Y logró que lo admitieran en el Blas Roca. Lo malo fue que en ese Contingente Yeslandi se encontró con algo inesperado y nunca visto en su larga trayectoria laboral: allí había que trabajar. Y desyerbar bajo el sol aquellos surcos de yuca que iban de aquí a casa de la yuca no era jamón. Y decidió que pa campesino se hubiera quedado en Sagua. Y se buscó otra pincha en la construcción, pero no en un Contingente, no fuera que fuera a caer en el Contingente que construye los pedraplenes, y le tocara tirar piedras desde Batabanó hasta la Isla de la Juventud.
En la construcción le fue mejor. Estaban construyendo un doce plantas. Llevaban doce años construyéndolo. Y, al ritmo a que iban, pasarían otros doce años antes que la dirigencia revolucionaria decidiera que para ese 26 de Julio había que terminar el edificio.
Y Yeslandi, que tenía una concepción temporal diferente a la que ostentaba la dirigencia revolucionaria, aprovechaba su tiempo: con un saquito de cemento por aquí, unos ladrillitos por allá, unas cabillitas de acuyá, se fue haciendo su casita, modesta, con su jardincito, su portalito, su salita, su comedorcito, su cocinita, cinco cuarticos (dos en la plantica baja y tres en la de arribita), cinco bañitos (a uno por cuartico) y una terrazita con su vistica al mar.
Esa fue la primera vista al mar que tuvo Yeslandi, que había nacido en el monte, y no bajó de las lomas sino para coger el tren regular que lo trajo a Labana. De hecho, la primera vez que vio el mar fue porque el atraso de la construcción del doce planta se debía a que tenían todos los materiales, menos arena. Eso frenaba al doce planta, y frenaba la casita de Yeslandi. Y Yeslandi se fue a la playa a buscarse arena fina.
Y cerniendo los dos o tres camioncitos de arena fina, se encontró algunas monedas. Doscientos treinticuatro dólares, en monedas de 25 centavos, de a diez, de a cinco. Un ventiladorcito de techito en cada cuartico, si no se hubiera tomado las doscientas treinticuatro cervezas de latica que se tomó.
De ahí le vino la idea. Terminó la casita (más o menos, le faltó repellar por dentro y por fuera, azulejear los bañitos, conseguir dos lavábamos y tres tazas de inodoro, poner un tanque de agua y en general la instalación hidráulica completa, por eso volvió a la playa, no por arena fina sino ya usted sabe) y se convirtió en buzo de orilla.
Aunque ya la cosa no daba patanto. Que no es lo mismo cernir un camioncito de arenita en el patio de tu casita, que jamarse 27,52 kilómetros de playa, del Mégano al rincón de Guanabo, día por día, bajo el soletazo. No se puso negro en esa vuelta, porque a un pichón de un haitiano no lo pone más negro nada en esta vida.
Ahí se enteró de la existencia de los buzos porcinos, y calculó que, si la gente podía criar un puerco en el baño de su casa, él bien podría criar cinco puerquitos en los cinco bañitos de su casita.
Y mira tú, le iba hasta bien. Y también le iba que hasta le hacía falta ayuda, y le escribió a su primito Yanuary invitándolo a trabajar con él. En cuanto Yanuary recibió la carta recogío todo (el pantalón que le quedaba del servicio militar, las botas de agua de la escuela al campo, ahora convertidas en chancletas, y un pulóver de Vrus Li que no se había estrenado nunca, esperando su primera visita a Labana, y que se había robado cinco años atrás de una tendedera (la de su vecino) y partió.
Cuando Yeslandi lo recogió en la terminal de trenes ya la cría de puerquitos prosperaba, y luchar por los tanques de basura estaba siendo una tarea durísima, con tremendísima competencia, y Yeslandi comenzaba a pensar que la ayuda de Yanuary no sería suficiente, así que se alegró de que su primito bajara del tren acompañado de Yesteldey y Güintel, sus otros primitos. Los abrazó lleno de emoción, y ellos, llenos de emoción, le presentaron a La China (una mulata de ojos como los chinos, pero verdes), La Niña (que tenía 34 años y enseguida fue reconocida como el culo más grande de Labana) y a La Chiquitica (que medía un metro noventidós). Eran sus novias, aunque en un primer momento Yeslandi no supo cuál era la pareja de cual. Y todavía no lo tenía claro tres años después, cuando le empezaron a llegar rumores de que no eran parejas sino tríos, a veces cuartetos, y a veces un sexteto. Pero eso ya son chismes...
