domingo, 5 de julio de 2009

UNA MOTO SKODA Y UN BURRO CON RETRASO MENTAL (Novela por entregas) Por Ernesto Pérez Castillo

CAPITULO UNO
Mi hermano es muy inteligente y yo no tanto. Yo en verdad mucho menos. Yo en verdad soy un burro. De ser posible, un burro con retraso mental.
Yo le llevo algunos años a mi hermano. Yo tengo 52 y mi hermano tiene siete. Tranquilos, que solo somos medios hermanos, somos hermanos por parte de padre. Mi madre fue el amor de la vida de mi padre, decía mi padre. La madre de mi hermano es el amor de la vida de mi padre, dice mi hermano que dice mi padre. La verdad es que mi padre dice muchas cosas y no hay que creerle siempre.
El amor de la vida de mi padre, de verdad, es una moto Skoda, que también es el amor de mi vida y que mi padre prometió que yo heredaría y que el año pasado tuvo que vender.
Mi madre dejó a mi padre cuando el compró esa moto Skoda. No porque mi madre tuviera nada contra las motos Skoda ni contra nadie en la Republica Checa, sino porque mi padre para comprar la Skoda vendió el amor de la vida de mi mamá, que era una tetera de plata. Bueno, eso mi madre no lo pudo soportar, la perdida de la tetera y de todo el resto de la vajilla.
Normalmente, cuando mi padre hacía una burrada, y de ahí es que me viene lo de burro a mí, mi madre la emprendía con la vajilla y se la lanzaba pieza a pieza a mi padre que se refugiaba debajo de la mesa, pero como esa vez la burrada implicó la vajilla completa, mi madre no encontró nada que arrojarle a mi padre y optó por tirarse ella misma.
Nuestro apartamento estaba en un tercer piso, y la ventana de la sala daba a la calle. Por ahí se lanzó mi madre, y fue a caer directamente sobre la moto Skoda recién comprada por mi padre. Le destrozó los retrovisores, y los indicadores traseros, y mi madre se rompió doce costillas, el fémur, la tibia y el peroné.
Yo, desde que escuché la larga lista de huesos que mi madre se descompuso en la caída, decidí que iba a estudiar medicina. Si lo hubiera logrado, me habría aprendido el nombre de todos los huesos del cuerpo humano y pudiera citar mejor las fracturas de mi madre. Pero no pudo ser. De todas formas, por ahí anda la carta que mi madre le envió a mi padre un mes después, donde aparece la lista completa de huesos triturados que siempre quise aprender, y donde además le dice que lo principal es que le rompió el corazón.
Y así mi madre se fue para siempre de la casa. Sin dar un portazo, sino lanzándose por la ventana.
Esa moto Skoda pasó a ser entonces el mejor recuerdo que me quedó de mi madre. Cada vez que me montaba en ella yo sentí en mi cuerpo las mismas cosas que debió sentir mi madre al caer sobre la moto.
Pero esa felicidad me duró muy poco, apenas unos treinta años, hasta que mi padre se tropezó con la madre de mi hermano, que no era la madre de mi hermano todavía, sino solo una muchacha que cruzaba la avenida sin mirar hacia la derecha, por donde venía mi padre, con la moto Skoda y yo sentado detrás.
En cuanto se miraron a los ojos se enamoraron. Ella estaba tirada en la calle, con una pierna en la acera y la otra enrollada entre la rueda delantera de la Skoda y el timón, y mi padre tenía un espejo retrovisor clavado en la barriga y el resto de la Skoda sobre la espalda. Yo estaba media cuadra más allá, y con tantos huesos rotos como mi madre cuando cayó desde el tercer piso sobre la Skoda.
Pero tuve mejor suerte que mi madre porque no se me rompió el corazón. Y pude ver como mi padre miraba a la que iba a ser la madre de mi hermano, y como ella, que aun no era la madre de mi hermano, comenzaba a convertirse en el amor de la vida de mi padre. No pude ver mucho más, porque enseguida a pareció gente que me venía a ayudar, y me cargaron y me metieron en un auto que pararon y me llevaron al hospital.
Yo había quedado tan lejos de donde quedó mi padre y el nuevo amor de su vida, que la gente pensó que eran dos accidentes distintos. Así terminé en otro hospital, sin saber para dónde habían llevado a mi padre y a la futura madre de mi hermano. En el hospital me dieron doce puntos para cerrarme la herida que se me abrió en la cabeza cuando me metieron en el carro que me llevó al hospital. La gente que me ayudó estaba muy nerviosa, y por eso me entraron al carro sin abrir la puerta, sino por la ventana, igual a como mi madre se fue de la casa. Como lo hicieron todo muy rápido, para no perder tiempo, me estrellaron la cabeza con la parte de arriba de la ventana, y así me rompieron la cabeza. Luego uno abrió la puerta del otro lado y entró al auto y me haló por un brazo, y así me desprendieron el hombro derecho, y cuando logró que yo entrara al auto, me acomodó sobre sus piernas, y con el apuro logró fracturarme siete costillas con sus rodillas. La suerte es que el hospital quedaba muy cerca, porque sino la lista de huesos rotos hubiera sido mas larga aún y de ninguna manera me la habría podido aprender.
La verdad es que lo de meterme en el auto fue pura exageración, porque el hospital estaba a media cuadra, pero nadie se dio cuenta de eso. Yo mismo pudiera ir caminando al hospital, pero eso hubiera sido una burrada mía, porque desde que estaba en el piso ya sabía que solo me había rasponeado un poco la rodilla, pero de eso nadie más se había dado cuenta, y todos gritaban que había que llevarme al hospital por si tenia una hemorragia interna. Y de verdad si tuve una hemorragia interna, que fue lo más complicado que tuve, porque cuando la rodilla del tipo que entró por el otro lado del carro se me clavó en el costado y me rompió la primera costilla, la costilla sola y por su cuenta fue y se me clavó en un pulmón y por eso llegué al hospital con la dichosa hemorragia.
Pero lo de la hemorragia interna fue una suerte, porque para que se arreglara el pulmón estuve un mes completo ingresado en el hospital, y así pude comer todo ese mes y tener un lugar bonito donde estar, porque la verdad es que mi padre, en el lío de conocer al futuro amor de su vida no se acordaba de mí, y solo se dio cuenta de que no sabía donde estaba yo el día que ya se iba a casar y tuvo que pensar en quien me cuidaría durante su luna de miel.
Ahí fue que se dio cuenta que me había dejado en algún lugar, exactamente a media cuadra del punto donde había conocido al futuro amor de sus vida.
Ya tenía la Skoda reparada hacía rato, y volvió al lugar a ver si me encontraba, y preguntando y preguntando al final alguien le dijo que el mismo día del accidente habían recogido en la calle a un muchacho, que parecía caído de alguna ventana, y lo habían llevado al hospital de la otra esquina.
Entonces mi padre entró al hospital, y me encontró ya casi restablecido, y me preguntó que por qué me había tirado por una ventana yo, que si eso era un mal de familia.
Nada, que mi padre ni siquiera recordaba que ese día iba yo en la moto detrás de él. Pero eso es normal, mi padre casi nunca sabe por donde ando yo. De todas maneras, y por si las moscas, como se quedó preocupado con la idea de que también yo quisiera abandonarlo por donde mismo lo hizo mi madre cuando todavía era el amor de su vida, decidió poner esa reja en la ventana.

1 comentario:

Fosforera Bill dijo...

"Dos pulgares arriba!!!" como dicen siempre las tapas de los best seller que dice algun critico del New York Times. En serio, esta "volao (como dices tu). Me divierte mucho