Como fue un chisme también aquello de que La China y La Niña eran un compromiso, o lo otro de que La Chiquitica manichaba todo el baro que luchaban Yesteldey y Güintel, de quienes se llegó a decir que eran los mejores chupa-chupa de la Fuente de La India. Pero todo eso son chismes, ya lo dije. Yeslandi nunca los creyó. Además, eran su sangre. Su propia sangre, como la que corrió el día que La China le fue parriba con una cabilla y le partió la cabeza.
¿Por qué la China le rompió la cabeza a Yeslandi? Nadie lo supo. Pero la policía encontró a Yeslandi tirao en la sala, desangrao como un puerco, y también encontró cinco puerquitos desangraitos, uno por cada bañito, y en que cada bañito fueron encontrando también a La Niña, por partes, un poquito por aquí y un poquito por allá, aunque no encontraron la cabeza nunca.
A lo mejor Yeslandi sabía el porqué, pero aunque el no perdió la cabeza, sí perdió la memoria, y más nunca se pudo acordar de que La China lo había cogío dándole por culo a La Niña. No se acordó de eso ni de más nada más nunca, ni de La China, que fue a terminar sus días en Nuevo Amanecer, la cárcel de mujeres (¿no era que la cárcel era para los hombres?).
Ya para entonces Yanuary era miembro de la policía especializada, y se fue de la casa pal cuartel lo más rápido que pudo. Y La Chiquitica siguió viviendo toda la vida a costilla de Güintel y Yesteldey, que se quedaron con la casita y tuvieron el dúo de travestis más famoso de Labana.
Y aquí el cuento se podía acabar, pero todavía no he contao lo principal, que entre la muela del buzeo y el chisme de los orientales he metío como nueve páginas de desvío... pero na, está entretenía la cosa ¿eh?
Bueno, la cosa fue que Yeslandi con el cabillazo perdió la memoria. ¿Y quién no? ¡Si fue tremendo cabillazo, con ganas, como pa jon-ron! Se quedó en blanco. Y se quedó en la calle. Porque el cabillazo tuvo efectos secundarios. Sí, fue un cabillazo contagioso. Cuando Güintel y Yesteldey supieron que Yeslandi había perdido la memoria, pues del tiro la perdieron ellos también y no se acordaron de Yeslandi nunca más.
Pero pa que se vea como son las cosas, lo único que no se le olvidó a Yeslandi fue el buzeo. Por suerte, que si no, qué hubiera hecho de su vida. Así que salió directo del hospital pal Bulevar de San Rafael, a buzearse los tanques desde Galiano hasta el Parque Central, día por día, hasta el día que luego de buzearse los basureros del Bulevar, consiguiendo un cinto de cuero sin hebilla, una gorra de los Yanquis de Niu Yol manchada de rojo y un tenis Nike casi nuevo del pie izquierdo, cogió pa Obispo pensando en qué cojo sin pie derecho le daría cinco pesos por el Nike y vio, en el piso, entre las mesas al pasar frente al Nautilus, una billetera.
Miró a todos lados antes de atreverse a recogerla. Y luego miró a la billetera, no fuera que estuviera atada a un hilo de pescar, que terminara en las manos de algún chama jodedor que en la otra acera estaría esperando que él se agachara y estirara la mano para dar un haloncito, y la billetera se moviera medio metro, y él pondría cara de qué coño eseto y el chama en la acera de enfrente se cagaría de la risa, y el barrio entero escondido tras las persianas, echándose el pley, se reiría de él.
Era como la séptima billetera que encontraba. La primera la encontró en la Manzana de Gómez, con un carné de medico, la foto de una rubia gordita con granos en la cara, y un billete de veinte pesos que le resolvió el almuerzo de aquel día. La segunda y la tercera tenían su hilo y su chama en la otra punta. La cuarta le dio miedo primero, y rabia después, porque no traía más que un billete de tres pesos, con el che estrujado y sucio, y un carnet de policía a nombre de Estéreo Seguro, que conocería en la estación de Zanja a donde fue a devolver aquella mierda. Fue una buena jugada, porque desde entonces el suboficial Estéreo Seguro le ha tirado tremendos cabos más de una vez.
La quinta y la sexta las encontró el mismo día, frente a la estatua de Martí en el Parque Central, una a las diez de la mañana y la otra a las cuatro de la tarde, y de ninguna de las dos se quisiera acordar. La de las diez de la mañana se veía abultada, y como nuevecita, y se alejaría despacito de sus manos por tres veces seguidas cada vez que la intentara coger, hasta que al tercer intento y corrimiento billeteril la pila de negros vagos y discutidores de pelota a un costao de la estatua de Martí no pudieron más y se empezaron a reír y a darle chucho. Con la otra billetera, lo mismo. Quizá, con seis horas de diferencia, la quinta y la sexta serían una las dos.
Pero esta vez no había hilo, ni chama en la acera de enfrente ni en toda la cuadra, y la gente estaba cada quien puesto pa lo suyo, mirando por la ventana medio cerrada al patio de los bajos donde la vecina estaría mamándosela al carnicero mientras su marido compra dólares en la calle Reina, y los viejitos que ya hubieran regresado de comprar el periódico mirarían medio dormidos un documental sobre la reproducción de los pingüinos en la televisión educativa, y los que tuvieran trabajo estarían haciendo como que trabajaban.
Así que, con los cojones en la garganta, se agachó a recogerla, y la billetera, mansita, se dejó coger, y al abrirla volvió a pensar que su vida era una mierda porque a los tres primeros billetes de a dólar que sacaría se les veía a la legua que eran falsos, y al ver la pareja de policías especiales acercándosele trataría de desenredarse la existencia entregando la billetera a los agentes y diciéndoles miren lo que me acabo de encontrar.
Dos policías especiales, a media mañana, sudando la gota gorda bajo sus boinas de lana gruesa, aburridos, a la espera de la hora de almuerzo pa comerse el arroz con chícharos y el picadillo de pasta de masa cárnica texturizada y enriquecida (¿te acuerdas lo que te decía de la Ropa de Reciclada Primera Especial A? Pues este es otro logro de la revolución, pero en versión alimenticia) pueden ser un peligro para cualquiera. Para Yeslandi, a quien le tenían ganas desde hace mucho... pues mucho peor aun... y si lo han cogío con una billetera que tiene tres billetes de a dólar falsos, peor... y más peor todavía si cuando la siguen revisando descubren un pasaporte a nombre de Piero Cosapicola, un tiquete para el vuelo de Air France de las diecisiete horas, y otros mil quinientos dólares de verdad, en billetes de a veinte, de a cincuenta y de a cien... ¡¡¡candela!!! ¡¡¡Se folma la que se folma!!!
Una mano lo coge por la mano, otra mano lo coge por el cuello, otra mano lo coge por una pata, otra mano lo coge por la cervical, otra mano lo coge por las pasas, otra mano lo coge por un ojo, otra mano lo coge por las costillas, otra mano lo coge por la nariz, otra mano lo coge por la bemba y así sucesivamente... Con una llave de judo (también Primera Espacial A), lo meten contra la pared, y lo registran por dentro y por fuera. Le sacan de los bolsillos dos medias de hombre (una blanca y otra amarilla), un pañuelo de mujer, cuatro cabos de cigarro, una caja de fósforos, un abridor de latas, cinco botellas de cervezas vacías, una cuchara, un jarrito de escuela al campo, un espejo retrovisor de lada roto, un forro de catre, un metro con setenta y cinco centímetros de cable de antena de televisor ruso, y una tarjeta de teléfono sin fondo.
Y en dos minutos el ciudadano Yeslandi Mengano Urrutia (de nacionalidad Cubano, con número de identidad permanente 67021400345, nacido en Sagua de Tánamo, Holguín, y residente ilegal en Ciudad de La Habana) va camino de la unidad de policía de Dragones, y en tres minutos está frente al oficial de guardia, con cara de yo no fui.
Cuatro horas después Yeslandi siente que el mundo comienza a coger color cuando le abren la puerta del calabozo, y allí aparece el rostro aindiao de Estéreo Seguro, su socio policía. Estéreo Seguro, suboficial de primera (¿Primera Especial A?) tiene cara de que ya se comió el picadillo de pasta de masa cárnica texturizada y enriquecida, con los chícharos y el arroz. Y está ostinao. Y tiene sueño. Y le pregunta:
–¿Qué pinga tú hacías con esa billetera?
Contestarle a esa hora a un policía “na, me la encontré tirá por ahí”, después que aquel acaba de meterse media libra de picadillo de pasta de masa cárnica texturizada y enriquecida, aunque el policía sea medio socio tuyo, puede ser un suicidio. Puedes acabar siendo tu propio picadillo de pasta de masa cárnica texturizada y enriquecida. Yeslandi, que lo sabe, en vez de contestarle, mira pal piso.
–Vaya, escapaste porque la entregaste tú mismo...
Y mira tú, sacan a Yeslandi del calabozo, le devuelven todas sus porquerías (menos el jarrito de escuela al campo y la cuchara, pero él ni se lo recuerda al sargento que se las entrega, aunque cree verlos encima de un archivo) y vuelve a la calle, cagándose en su madre, y en la puta de la madre del hijoeputa que botó la billetera aquella con los tres dólares falsos de más...
Y si el cuento se acabara aquí, sería una mierda.
(Continuará...)

1 comentario:

Blogger dijo...

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